“Hemos conseguido tener dos equipos en 1ª Nacional, tanto el masculino como el femenino. Para nosotros, que venimos casi de la nada, está muy bien. Vamos creciendo y el objetivo es llegar a medio plazo a la Liga EBA y la Liga Femenina 2.  Ese salto ya sería económicamente muy grande, pero no queremos ponernos techo porque hay una gran tradición desde hace ya 35 años. Queremos avanzar con los pies en el suelo pero sin olvidar el recuerdo de lo sucedido en esa época gloriosa”.

Quien habla es José Antonio Pérez, vicepresidente y director deportivo del Baloncesto Villalba así como testigo de excepción de una época en la que, desde la cancha, defendió a su pueblo en la Liga ACB. Sí, hubo un día que en Collado Villalba compitió, y de qué forma, en la elite de la canasta nacional. Hasta seis temporadas, se dice pronto, hubo ACB en la Sierra de Guadarrama.

Hay que remontarse al verano de 1984 para palpar el origen. El Atlético de Madrid había logrado el ascenso deportivo desde la 1ª División hasta la ACB, pero los colchoneros decidieron renunciar al máximo nivel. Una rápida gestión del ayuntamiento de Collado Villalba cambió para siempre la historia del deporte local, que de pronto pasó del amateurismo a codearse con lo mejor del baloncesto patrio. “No había nada ni parecido en el pueblo ni en la zona a nivel deportivo y social y de pronto nos encontramos con ese monstruo. Aquello nos puso en el mapa”, evoca Pérez, villalbino de toda la vida. Casi como era previsible se pagó la novatada y un equipo limitado –aun con nombres como Ben McDonald, Juan Ramón Marrero o un joven Juan Antonio Orenga- terminó descendiendo de categoría.

Dos años más tarde, y ya sí con un proyecto mucho más sólido con la figura de Pedro Antonio Martín Marín en la gestión, los serranos lograron en 1987–desde la potentísima 1ª División B de la época- el ascenso deportivo a la ACB junto al Caja de Ronda malagueño. En una época en la que los patrocinios de bebidas alcohólicas y entidades bancarias estaban a la orden del día en el deporte nacional, el equipo jugaba con el nombre de Bancobao por mor del apoyo del Banco Bilbao. El pívot Abel Amón, fichado ese verano procedente del Estudiantes, recuerda cómo la apuesta del equipo dirigido por Pablo Casado –“el mejor entrenador que he tenido”, asegura- comenzaba a ser sólida: “Se hizo una plantilla joven y con ganas, muy implicada, con muchos jugadores madrileños o que ya tenían vinculación con la ciudad, como Juan Carlos Barros o el propio ‘Juanra’ Marrero, y con dos americanos siempre muy buenos (los lazos del club con Miguel Ángel Paniagua resultaron cruciales en ese sentido). El primer año fueron Wilfred King y Rory White, un anotador compulsivo –acabó con más de 29 puntos por partido aquella temporada- y llegó también Rafa Rullán, pero tuvo una hernia de disco pronto y no se puedo recuperar”, recuerda. Otro de los incorporados fue el base Quique Ruiz Paz, probablemente una de las caras más reconocibles del baloncesto villalbino, pues pasó allí las cuatro siguientes temporadas.

No sin cierta irregularidad, el Bancobao logró salvar finalmente la categoría en un playoff ante el Español que luego no sirvió de nada porque la ampliación a 24 equipos de la ACB hizo que no hubiera descensos. Sin embargo, aclara Amón, “se cumplió el objetivo y la afición acabó entregada”. Efectivamente, aquella primera temporada había servido para que en el pequeño pabellón municipal se generara un ambiente difícilmente olvidable para sus protagonistas. “Estábamos muy identificados con el pueblo y ellos con el equipo, así que se llenaba siempre y había una gran comunión. El club logró formar una gran familia, aunque también es cierto que era otra época y tras el partido tomábamos algo por el pueblo y nos juntábamos con la gente para charlar de cualquier cosa”, explica Ruiz Paz. José Antonio Pérez, entonces apenas un quinceañero, se emociona con el recuerdo. “Había una ilusión enorme en Villalba. A los jóvenes nos permitía ver a Epi, Sabonis, Romay… Era algo espectacular. Pasamos de tener ídolos futbolísticos a que fueran de baloncesto”.

