Cuentan los más clásicos del lugar que sus aguas manaban tan calientes que las aldeanas escaldaban en ella los pollos para desplumarlos sin excesivo desempeño físico. A más de 300 litros por minutos y rica en sodio, potasio, bicarbonato y sílice brota el agua –con un fuerte olor a huevos podridos- a casi 70°C en As Burgas, uno de los manantiales más reconocibles en el corazón de Ourense. Su distintiva temperatura ha sido durante años aprovechada por los vecinos en sus quehaceres diarios, y es aún objeto de estudio por la ciencia para aprovechar sus peculiares propiedades para el cuidado de la piel. Muy cerca de allí, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad termal, se levanta desde 1940 el Colegio San José, centro concertado de línea dos –desde infantil hasta secundaria, sin bachillerato- que acoge este curso a 660 alumnos, perteneciente a la congregación de las Siervas de San José y al que todo el mundo en la ciudad conoce por ‘Las Josefinas’.

En las modestas instalaciones escolares junto a As Burgas empezó a labrarse una importante tradición deportiva en los años 50, cuando el colegio se hizo centro neurálgico del deporte femenino ourensano, con notables éxitos en atletismo, voleibol, hockey y baloncesto. Tiempos en los que sus aulas solo aceptaban niñas y que hoy día resultan lejanos para el centro en todos los aspectos, también en su relevancia deportiva. Apenas goza de un modesto gimnasio interior y el clásico patio exterior donde canastas y porterías se juntan en un angosto espacio. Pero, quién sabe si por las meigas, ‘que haberlas haylas’, o por la riqueza de sus aguas, las Josefinas siguen teniendo una especial relación con el deporte. Paradójicamente, y aunque hace tiempo que dejaron de ser un centro referente en el baloncesto local, la selección española femenina que está concentrada en Valencia cuenta, entre sus 19 convocadas, con dos antiguas alumnas del colegio: Paula Ginzo y Raquel Carrera.

“Es una casualidad que ambas hayan salido de aquí”, avisa José Luis Guede, director del centro. Pero algo hay de especial en la vinculación con la pelota naranja. Antes que Ginzo y Carrera, Álex Mazaira o Rubén Vega hicieron caminos similares desde Josefinas, haciendo las maletas en pos de un sueño ligado al baloncesto. El propio Guede forma parte de la historia de la canasta local: de algún modo fue miembro del histórico Caixa Ourense que llevó por primera vez la ACB a la ciudad. Fue en 1989 cuando los gallegos tumbaron al archifavorito Caja Madrid en un quinto duelo agónico en Alcalá de Henares para tocar el cielo, mientras el hoy profesor de Geografía e Historía militaba en su equipo junior. Guede, hombre de baloncesto y durante años en la formación de las jóvenes valores de la canasta orensana –ha entrenado desde minibasket hasta Liga Femenina 2-, niega con humildad la vinculación del centro con el desarrollo deportivo de sus antiguas alumnas, pero no puede obviar que la forja de la personalidad de las dos pívots gallegas, cualidad destacada por todo el que habla de ellas, se labró en parte entre las paredes de las Josefinas: “ambas tenían un carácter extraordinario que venía de serie y un liderazgo que ya se percibía a la hora de relacionarse. Eran muy extrovertidas y académicamente muy buenas”, subraya.

Las pívots cursaron en Josefinas hasta 2º de ESO, momento en el que hicieron las maletas. Ginzo hacia Barcelona, donde se unió al Siglo XXI. Desde ahí fue poco a poco subiendo escalones, desde Rivas en LF 2, pasando por Movistar Estudiantes y Al-Qazeres para firmar este año en un Lointek Gernika instalado ya en la zona noble de la Liga Femenina Endesa y jugando competición europea. Carrera, por su parte, marchó más cerca, a curtirse al Celta de Vigo con Carlos Colinas y Cristina Cantero, aunque no tardaría Valencia Basket en echar sus tentáculos sobre ella como futura piedra angular de su ambicioso proyecto. Recién cumplidos los 19 años, este curso es su primero como ‘taronja’, tras pasar cedida el año pasado, con notables prestaciones, en el Araski vitoriano. Ciertamente, en sus años en el céntrico colegio ourensano, su bagaje fue más académico y personal, muy poco baloncestístico. Carrera sí pasó por la escuela del colegio antes de marcharse al Pabellón, club femenino referente en la ciudad.

