El trazo evolutivo del baloncesto sugiere un escenario virgen, por explorar y construir. Uno sobre el que reposan nuevas inquietudes y formas de acercarse al juego. Uno que descubre diferentes formas de identificar lo que sucede sobre el rectángulo.

Uno, al final, donde la posición pierde su influencia y pasa a gravitar, de forma natural, alrededor de lo realmente importante. La acción.

La posición en baloncesto nace como concepto que define un papel, separándolo de otro. Como un simple ejercicio de diferenciación entre dos roles por instinto alejados. Eso resulta esencial, se encuentran alejados. Sin embargo el sentido de esa función, justamente distinguir, encuentra hoy un contexto que convierte en pregunta lo que se gestó como respuesta. Y demanda solución.

Porque esa distancia se ha reducido a la mínima expresión. En muchos casos ya ni siquiera existe.

Es decir, la posición como factor diferencial pierde su peso desde el momento en el que todas ellas intercambian responsabilidades, interactúan de forma innata. Se genera un punto en el que todas pasan a ser una, al existir perfiles que son capaces de juntarlas como hábito y no sólo como recurso. Porque el base no tiene por qué ser director, puede ser ejecutor; el alero puede no ser ejecutor sino director o el pívot puede dejar de ser sostén defensivo para cumplir un cometido espacial, abrir la pista. Y así sucesivamente, durante diferentes secuencias de un mismo partido o incluso una misma jugada.

Cuando todo eso sucede, a través de combinaciones infinitas, tantas como quepan en la mente, la posición deja de importar. Lo que resulta relevante es la acción del jugador. El aperturismo hacia esa postura plantea un juego donde cinco perfiles son capaces, por actitud y aptitud, de asumir cualquier función sobre la pista. O al menos de intercambiar muchas de ellas.

La posición, entonces, pasa a ser puramente anecdótica. Un simple término, huérfano del sentido con el que nació. El juego ha hecho caducar a la posición clásica.

La evolución natural de la posición en baloncesto sugiere una etapa donde precisamente esa posición se difumina, con tendencia a desaparecer. Deja de tener sentido como punto vertebral del juego. Un jugador no es lo que su posición marque, sino lo que su equipo necesita que sea en cada momento. Y en torno a eso se genera un nuevo orden.

El primer capítulo de este serial, formado por tres partes -todas ellas con valor propio pero al mismo tiempo interrelacionadas entre sí- se adentra en la figura del base moderno. Buscando exponer el nuevo escenario y proyección para un perfil ya con la suficiente libertad como para no estar atado a roles puramente organizativos.

El peso del base (point-guard o ‘uno’), encaminado comúnmente a facetas creadoras, de orden y definir conceptos de ritmo, en definitiva un rol de liderazgo sobre la pista mediante el entendimiento del juego y la traslación de la idea del técnico, encuentra hoy unas necesidades que bien pueden ser diferentes. Y no por el hecho de serlo deben ser entendidas como crimen a su origen.

El comportamiento del base no es algo inmóvil pero justamente esa riqueza que desprende ha de ser entendida como virtud.

El perfil terminal

La figura que más recelo despierta es la del base puramente ejecutor. Con una función terminal (anotar) y alejado de todo clasicismo en la faceta de creación de juego. Ese recelo nace de la propia negación a asumir que el ‘uno’, el jugador teóricamente más pequeño sobre la pista, puede salirse del guión previsto para optar a uno nuevo. El apego a lo existente expone, en muchas ocasiones, la creencia de que todo lo nuevo será necesariamente peor. Cuando lo único que en realidad expone es que puede ser, por concepto, diferente.

La evolución física del baloncesto ha derivado en un juego donde el antes considerado eslabón débil de la cadena, el jugador con físico terrenal, que bien pudiera pasar por un ciudadano corriente y no un deportista profesional, ya no es tal. De hecho, en un deporte en el que los jugadores han pasado a ser grandes atletas, en la inmensa mayoría de super élite, la figura del ‘pequeño’ en baloncesto ha pasado a ser foco de atención masiva.

Foto: Nathaniel S. Butler/Getty.
Derrick Rose (Foto: Nathaniel S. Butler/Getty).