A partir de esa primera temporada, el crecimiento del equipo fue progresivo. En el verano de 1988 pasó a llamarse, para los dos siguientes cursos, BBV Villalba. Y se dio un paso al frente que pudo ser aún mayor. “Quisieron hacer un equipazo, fichar a Corbalán, Brad Branson, Julián Ortiz y Dale Solomon, pero cuando Corbalán dijo que no también lo hizo Branson y todo se vino un poco abajo. Igualmente, se hizo un equipo muy competitivo con Lance Berwald y Tod Murphy de americanos y acabamos subiendo a la A1 en un playoff dramático ante Huesca, ganando el quinto partido allí”, explica Amón. Ruiz Paz también apunta que aquel curso fue “seguramente el mejor a nivel global, pues hicimos un baloncesto muy bueno, aunque es verdad que cada uno de mis cuatro años allí mejoramos la clasificación del año anterior paso a paso”. La temporada siguiente, con refuerzos como Antón Soler –que provocó la marcha de Amón- y Mike Schlegel, el equipo volvería a firmar con suficiencia la permanencia, pese a que comenzar en la A1 le supuso lógicos problemas de inicio para sumar victorias.

Revolución en rojiblanco

Pero es sin duda el verano de 1990 el que marca un punto de inflexión definitivo en el baloncesto villalbino. Un huracán a corto plazo que supondría un salto enorme pero, a la larga, saldría mal. La marcha de BBV como patrocinador generó una incertidumbre que, paradójicamente, fue resuelta por el mismo Atlético de Madrid de cuya plaza en ACB se habían aprovechado los serranos seis años antes. Cuentan que Jesús Gil vio una oportunidad urbanística en una conocida dehesa cercana precisamente al pabellón y que buscó en ella la opción de conseguir un nuevo Los Ángeles de San Rafael. Y se volcó inicialmente en el baloncesto, transformando al Villalba en un Atlético de Madrid con todas las de la ley. “Cuando acabó el patrocinio del banco nos contaron que había esa opción y luego fue todo muy rápido. Pablo Casado se fue y vino Clifford Luyk al banquillo, mientras que en la plantilla nos quedamos la base del año anterior y llegaron Walter Berry, Shelton Jones o Javi García Coll”, cuenta Ruiz Paz, quien sobre la curiosa implicación atlética en el proyecto entiende que fue de más a menos: “Cuando Shelton y Walter aterrizaron, Gil fue a buscarlos en un Mercedes a la pista de Barajas. Todo muy peculiar. Y en pretemporada incluso jugamos algún amistoso en Marbella y Gil estaba encima del equipo, ¡Hasta las ‘Mama Chicho’ venían al pabellón a animar al equipo al principio de la temporada!”, aclara entre sonrisas el madrileño.

Con el refuerzo colchonero, el club creció de nuevo, llegando a clasificarse para la Copa Korac en aquella temporada en la que el recuerdo del descollante poder anotador de Walter Berry es imborrable. Lógicamente, el partido más icónico fue la visita del Real Madrid a Collado Villalba, en la cuarta jornada, con 52 puntos del americano pese a la derrota rojiblanca (99-107). “Sinceramente creo que Walter Berry es de los tres o cuatro mejores jugadores que ha tenido la ACB en toda su historia. Era un zurdo que se quedaba suspendido en el aire, y cuando lo rivales bajaban él seguía subiendo. Físicamente un escándalo. Era un poco individualista pero buena gente y sin él no habríamos llegado a Europa. Realmente, cobraba lo que cobraba para hacer lo que hizo aquella temporada”, asegura Quique Ruiz Paz. En dicho ejercicio en rojiblanco, José Antonio Pérez, aún junior, llegó a hacer la pretemporada con los de Clifford Luyk. Y sobre Berry asegura que “entrenaba con el freno de mano echado porque su objetivo era el partido y ahí es donde sacaba todo el arsenal. Verle en la cancha cuando se motivaba era un auténtico espectáculo”. Recuerda también lo que suponía la presencia del icónico Jesús Gil cuando se dejaba caer por la Sierra: “venía poco por aquí pero por supuesto lo hacía con todo el séquito y revolucionaba el pueblo por ser quien era entonces”, explica.

