Había que ponerse en ese lugar, en lo que aquello representaba. Tres abajo y todo lo que había en juego. 4000 leoneses en las gradas en Lugo y esa tensión para forzar una prórroga, sabiendo que si fallaba uno perdíamos la opción de subir a la ACB… Pero Xavi los metió”.

Quien habla es Gustavo Aranzana, recordando uno de los momentos más icónicos en la historia del baloncesto leonés. En la semifinal por el ascenso a ACB, el lanzamiento de objetos tras la derrota del Elosúa en el primer partido ante Andorra (87-94) provocó el cierre del Palacio de los Deportes para el resto de la temporada, obligando a los amarillos a jugar sus partidos como locales a más de 200 kilómetros de su sede y fuera de la Comunidad Autónoma de Castilla y León. Aun así, los de Aranzana se las apañaron para igualar la serie en el Principado (73-81). El partido decisivo se jugó en Lugo por el destierro del Elosúa, que fue a remolque casi los cuarenta minutos. Con el reloj prácticamente a cero, una rigurosa falta manda a Xavi Fernández al 4’60. 72-75 y tres tiros libres. Son esos segundos de enorme tensión que relata en el párrafo anterior el entonces técnico leonés. Pero la sangre fría del alero catalán, en un partido en el que llevaba hasta ese momento un pobre 25% desde el tiro libre (1/4) sale a relucir en plena agonía para darle una bola extra a los suyos. En una prórroga no menos agónica, Elosúa tumba a Andorra (89-87) y sigue soñando en ACB. Además, la sorprendente eliminación del Caja Madrid a manos del Lliria alimenta las esperanzas de un histórico ascenso con el que nadie parecía contar demasiado aún. Y efectivamente, el ‘exiliado’ leonés aprovecha la oportunidad. En la serie final a cinco encuentros despacha al equipo valenciano por la vía rápida, pese a lo ajustado de todos los duelos (81-80, 80-83, 82-75). León, con Lugo como improvisado lugar de drama y celebración, toca el cielo. Casualmente ya sin Essie Hollis en sus filas, quizá el primer gran icono del baloncesto local. Y el nombre de Gustavo Aranzana empieza a quedar grabado con letras doradas en la ciudad.

Llegué a León en febrero de 1989. Venía de Palencia, donde habíamos ascendido el año anterior a 1ª División (actual LEB Oro), pero sin poder materializarlo en los despachos”, explica el técnico pucelano. “Había dimitido Mariano Parra y me llamó Ramón Fernández para hacerme cargo del equipo, que iba mal. Nos salvamos en el ‘playoff’ de descenso contra el Santa Coloma. Al año siguiente hicimos un equipo para no pasar apuros, pero salió todo demasiado bien. Acabamos en el ‘playoff’ y tras eliminar a Andorra, que era un equipazo, la caída de Caja Madrid nos dio la opción”, continúa Aranzana sobre su exitoso inicio en el Elosúa.

A partir de ese primer ascenso, certificado el 20 de mayo de 1990, León vive una comunión maravillosa con el deporte de la canasta. Los inicios, lógico, son complejos. La primera victoria en casa no llega hasta el sexto partido como local, y la categoría se salva tras derrotar a Bilbao en el ‘playoff’ por la permanencia. “Pero la llegada de la ACB a la ciudad fue un auténtico hito ya que no realmente había muchos más eventos de primer nivel. Y lo mejor estaba por llegar”, cuenta Joaquín Rodríguez, otra pieza crucial del baloncesto en León. Delegado, director deportivo y hasta presidente de la entidad. Efectivamente, a partir de ahí, León vivió un idilio enorme con la pelota naranja que se extiende justo hasta el final del siglo XX. Ya en la temporada 1991-92, queda tercero en la ACB, tras un escandaloso balance de 25 triunfos y 9 derrotas para quien era poco menos que un recién llegado a la competición.

No había gran tradición más allá del Colegio Leonés, pero sí que había hambre y se hizo un proyecto muy serio en el que daba gusto trabajar”, relata Aranzana, considerado el gran artífice de aquel ‘boom’ junto al director deportivo, Ramón Fernández, la persona clave en la profesionalización del club hacia el primerísimo nivel nacional. Hasta que ambos se marcharon en 1997, León se clasificó para cuatro fases finales de la Copa del Rey y disputó tres veces la Copa Korac, rozando el pase a semifinales incluso en 1993, con el Palacio de los Deportes convertido en un fortín. “Ganar en León era muy complicado. Allí sufrieron y perdieron el Barça y el Madrid muchas veces”, presume Aranzana. Los datos lo confirman: sin contar la primera temporada en ACB, en la etapa del vallisoletano en el banquillo los leoneses jugaron 110 partidos en casa, ganando 76. Casi el 70%, cifra descomunal para quien a priori es un modesto. Por allí pasaron americanos de la talla de Mike Schlegel, Corny Thompson, Reggie Johnson o Harold Pressley entre otros. Muchos quilates en todos ellos. Días de vino y rosas.