Así, perfiles de un desequilibrio innato, sobre el que Derrick Rose (2010/11) plantea la cima histórica, asumen en cancha funciones para maximizar ese potencial. Y no es negativo que así sea, desde el momento en el que un equipo lo integra la interactuación variable de cinco jugadores, no un concepto estático de dónde y cómo aportar.

Reconocer eso es el punto de partida a todo lo demás. El juego no es estático, nunca lo ha sido y su mayor atractivo reside justamente en que se encuentra en permanente evolución.

El caso de Derrick Rose, con el pico de su plenitud pre-lesión, expone la figura de un jugador histéricamente atlético, con un dominio de lo físico fuera de lo común, que mantiene una relación de instinto con el desajuste rival. Es decir, lo crea por inercia. Porque desde el momento en el que las posibilidades del tren inferior del jugador permiten no sólo tener cierta acción sino ya habitar por encima del aro, incluso soportando contactos, el juego necesariamente cambia.

El punto de generar desajustes (ventajas) de forma innata es fundamental para entender cómo influyen en el juego esta clase de bases. Porque son elementos que pueden suponer tanto el inicio como el fin de la acción. Pueden completar el proceso por sí mismos.

Rose, como Russell Westbrook, son casos extremos de unas posibilidades físicas crecientes que generan un radio de influencia diferente. Su potencial atlético, que parte de un cambio de ritmo asombrosamente por encima de la media y concluye en una capacidad heroica de resistencia al contacto interior, encuentra en su progresión técnica (talento para ejecutar esas situaciones) el otro factor crucial. Porque unidos derivan, necesariamente, en un perfil que condiciona el juego por sí mismo.

Al mismo tiempo, la presencia del ejecutor nato en el puesto de ‘uno’ expone una necesidad creativa en otros jugadores, bien sea por cultura de sistema (San Antonio), por influencia global (LeBron James) o por condiciones del propio individuo (Marc Gasol). Sin embargo, esa necesidad no supone, a la hora de la verdad, más que cambiar el orden de los factores para buscar el mismo producto.

Aún no se ha generado un hábito lo suficientemente estable como para asumir, sin alarmas, que la acción de (por ejemplo) Westbrook pueda ser entendida, más allá de estridencias individuales, como positiva para un colectivo. Como así es. Para aceptar -y no criminalizar- que un perfil como lo suyo, extravagante hoy pero que será común en el futuro, donde marca diferencias es en funciones que poco tienen que ver con la clásica del base. Con el orden, la pauta y la dirección. Y que por tanto es normal que se aleje de ellas.

Aún no existe un hábito para entender, en definitiva, que su misión sobre la pista realmente no se engloba en un puesto, que al final acotaría su dimensión, sino que viene marcada por determinadas acciones, en base a su poder propio y demandas colectivas, que beneficien al equipo. Indistintamente de si se agarran más o menos al caos, al desorden o a la delgada línea del funámbulo.

No obstante, ese perfil terminal, de pura ejecución, no está asociado únicamente a un significado físico, que conlleve finalizar cerca del aro. Existe igualmente el caso de jugador que se convierte en otro tipo de ejecutor: desde la larga distancia. El ejecutor de rango, que agiganta la pista en largo y ancho, también pertenece a esta corriente que concibe el base como un elemento con misión de cerrar ataques más que de producirlos.

Perfiles como Stephen Curry o Damian Lillard son igualmente ejecutores por instinto. Con un fin esencialmente de amenaza para anotar, por encima de sus funciones creativas. El caso particular de Curry, quizás el más extraordinario tirador (velocidad de mecánica, rango de acierto y posibilidades para generarse el propio lanzamiento) jamás visto, supone en cierto modo un híbrido para lo puramente ejecutor.

En otras palabras, Curry es lo más parecido a Steve Nash (cénit en la combinación pase-tiro) que ha existido, no obstante considerándole como un jugador de acción diferente. El canadiense es otro tipo de base –que se tratará posteriormente- básicamente porque su rol capital era construir, no ejecutar. Por mucho que dominase ambas facetas. El caso de Curry, por el contrario, plantea un escenario de dominio masivo de los artes del pase y el tiro, pero enfocado de forma primaria a la ejecución. Son las dos caras, al final, de la misma moneda.

