Cuenta la leyenda, que la Selección Española, la inmediatamente posterior a Saitama no podía recorrer a pie los 350 metros que había desde el Hotel Meliá Castilla donde se alojaba en las concentraciones de preparación hasta la entrada del Centro Deportivo “Triángulo de Oro”, donde realizaban los entrenamientos, en Madrid. Eran los “Rolling Stones”, seguramente no todos pero si la mayoría, corrían el riesgo a no llegar a la hora por la cantidad de personas que podían pararles para saludar, felicitar, pedir fotos, autógrafos u ofrecer la mano de sus hijos o hijas en edad de merecer.

Eso mismo creía la plantilla del equipo nacional, merecer descanso mental y como desde la Federación ofrecieron alquilar tres vehículos con amplitud, para ir al entrenamiento sin pisar la acera, pues los jugadores pidieron las llaves para después de la cena, poder darse un “garbeo” por Madrid. No todo va a ser entrenar y descansar físicamente.

Tras un intenso debate entre la cúpula (¿del trueno?), decidieron conceder el deseo a los internacionales, pero con una sola condición, que las llaves de los coche solo las podrían tener y conducir el Capitán: Carlos Jiménez, un hijo de entrenador y persona cabal: Berni Rodríguez y un base, dentro y fuera de la cancha: José Manuel Calderón.

Un hombre en una misión, conducir a su equipo con capacidad para enderezar el volante tras las fases de grupos con tantas curvas, la fiabilidad de un piloto que parecía experto desde que se asentó en el máximo nivel.

Nacido en el segundo semestre, eso siempre condiciona un florecimiento más tardío, no ser una bestia en minibasket. La primera vez que escuché hablar de “Calde” fue a amigos entrenadores de Villanueva, cuando le empezaron a convocar para las Selecciones Extremeñas en edad infantil. Zancada enorme, capacidad física, familia de deportistas, sobrado para su edad. Parecía que en su generación y en su localidad había chicos con más talento natural como “El Puma” o Toño Lozano. Lo parecía.

Alfredo Salazar no dejó pasar ni la edad cadete y a Vitoria marchó. La historia es conocida. Los kilómetros de los fines de semana de sus padres, las lágrimas de los domingos por la noche, la buena educación deportiva, ese punto a lo Nadal de asumir que la exigencia es parte del camino.

Y al llegar a junior, las cesiones. Lucentum le hace debutar en LEB con 17 años y en ACB con 18. Con ascenso deportivo entre medias. Los que tomaban decisiones de fichajes en los clubes miraban con detenimiento la evolución de un chico que se había enganchado a la Generación del 80 pese a ser del 81, compartió quinta con el Ala-Pívot José López Valera, del 81, ganadores en Varna y desafortunados al lesionarse ambos antes del mitiquérrimo Mundial Junior de Lisboa. Estos mismos scouts, entrenadores y fichadores se preguntaban si para la élite era un escolta con mucha capacidad física en la penetración, un caballo defensivo y en la transición. En su temporada de rookie en ACB, su porcentaje en el tiro libre es de un bajo 65% y su volumen de tiro de dos triplica al de tres. Aún no se sentía cómodo en el lanzamiento a canasta. Quién lo hubiera dicho varios años después.

Se prolongó la cesión del Tau Vitoria un año más a Jabones Pardo Fuenlabrada en la 2000-01, y la exuberancia física ya no disfrazó el enorme potencial de un jugador que promedió 20,7 puntos en el proyectado a 40 minutos, saliendo desde el banquillo y jugando 12 minutos menos de media que Berni Hernández, pero anotando 3 puntos más que este base titular canario con el que compartía minutos en pista, haciendo “Calde” de dos.

Y después, vuelta a Vitoria y tres temporadas donde el látigo de Dusko le hizo crecer y crecerse: porcentajes, hambre, convocatorias con la absoluta. La cancha se le hizo pequeña, en contraataque y en estático. Una final de la Euroliga para rematar, con 16 puntos y 4 rebotes. Irse a USA era lo natural.

Nunca tuvo lesiones de mucha importancia o duración, pero siempre fueron oportunamente significativas. Las lesiones musculares le llevaron a poner más atención a un cambio en el juego, de ser un base muy vertical que dejaba esas bandejas que le llevaron a adquirir apodo propio en el Diccionario de Andrés Montes, incluso de acabar en mate si el espacio lo requería, pasó en relativamente poco tiempo a ser un director de juego con especial acento en dar muchas asistencias que fueran pases de alto porcentaje de efectividad, bajar el porcentaje de riesgo para subir la fiabilidad. Cuando hablas con aleros tiradores retirados y les preguntas por sus compañeros de carrera preferidos no te hablarán de con quienes se corrieron las mejores juergas, ni de pívots, ni de bases agresivos, sino de “unos” que supieran dársela en tiempo y forma.

¿Eso impidió a Calderón ser peor tirador? Lo contrario, la toma de decisiones madurada le mandó a la élite de los tiradores, desde cualquier distancia. Sobre bote en los codos de la zona, en la larga distancia sobre pase, en la infabilidad papal del tiro libre.

Y tantas batallas vividas. Renunciar a ser el base titular para que la inmadurez de TJ Ford no afectara negativamente a unos Raptors que crecían. La incredulidad de aquella noche de Enero donde Kobe Bryant metió 81 puntos, de los cuales solo dos fueron sobre la marca de Calderón, en un corte mal comunicado. Él estuvo allí, tú y yo no.

En un día en el cual todos quieren hacer rankings de los mejores bases de la historia de nuestro basket, amontonar cifras y méritos o comparar trayectorias. Todo junto no igualan la sensación de ser un jugador que consiguió algo que algunos critican, pero que a mi desde la perspectiva del entrenador, desde la perspectiva de la importancia de las organizaciones deportivas me parece gigante. Sus últimas temporadas, en las que menos lo hemos visto en la cancha lucen como un gran respeto ganado como hombre de basket, dentro de colectivos tan especialmente escrupulosos como son los Directores Deportivos y los técnicos jefes. No creo que a un ganador como Calderón le haya gustado no pisar la cancha, ni un pelo. Pero ha tenido la capacidad de que se le note poco. Casi nunca.

El “Serón” o “Villanovense” nos deja tanto… Conducir hacia el oro, el tiro libre (el fallado y el anotado) que nos da la victoria contra Argentina (Nocioni mediante) en la semifinal, la última asistencia en la final para que Garbajosa remate con un triple esquinero, los cuatro triples contra Rusia en las semifinales de Londres 2012 (en un resultado cortísimo), los veranos míticos, medallas casi siempre, los Eurobaskets, los Campus en Extremadura, los proyectos sociales, la Fundación consiguiendo fondos para ideas que construyan cosas útiles y un legado.

Quiero imaginar a Calderón, Berni y Carlos Jiménez, apoyados en una de las furgonas, haciendo tiempo a ver si los demás salían y eran capaces de volver a una hora decente al Hotel. El talento siempre necesitó conductor.