Y es que en León se lo creyeron. “Siempre me gusta recordar que, con el potencial que tenían en aquella época, ningún equipo italiano ganó jamás en León”, apunta Joaquín Rodríguez. No en vano, allí hincaron la rodilla la Phillips de Milán de Sasha Djordjevic y Antonello Riva, la Virtus de Roma de Dino Radja o el Scavolini de Pésaro de Walter Magnifico y Carlton Myers. Más tarde, ya con Edu Torres en el banquillo, también lo haría el nuevo gigante transalpino, Siena. “Aunque es verdad que Roma nos eliminó en la vuelta en aquellos cuartos de final de 1993, creo que más de lo que hicimos no se nos podía pedir”, apostilla Aranzana, quien antes de su explosión leonesa ya había tocado la elite en Valladolid. Sin embargo, esta segunda etapa fue especial para él. “Porque llegué a la ACB ascendiendo y no por haber sido ayudante, y porque estuve nueve años seguidos en los que lo que logramos es inolvidable y con un impacto social enorme”, asevera.

Aunque todavía quedaban años gloriosos, quizá la salida de Elosúa como patrocinador principal fue un cambio de inflexión. “Llegamos a tener 100 millones de pesetas de Elosúa, 100 del ayuntamiento y 100 de la diputación, lo que junto a abonados y algún apoyo más te hacía tener consolidados 500 millones de presupuesto, que no estaba nada mal aunque obviamente tampoco éramos punteros”, explica Rodríguez. “Luego llegó Caja España y se logró a un acuerdo entre instituciones para mantener el plan que existía, pero quizá sí que la salida de Elosúa marcó el principio del fin porque empezó a haber enfrentamientos y en cierto modo se destruyó un club que era modélico”, añade Aranzana. De pronto, algunos salarios resultaron demasiado elevados para la realidad financiera leonesa, lo que llevó a buscar una traumática salida a jugadores como Xavi Crespo o Silvano Bustos. Tal fue el cambio que hasta se modificaron los colores. El verde y amarillo desaparecieron para convertirse en rojo y blanco hasta el fin de los días de club, en 2012.

Precisamente el último curso de Aranzana y Fernández fue el canto del cisne del León que se codeaba con los mejores. La temporada 1996-97 resultó excelente. Sextos en ACB, de vuelta a Europa tras un fantástico 20-14 en la liga regular, pero cayendo ante Estudiantes (que ya había sido verdugo en el ‘playoff’ de 1994) en cuartos de final. Y otra Copa del Rey, inolvidable por celebrarse en el Palacio de los Deportes de León. Allí el anfitrión se metió en semifinales tras tumbar al futuro campeón de liga, el TDK Manresa, antes del hincar la rodilla ante el Joventut que acabaría levantando el título en la única fase final copera celebrada en la ciudad desde la profesionalización del baloncesto en España. Sin embargo, poco después la fusión del club y la Cultural y Deportiva Leonesa fue un nuevo punto de inflexión para alejar definitivamente a los leoneses del máximo nivel. “Se buscaba rescatar al fútbol apoyándose en el baloncesto porque la Cultural tenía muchos problemas, pero aquello se gestionó mal y empezó claramente a decaer incluso el baloncesto”, cuenta Aranzana. “La ciudad llegó un momento en que no generaba lo que necesitaba para mantener un equipo en Europa y arriba en España”, añade Joaquín Rodríguez. Progresivamente, el nivel fue decayendo, y tras salvar la categoría in extremis en 1999, en 2000 el León Caja España descendía a la LEB Oro tras diez cursos de altísimo nivel en ACB.

Segunda oportunidad en el peor momento

Casi la misma década que había tenido de goce le costó al club leonés recuperar el primer escalón nacional. No sería hasta mayo de 2007, otra vez con Gustavo Aranzana al mando y de nuevo en un ‘playoff’ al límite ante un CAI Zaragoza al que entonces parecía resistírsele casi cada año volver al lugar que por historia siempre le correspondió a la ciudad aragonesa. Los maños llegaron a tener el ascenso en la mano, con 2-1 a su favor y ‘match ball’ en un Príncipe Felipe a reventar. Pero León resistió para terminar rematando en casa. Un nuevo éxtasis para Aranzana, quien había vuelto la temporada anterior a su segunda casa “con un proyecto para subir en dos años”, pero de nuevo la cosa prometió desde el arranque. “El primer año ganamos la liga regular pero perdimos el ascenso contra GBC”, cuenta. Al segundo intento ya no perdonaron, con un letal perímetro de acento argentino formado por Paolo Quinteros y el ‘Tuky’ Bulfoni. Sin embargo, quizá no fue el momento más oportuno para regresar, a las puertas de la crisis financiera que empezaba a asolar Europa justo entonces. “El equipo llevaba varios años quedándose cerca de subir y fue realmente muy bonito para mí volver y conseguir ascender de nuevo tras siete años fuera de la ACB. Fue impresionante lo vivido, pero una vez en ACB justo nos pilló la crisis. Teníamos dos patrocinadores, Climalia y Begar, que lo notaron. Ya empezamos con pocos recursos y en enero nos dijeron que no se podían hacer cambios en la plantilla, que la caja andaba tiesa. Y llegaron los problemas de pagos. Acabamos descendiendo y cobrando gracias al seguro de la ACB, explica.