El base entendido como perfil terminal es un fenómeno creciente que da vuelo a las posibilidades físicas y técnicas de un juego cambiante. Y su influencia no sugiere tanto preguntarse si el cambio es a mejor o a peor, una cuestión al final personal e intransferible, como saber resolver esa ecuación para hacer evolucionar el baloncesto.

No tener al final miedo de lo diferente.

El stopper, con acción sin balón

Como contrapunto a ese perfil terminal, gestado para producir desequilibrio por sí mismo y alterar el orden natural del juego, existe otro con un rol justamente opuesto. Cada vez más limitado de acción, que no de influencia. La presencia del factor defensivo, del stopper natural, que a menudo guarda funciones de complemento espacial.

Este tipo de perfil tampoco mantiene una relación estrecha con la función de generador de juego, carece de peso creativo incluso en proporciones mayores que el terminal. Pero su acción, como role player, es igualmente válida y hasta vital. Porque a medida que la figura del base terminal camina hacia lo común, crece la necesidad de hallar su Némesis, con el fin de reducir su impacto.

Pura supervivencia.

Foto: Issac Baldizon/Getty.
Patrick Beverley (Foto: Issac Baldizon/Getty).

El dominio físico tiene otro espacio de acción. Y es que pese a que sea el juego de cara al aro (atacar) el acaparador de flashes, resulta también esencial todo lo que ocurre de espalda al mismo (defender). Ese tipo de perfil tiene, aunque no al mismo nivel, una doble vía de impacto.

En el apartado defensivo se antoja capital, sobre todo en dos apartados. Por un lado la capacidad de reducir individualmente a los bases terminales, los perfiles de pura ejecución, y por el otro ser capaz de lograrlo sin necesidad de ayudas. Este factor está directamente ligado a lo anterior, ya que buena parte de la influencia en el juego de los bases terminales nace de que producen desajustes defensivos fácilmente.

La exuberancia física, cuando carece del don finalizador, encuentra acomodo en defensa. Precisamente como solución a un perfil en el que el propio defensor querría convertirse. La posibilidad de que Patrick Beverley, pitbull defensivo, anhelase el papel de Russell Westbrook resulta, aparte de irónica, totalmente comprensible. Por eso si no puede ser héroe se agiganta la tentación de ser villano.

Igualmente el papel destructor, que pese a sonar peor no es por ello menos importante, tiene también su importancia en la parcela ofensiva. Este tipo de stopper suele cumplir un cometido claro, reducido pero valioso: la función espacial.

En una época donde el desarrollo físico lleva al jugador a tener una influencia cada vez más potente sobre la pista (mayor tamaño y velocidad de desplazamiento, mayor capacidad de cubrir y amenazar situaciones defensivas), el espacio se convierte en un factor esencial a la hora de construir un sistema ofensivo eficiente. Al menos mientras las proporciones de la pista se mantengan.

Es común, por eso, ver a este tipo de jugadores, de perfil defensivo, desarrollar un único potencial ofensivo, con una evidente misión. El dominio del tiro de tres y la inteligencia a la hora de encontrar el espacio libre, generalmente en una esquina de la pista, aumentan el ancho de la misma y obligan a la defensa a un esfuerzo mayor, prestar atención a más metros.

La existencia del two-way player, jugador con peso en ambos lados de la cancha, genera un valor añadido para un equipo, sobre todo por cómo castiga el juego actual a los perfiles que no aportan nada en uno de los lados de la pista. Y el tiro de tres, siempre entendido como lanzamiento tras recepción, pasa a ser un elemento vertebral para amenazar. Este tipo de perfil no guarda necesidad de generar su propio tiro, por lo que su influencia ofensiva se encuentra alejada del balón. Pero sin embargo es real.

El juego sin balón es un factor diferencial desde el momento en el que se asume que buena parte del éxito de un colectivo se construye precisamente desde ahí, de la interpretación de los jugadores que no manejan el balón. No sólo por proporción (uno lo tiene, cuatro no), sino porque la ejecución ofensiva tiene como necesario paso previo la baraja de posibilidades que se crean sin balón.