El Atlético de Madrid-Villalba –nombre oficial del equipo- caería finalmente en los cuartos de final ante el Montigalá Joventut, que ese año lograría su tercer título liguero. Poco después, y ante la imposibilidad del negocio urbanístico soñado -y la de llevarse el equipo a Marbella- a Gil se le acabó el amor por la pelota naranja y el baloncesto terminó para siempre para los rojiblancos. Sin banco ni fútbol quedó pues huérfana la canasta villalbina, que pese a todo resistió un año más, de nuevo con Pablo Casado –y ya sin Ruiz Paz en la cancha- a los mandos y debutando a nivel continental en la Copa Korac. Eliminó al Trane Castors Braine belga para luego caer frente al Iraklis de Salónica en la segunda eliminatoria, pero la marcha a nivel local quizá fue el aviso de una muerte que ya se anunciaba. El equipo cayó pronto a la zona baja de la tabla y concluyó último la liga regular. Sin embargo, se aferró a la vida en los playoffs de descenso, llevando al límite al Unicaja en la primera ronda -cuando perdió el quinto partido por 65-63 en Málaga- y sorprendiendo al Gran Canaria en la segunda. De nuevo en una serie repleta de agonía, los madrileños ganaron el quinto encuentro en la isla (68-79) y descendieron a los claretianos. Pero el asunto no dio para mucho más. La situación económica no era viable y poco después el CB Collado Villaba desaparecía. “Nunca más ha habido nada en el pueblo de esa magnitud a nivel deportivo y social. Generaba una ilusión muy importante”, lamenta José Antonio Pérez, que en esa última temporada fue miembro de pleno derecho del primer equipo.

El sueño de volver algún día

Cuando han pasado casi tres décadas desde que la Sierra de Guadarrama abandonó la cúspide del baloncesto, y pese a que dicho hito sigue siendo totalmente inalcanzable, corren tiempos de cierto optimismo en Collado Villaba, donde cualquier tiempo pasado ciertamente no fue mejor. Durante años, la presencia de tres clubes -UB Villalba, CB Villalbasket y AD Los Negrales- en el municipio había generado una falta de unión con la que resultaba complicado pensar a lo grande en una localidad de apenas 60000 habitantes. Pero justo hace dos años se produjo una fusión que dio lugar al Baloncesto Villalba y que hoy ilusiona de nuevo al deporte local. “El club está creciendo paso a paso y tenemos una buena estructura pero un gran problema con las instalaciones, pues las compartimos con muchos deportes y tenemos lo mismo que hace 25 años”, explica José Antonio Pérez.

Sin embargo, y pese a la compleja situación y la incertidumbre que ha generado el Covid-19, hay algunos motivos para, por fin, pensar en positivo. “Desde la fusión somos el mayor club del pueblo, por encima de los de fútbol, y además nos hemos evitado algunas batallas anteriores que eran complejas”, subraya el exjugador y actual directivo, encargado también de los equipos femeninos de 1ª autonómica e infantil. A día de hoy, el Baloncesto Villalba cuenta con representación en todas las categorías desde alevín a sénior, tanto masculina como femenina. Y en la Sierra no parece faltar talento. Hace dos temporadas, su infantil masculino llegó incluso al campeonato de España. “Algo que no pasaba desde hacía 30 años”, presume Pérez.

Además, también hay alguna buena noticia en lo lógistico, puesto que recientemente se acaba de poner la primera piedra para construir un nuevo módulo de dos canchas al lado del viejo pabellón, hoy llamado Enrique Blas Echevarría. El mismo donde en su día jugaron los mejores. “Era un recinto muy pequeño y es emocionante ir por allí porque sigue siendo el mismo de entonces”, remarca Abel Amón. “Ojalá Villalba vuelva a tener un equipo en divisiones superiores porque ahí se vive el baloncesto de verdad, espero que la unificación les permita seguir dando pasos”, continúa Quique Ruiz Paz. De momento, ya lo saben, los siguientes retos son la Liga EBA y la LF 2. Después, quién sabe. Soñar es gratis, aunque caro. Bien lo sabe José Antonio Pérez: “esa década del club se recuerda con mucho cariño por todo el mundo, y la verdad es que, pese a lo dificilísimo que es, tenemos ganas de repetir algo así”. Por ilusión no será.

Quizá algún día el baloncesto vuelva a ser el gran fenómeno de la serranía madrileña.