Para aquel entonces, el balonmano se había convertido ya en el gran referente deporte leonés, con el Ademar tomando el reemplazo de sus vecinos de pabellón como el encargado de pasear por Europa el nombre de la ciudad. Mientras, el fútbol no ha terminado de sacar la cabeza, con algún paso efímero por segunda división pero poco más. Y el baloncesto no supo volver a sus mejores días y perdió en cierta manera su sitio. “Las instituciones siempre apoyaron, sería injusto decir que no fue así, pero obviamente llegó un momento en que todo fue a menos”, se sincera Joaquín Rodríguez. Tras el descenso de 2008, el club pasó cuatro años más en la LEB Oro, pero en ninguno llegó a estar ni cerca de recuperar la categoría perdida y en la que tanto se había disfrutado tiempo atrás. Y en 2012 acabó pasando lo inevitable. “El club acabó desapareciendo y ha sido algo tremendo. Creo que faltó compromiso para no dejarlo morir. Se podía haber seguido, como el último año de ACB se podía haber hecho un pequeño esfuerzo para no descender. Si hubiéramos fichado a alguien creo que no habríamos bajado. Pero faltó unión política y compromiso para mantener el baloncesto. La deuda no era insalvable”, relata Gustavo Aranzana.

Tocaba entonces tomar el testigo de la historia, y quizá de nuevo faltó unión. Se generaron dos proyectos paralelos. Uno, el heredero del club de siempre, Fundación Baloncesto León. Otro, una modesta entidad escolar pero con mejores resultados deportivos, Agustinos, que llegó incluso a pasar dos temporadas en LEB Plata. Apoyos divididos en lo social y financiero que han hecho que ninguno de los dos llegue realmente a cuajar. Lamentablemente, lo sucedido en la última década del siglo XXI para los más jóvenes empieza a ser poco menos que un cuento de viejos.

Un nuevo intento para recobrar la ilusión

La situación hoy parece peor aún. Agustinos perdió la categoría en Plata y ahora busca volver a relanzarse desde la liga provincial. Mientras, la Fundación pasó a llamarse Basket León (la Junta de Castilla y León evitó que siguiera compitiendo como fundación) pero en lo deportivo la cosa sigue sin arrancar. Mientras en la vecina Ponferrada se ascendía y consolidaba la plaza en Plata, esta temporada Basket León ha sido último en su grupo de la Liga EBA, víctima de la marcha de varios jugadores leoneses. Julio González, ‘junior de Oro’ en su día junto a los Gasol, Navarro o Reyes y entrenador los últimos años, dimitió en diciembre, incapaz de aportar nada nuevo al equipo de la ciudad en la que lleva una vida. Quizá impotente por la situación.

Ahora, la nueva esperanza a la que se aferra la ciudad se llama RBH. La llegada en enero del grupo empresarial al Basket León pareció un soplo de aire fresco que prometía energías renovadas para volver a escalar a nivel nacional. Se ha marcado el objetivo de mínimos de recuperar al menos la LEB Oro en la que desapareció el añorado club histórico en 2012. Incluso, pese a la mala temporada actual, hay quien divisa la opción de un intento de salir en Plata más pronto que tarde, a modo de primera piedra del reflote del baloncesto local.

Quizá en unos años este artículo quede obsoleto, y León vuelva a presumir de cómo el recuperado amarillo y verde suena fuerte por España. Y quién sabe si el tercer advenimiento de la ACB a León deberá volver a ser con Gustavo Aranzana en el banquillo. “Sería impresionante, a mí esa ciudad me ha dado mucho. Mi mujer es de allí y yo soy Hijo Adoptivo (desde 2007), algo que para alguien de Valladolid no es nada fácil”, bromea.  La sonrisa final del pucelano es la suma del chascarrillo con el que cierra la conversación y del recuerdo de una época en la que León miró a los ojos a los gigantes de la canasta en España. La ciudad en la que sigue sin ganar un equipo italiano.