El éxito del ‘Triángulo Ofensivo’ de Tex Winter radica justamente en la acción del jugador sin balón y mantiene como elemento común la capacidad del ‘uno’ para orbitar en torno a un jugador que absorbe mucha más atención. Funciones como la de Ron Harper en los Bulls de Jordan o Derek Fisher en los Lakers de Bryant, ambos con Phil Jackson al mando, escenifican –cada uno con sus particularidades- el peso de un rol poco brillante pero determinante.

El generador primario

No obstante, que se den y acepten estos perfiles sin peso creativo no significa que el baloncesto circule por un camino en el que todo base estará poco responsabilizado con ello. Este planteamiento evolutivo defiende que la función de un jugador viene marcada no por su posición sino por la combinación de sus capacidades individuales con las necesidades colectivas. Por eso seguirá habiendo circunstancias que demanden al ‘uno’ alta cuota de peso en la construcción de juego.

Este rol se asemeja más a la clásica exigencia del base. Funciones de dirección, generación de posibilidades ofensivas, imposición de ritmos y liderazgo. El tradicional ejemplo del base denominado ‘puro’ ha existido siempre y siempre existirá, pero por el simple hecho de que la dirección es una función más dentro del juego y el base un elemento más para desarrollarla. No significa que un base puro, clásico, sea más útil que uno de otro perfil.

De nuevo, todo depende de las necesidades colectivas y, al final, del propio nivel de cada jugador en su función.

La figura del ‘uno’ conductor tiene un punto clave -prioridad en la construcción colectiva con respecto al carácter terminal individual- y sin embargo diferentes matices que dotan de diferentes grados su impacto. Siempre ajustados a las exigencias de un juego que camina hacia cierta radicalización ofensiva, después de que la media distancia pase a estar considerada de forma casi unánime como una zona sin influencia para la ejecución. Es decir, desde la que se evita lanzar, con el propósito de maximizar la productividad haciéndolo desde cerca del aro (mayor porcentaje de acierto) o directamente de tres puntos (concede un punto extra).

Foto: Ronald Martinez/Getty.
Chris Paul (Foto: Ronald Martinez/Getty).

El generador maneja dos situaciones de forma muy frecuente, ambas priorizando el aspecto colectivo. Una, el dominio del juego con bloqueo. Ya sea pick’n’roll (bloqueo y continuación) o pick’n’pop (el que bloquea se abre para tirar), tanto para producir de forma directa como para iniciar un sistema. El juego con bloqueos es un elemento capital del juego y el generador, especialmente si no tiene el tamaño para causas desequilibrios en zonas de poste alto o bajo, debe ser capaz de dominarlo. No sólo a la hora de identificar espacios y pasar el balón, sino a la hora de tomar buenas decisiones en esas situaciones.

Y por otro lado, la amenaza de anotación. Un generador sin amenaza no encuentra comparación ante uno que sí demande atención a dos factores (pase y tiro). El salto cualitativo del base director se edifica, muchas veces, a través de su capacidad de llevar esa función a la siguiente dimensión. El control del pase/bote/tiro (triple amenaza) es diferencial.

Así, la proyección de Steve Nash a nivel histórico no sólo nace de su dominio de un ritmo frenético (siempre existe mayor dificultad de decidir y ejecutar correctamente cuando se dispone de menos tiempo) o el instinto natural para leer situaciones del juego, sino de su consolidación como uno de los tiradores más letales de la historia. Desde cualquier rango, después de bote o tras recepción.

Asimismo, el nivel de influencia de Chris Paul o el impacto del Deron Williams pre-lesiones exponen un escenario opuesto al del impacto de perfiles como Rajon Rondo o Ricky Rubio. Que siendo especialmente brillantes en su faceta creadora, no han sido (hasta ahora) capaces de llevar ese talento al siguiente nivel de influencia. Por el déficit a la hora de ejecutar.

