Ya desde su nacimiento, de entre todas las posiciones en baloncesto la más fascinante y decisiva ha sido aquella que más se ha alejado de lo humano. La que más abrazó la ficción, lo imposible. A lo largo de los años el tributo al diferente encontró siempre acomodo sobre la pista y exposición en la memoria, de la que después beben los libros y la historia.

Aquel cuyo físico superó la media por abismal diferencia tradujo a menudo ese don genético en un impacto absoluto, un dominio incontestable. Haciendo del juego una ley marcial.

Resulta inimaginable entender lo que hoy es el baloncesto sin la influencia de Mikan primero y Russell después. Como tampoco es concebible lo actual sin el efecto de Chamberlain o lo mastodóntico en Jabbar. Los cuatro condicionantes no ya de la propia naturaleza del deporte sino incluso de su propia normativa, sometida a un cambio tras otro tras la sucesiva devastación provocada por el gigante tirano de cada era. Sucediéndose todos ellos cuales Reyes en la Edad Media.

De todos ellos y hasta llegar al ejemplo de O’Neal, la pieza final paradigma de lo marciano, el puro desafío a la física, se construye el baloncesto entendido como juego de tamaño. Como una práctica en la que la genética tiene un peso capital y más tarde la evolución se encarga de llevar ese producto al extremo.

Hoy día el pívot no es ya tan diferente, no somete a su voluntad equipo, rival, liga o incluso una década al completo. El baloncesto permanece pero el juego es otro. El pívot se convierte en una pieza más del futurismo colectivo y su instinto, el sometimiento del propio juego, encuentra ya un contexto con tantos matices que acaba haciendo olvidar ese mismo propósito inicial. El pívot queda engullido por la modernidad.

Ese pívot, tal y como se entiende su trascendencia a nivel histórico, como factor que edifica por sí mismo un baloncesto paralelo al real, ha dejado de existir. Al menos hasta que la caprichosa genética decida irrumpir de nuevo, como acostumbra sin previo aviso ni miramientos, para ofrecer el siguiente nivel de opresión física del gigante. Ése aún más grande, fuerte y rápido de lo que se pueda imaginar. Y que obligue, de nuevo, a parar el tiempo.

Hasta entonces, el tirano no es tal sino uno más. Por deseo del propio juego.

Resulta llamativo que en la imparable evolución física, que cada vez ridiculiza más una época inmediatamente anterior a otra –no ya dos, que directamente plantean otra dimensión-, el papel del perfil que representa el tamaño se encuentre en desuso. Y en realidad no tanto en esto último como en una mutación de sus funciones.

Los jugadores son físicamente más aptos, en todo sentido imaginable. Y, en un deporte cada vez más profesionalizado, técnicamente con mayor gama de recursos dominados. Pero es el enfoque lo vital y todo este fenómeno contribuye a alimentar más al perímetro que al propio pívot. Quizás porque lo normal, el desarrollo humano sin estridencias, beneficia al juego –lo común- y no a aquel que lo controló a su antojo –lo particular-.

Shaquille O'Neal, un elegido de la genética (Foto: Rocky Widner/Getty Images).
Shaquille O’Neal, un elegido de la genética (Foto: Rocky Widner/Getty Images).

Esto es, el pívot clásico vive al margen de la evolución porque el origen de su salvaje dominio nació justamente de lo extraño, lo utópico. Lo monstruoso. Y ese elemento no entiende tanto de ciclos como de generaciones espontáneas. El desarrollo del perímetro es gradual pero el del pívot entiende de picos. De apariciones puntuales que se bastan para cambiarlo todo.

Frente a todo ese cambio susceptible de irrumpir en cualquier momento, existe en el pívot una ruta paralela que sobrevive y se adapta al medio, un factor de aprendizaje interrelacionado de forma permanente con el propio devenir del juego. Y, como todo proceso cognitivo, se hace intenso y crucial desde la base. Es decir, el período de formación.

