España es campeona de Europa. Lo es por segunda vez consecutiva (un hito que no sucedía desde hace 28 años) y tercera en los últimos cuatro torneos continentales. Lo es tras volver a vencer a Francia (86-66) en la final, como en cada una de esas tres últimas citas en las que coincidieron luchando por el trono. Lo es tras demostrar nuevamente que más que una selección es un equipo y más que un equipo ha pasado a ser una cima.

Desde que la URSS tiranizase el baloncesto femenino europeo (diecisiete títulos seguidos entre 1960 y 1991), ninguna otra selección continental había tenido un ciclo semejante. España ha ganado su cuarta medalla seguida en Europeos, la novena en los últimos diez. Pero además lleva sin bajarse del podio desde 2013, el inicio de la era del ‘Rey Midas’ Lucas Mondelo, acumulando siete medallas consecutivas y éxitos en cualquier escenario posible (Europeo, Mundial y Juegos Olímpicos). Los sueños son cosa del pasado, la realidad los esfumó.

Francia no pudo con España, un equipo que acarició la perfección durante el cuarto inicial y apenas dejó opción durante los siguientes. Un equipo que tuvo a Marta Xargay encendida (23 puntos) y al bloque inabarcable. Un grupo que llegando a Serbia y Letonia como campeón, salió a disputar la final con la ilusión del primer día. La que nunca se apaga.

Y es que tuvo lugar el salto inicial y España salió hambrienta, con la mirada afilada, como si nunca hubiese ganado nada. Fue un mensaje claro, porque a continuación sonó una sinfonía. Durante los primeros minutos el conjunto de Lucas Mondelo jugó al baloncesto como muy pocos equipos soñarían. Y lo hizo en el momento decisivo.

Un primer cuarto celestial

España anotó sus seis primeros tiros, incluidos tres triples de una Marta Xargay letal desde el perímetro. Creó una avalancha ofensiva en el cinco contra cinco y en transición. En menos de cuatro minutos Valerie Garnier, seleccionadora francesa, ya había parado el partido (17-8). Y era obligado.

Ese parón dio algo de aire a Francia, que encontró buenas situaciones para Sandrine Gruda (18 puntos), un martillo en la zona, hasta apretar el partido. Pero fue un breve espejismo porque España no solo realizaba su mejor cuarto del torneo sino que desarrollaba uno al alcance de muy, muy pocos equipos no llamados Estados Unidos. Una cumbre más para un equipo ya legendario.

La defensa se movía como un acordeón impecable, saturando la zona ante el físico galo y llegando a puntear fuera, defendiendo el bloqueo directo de forma excelsa y limitando la transición a Francia. El ataque directamente era arte, con el balón moviéndose rápido, de lado a lado y de forma clínica, encontrando buenos tiros y con el acierto proyectando la propuesta española (6/8 en triples durante el primer cuarto). Para cuando se perdió el primer balón, a los nueve minutos de juego, España ya acumulaba ocho asistencias. Todo fluía.

Los 32 puntos del primer período fueron un grito al aire: España no solo quería el oro, le iba la vida en ello. Lo necesitaba, no concebía otra opción.

Francia logró detener el partido, especialmente en cuanto a ritmo, en el segundo cuarto. Lo hizo a pesar de que Silvia Domínguez, Cristina Ouviña y Laura Gil exprimían todo lo que tocaban, en ataque y defensa. La segunda unidad de España mantuvo la renta, que llegó a estirarse hasta los 17 puntos (46-29, min.17), con las francesas amagando la lona, antes de bajar hasta los catorce a la media parte. España llevaba entonces 50 puntos, teniendo su mejor jugadora (y MVP del torneo), Astou Ndour, únicamente cuatro.

Bria Hartley (15 puntos) y la omnipresente Sandrine Gruda trataron de amedrentar a España tras la reunudación, Francia tuvo un excelente arranque (2-8 de parcial), con juego vertical en ataque y elevando el tono físico. Pero el oficio de España no tiene fin. Marta Xargay irrumpió al rescate, con siete puntos en el tercer cuarto que ayudaron al cuadro de Mondelo a sofocar la rebelión. España llegó a alcanzar los dieciocho de ventaja (67-49), comportándose ya como una roca. No habría vuelta atrás.

Un equipo para la historia

España no ha llegado a la élite europea y mundial únicamente a base de talento. Lo ha logrado creando una estructura colectiva, en lo táctico y en lo técnico, de primerísimo nivel. Y sobre todo lo ha hecho forjando una mentalidad indestructible, una capacidad asombrosa de rendir más cuando más conviene, de sobrevivir mejor cuando más necesidad existe y de resolver cualquier adversidad con imponente autosuficiencia. En el baloncesto de las mortales, el que deja aparte a Estados Unidos, España se ha convertido en un terror mental para el rival, un equipo que odias ver enfrente porque parece no tener fin.

En realidad así es.

Una canasta de Silvia Domínguez, colosal desde el banco (13 puntos), cerró sobre la bocina el tercer cuarto. Un triple de Xargay (elegida, junto a Ndour, en el Quinteto Ideal del campeonato), su quinto, abriría el último. Dos mazazos más, Francia estaba ya en la lona y sin remedio. Laia Palau iba ya camino de un nuevo oro en su duodécima medalla con la absoluta. Superó el conjunto español la veintena de diferencia en el último cuarto, permitiéndose aquella sensación destinada a los equipos de leyenda, no solo competir sino ganar y no solo ganar sino divertirse haciéndolo.

La España de Mondelo (siete medallas consecutivas) no tiene fin, es uno de esos equipos que se recordará con emoción cuando ya no estén. Uno de esos de los que se hablarán maravillas, sobre su talento, su compromiso, su capacidad de competir. Pero un equipo que, para deleite de toda una generación, sigue vivo. Dando motivos para que se cuenten sus hazañas.

Esta España es eterna. Y como equipo es una cima.