Ginzo, que dio sus primeros pasos serios en una cancha en Salesianos y Carmelitas ni eso. Pero el entrenado ojo de Guede observó que en ambas podía haber algo especial: “diría que en cierto modo son un calco, con muchas características similares. Tenían algo en común, que era su deseo por jugar y sus ganas de progresar. Era muy habitual verlas tirando en los recreos. Vivían el baloncesto y eso es algo, la pasión por el juego, que o se tiene o no se tiene. Tenían actitud y aptitud. En cierto modo, eran profesionales precoces con una enorme responsabilidad por entrenar sin dejar de lado nunca los estudios”, cuenta su antiguo docente, que destaca la ambición de las hoy internacionales españolas: “creo que siempre tuvieron en mente el tema de llegar arriba, y de hecho yo les bromeaba con que algún vería el 10 de Ginzo o el 14 de Carrera con la selección. Ellas me miraban y me decían que estaba un poco flipado… Pero ese día ha llegado”. Guede, hoy, presume de la humildad de sus alumnas, “un factor que si no tienes te puede jugar muy malas pasadas”, matiza.

“Siempre admiré a sus familias, pues es una decisión muy dura hacer ese sacrificio, sobre todo Paula que se fue a Barcelona. Es digno de admirar y un acto de generosidad muy grande hacia sus hijas, que tenían el talento y necesitaban mejores oportunidades que las que podían tener aquí”, recuerda el profesor ensalzando la del núcleo en la marcha de las dos adolescentes. Momentos que, señala, “recuerdo como muy emocionantes y ante los que nunca dudaron, aunque imagino que los miedos irían por dentro”.

Las ourensanas son dos de las líderes de la nueva generación del baloncesto femenino en España. “Raquel tiene todo a su favor, el talento físico y deportivo para este juego. Bota en amplitud, está coordinada, juega de espaldas o de cara y tiene fuerza… Todo ello con 19 años”, analiza. Sobre Ginzo, Guede pone el foco en su “talento y sacrificio. Se ha adaptado a la diversidad, es capaz de volver de una grave lesión de rodilla, de remontar y tener otra vez un premio como es ir convocada con una selección de tanto nivel”. Pero curiosamente, aunque coincidieron durante años en Josefinas, por aquel entonces no tenían una gran relación. Obviamente tres años en edades tan precoces es una gran diferencia en cuanto a maduración. “Y además, no coincidían ni en los recreos”, recuerda el director del colegio. De ahí que el primer duelo del curso pasado ante Al-Qazeres y Araski, la primera vez que las dos se enfrentaban en la Liga Femenina Endesa, se viviera con gran nostalgia desde el centro. “Me hizo mucha ilusión verlas ahí a las dos. Intenté conseguir una buena foto, pero al menos guardo una captura de pantalla de la retransmisión cuando ambas se saludaron”, relata Guede.

Si las últimas optimistas noticias acerca de la vacuna y la evolución futura de la pandemia no se empeñan en evitarlo, vienen curvas por delante para el baloncesto femenino, con España aspirando a cotas altas de nuevo en el que será el verano más especial en años. Y es que, además de los Juegos Olímpicos, retrasados a 2021, Valencia será una la sede principal del Eurobasket. Por delante, el reto de acercarse a lo obtenido en las últimas citas similares es de aúpa: España es la vigente campeona continental y plata olímpica. Quién sabe si a alguna de esas listas podrían llegar los sueños de dos jóvenes gallegas que empezaron a labrarse en Josefinas, junto a las misteriosas y termales aguas de As Burgas.