Para un generador, paradójicamente la amenaza de tiro resulta al final elemental básicamente por un motivo. Y no es tanto sumar puntos como sembrar el miedo al rival de que eso puede suceder. Obligar a una atención más específica, sin conceder espacio, permite maximizar el efecto de un posible error defensivo. A medida que se dominan más registros clave en pase, bote y tiro (el ‘ABC’ del baloncesto), la amenaza –y por tanto la influencia- se incrementa.

En el baloncesto actual asumir una carencia sangrante representa un camino claro para ser castigado, tanto individual como colectivamente. Así, reconocer que un rival no tiene acierto ni confianza alguna en su tiro supone una invitación evidente a condicionar toda la defensa ante él. Y como consecuencia facilitar la forma en la que se reduce su impacto.

Uno puede ser el mejor pasador imaginable, pero si el rival conoce al cien por cien que va a pasar existe una importante posibilidad de que el pase pierda efecto.

El híbrido

En un juego global, donde cada vez se distancian más dos posturas crecientes, el perfil polivalente (aglutina funciones) y el perfil especialista (asume sólo una pero la lleva al cénit), es justamente el primer grupo el que desprende mayor vanguardia. E igualmente dentro de la diferenciación que podría realizarse con cada ejemplo concreto, es conveniente asumir que son los menos los que se engloban por completo a un determinado rol.

Es decir, la mayoría de casos plantean su acción sobre la pista como un cúmulo de todas las funciones posibles, cada una en diferente grado. Las diferenciaciones no son restrictivas ni estáticas.

Así, no resulta ilógico ver un perfil terminal con mando al generar en según qué contextos, o un generador asumir competencias defensivas de relevancia. Y al final resulta así porque el juego no es algo que permanezca cerrado e inmóvil, sino que representa siempre la interactuación de cinco partes en diferentes situaciones. Ese escenario es justamente el que le dota de riqueza al plantear posibilidades infinitas.

Así, lo verdaderamente sugerente de la situación con respecto al base es precisamente la capacidad de mutación que puede desarrollar a lo largo de su carrera. Un ejemplo sencillo de este escenario lo representan Jason Kidd y –especialmente- José Manuel Calderón.

El punto inicial y final de la carrera de Kidd difieren en el sentido de que un creador clásico, de peso mayúsculo en el juego y con el añadido de ser uno que marca una época (New Jersey), acaba su carrera alejado de ese contexto, involucrado en un sistema y como ejecutor secundario (New York). Con clara función de stopper y espacial (defender y tirar de tres).

Foto:  Jesse D. Garrabrant/Getty.
José Manuel Calderón (Foto: Jesse D. Garrabrant/Getty).

Y más radical aún es el caso del español. Que parte, en su juventud, de una situación de dominio físico, con una capacidad de tren inferior extraordinaria sobre la que ejecutar (Baskonia), hasta convertirse progresivamente en paradigma de base creador (Toronto), que agiganta el ratio del balance acierto-error, para acabar (Dallas, New York) con un papel de ejecutor –espacial- gracias a su obsesivo trabajo con el lanzamiento exterior

Calderón condensa, en su propia carrera, la sucesiva traslación de un perfil a otro, la capacidad de adaptación, en varias fases, tanto de jugar mucho con balón a pasar a tener influencia sin él, como a la hora de tener un elevado peso creativo y acabar asumiendo misiones más de ejecución. Todo ello con impoluta eficiencia en cada rol. Es el extremo del híbrido, en cierto modo enfundarse cada vez un disfraz diferente al servicio del plan colectivo.

No es relevante si un equipo pone en pista dos bases. Lo crucial es el motivo de hacerlo, qué funciones tendrán.

Al final del híbrido, del base capaz de modular su capacidad de aportar de acuerdo a las necesidades de equipo, nace lo verdaderamente alejado de la posición clásica. Por eso en un juego que camina hacia un futuro en el que los cinco perfiles en cancha serán prácticamente intercambiables en base a su poder físico y técnico, pensar en la posición de base entendida como fenómeno estático resulta demasiado simple. Lo sugerente es tratar de revelar qué significa en cada contexto.

Porque lo esencial nunca será adoptar a una posición un papel concreto y estático, sino descubrir, entender y aplicar qué rol magnifica en cada caso el comportamiento de un equipo.

Y el base, en toda esta experiencia, no resulta excepción.