La evolución del propio baloncesto, con marcadas tendencias a desarrollar un juego con el quinteto íntegro actuando de cara al aro, obliga a una reordenación funcional del pívot, el hombre grande llamado a ejecutar en poste bajo y de espalda al ‘Dorado’. Y ese plan exige por ello unas facultades esencialmente diferentes que apartan al pívot del papel clásico como especialista y le llevan a caminar por la misma senda que el resto de partes del quinteto. Aquella que defiende que la acción –y no la posición- es lo realmente importante.

La acción de cara al aro genera un interior por necesidad móvil e instruido en el pase y el tiro, circunstancialmente incluso en el bote. De la escasez de oportunidades para operar en poste bajo, motivadas por un tiempo y un espacio cada vez menores para hacerlo a raíz de la perfeccionada labor defensiva y el cada vez más raquítico tamaño de la pista, emerge un sinfín de opciones de activar el juego opuesto: de fuera a dentro.

Al respecto de ello el periodista y entrenador de formación Fran Fermoso me revelaba que las prácticas desarrolladas en el baloncesto balcánico resultaban, y aún hoy lo hacen, de fascinante interés. Allí el objetivo de mejorar lo psicomotriz y todo aspecto físico relacionado con la coordinación en el joven lleva al técnico a un entrenamiento en el que no existe especialización alguna hasta un edad base, determinada de antemano.

Esto es, todo lo previo potencia su capacidad física en lo referente a respuestas en factores como velocidad, agilidad o capacidad de controlar perfectamente pies y manos. Este entrenamiento general provoca que todo jugador, sea cual sea después su disciplina, parta de una base técnica, conceptual, muy arraigada. Se forman talentos físicos y técnicos, no posiciones. Así, si un chico después encuentra tamaño en su desarrollo lo acompañará de un abanico de recursos que le invitarán a la polivalencia en el futuro. Un uso natural de pase, bote y tiro.

Es decir, esa metodología de la escuela balcánica no forma necesariamente hombres altos sino que se asegura que todos aquellos que lleguen a serlo dispongan de una respuesta física y técnica más propia de perímetro que de formación interior. El talento se entrena. Y el juego, entendido como una necesidad de hacer muchas cosas, exige una aptitud de perímetro incluso a hombres altos.

Enseñar al joven a jugar antes de a ser pívot tiene dos efectos contrarios. Por un lado, promueve la posibilidad de ejercer cualquier rol, de ser una pieza polivalente. Por el otro, reduce la formación específica y alimenta su extinción. El jugador tendrá conocimiento de muchas más artes, pero esto dificultará que en alguna de ellas llegue a resultar cum laude.

Este tipo de desarrollo que rehúye la especialización desde la base alimenta la generación de pívots alejados de la ortopedia y el puro dominio por tamaño. Encuentra de hecho un nexo directo con la ambición que puede llevar al interior a ocupar cualquier papel que desee ocupar. Incluido el de mayor sensibilidad con el juego, al final el que sugiere la creación.

El Point-Center

La figura del Point-Center (por definición, pívot con funciones de dirección) no revela vanguardia pero sí plan futuro. Y si bien el primer caso mayúsculo de su efecto, Arvydas Sabonis, supone a la vez la cima histórica del mismo, es en realidad su papel colectivo –y no tanto su nivel individual- lo que marca diferencias. Lo que representa la pura atracción.

De la línea que traza Sabonis, continúa con Divac y llega hasta (Marc) Gasol se encuentra el inevitable punto común de la formación de su idea baloncestística en suelo europeo. Su nacimiento como jugadores, y no sólo pívots, capaces de cualquier desafío en base a una inteligencia y sensibilidad muy pronunciada. El gen innato del que crea, innova e interpreta el juego.

Marc Gasol, determinante a seis metros, de cara al aro y con el pase (Foto: Getty).
Marc Gasol, determinante lejos del aro, de cara y con el pase (Foto: Getty).

El entendimiento de lo que sucede expone la posibilidad de que el pívot sea director. Es decir, que ejerza de foco generador primario, desde el pase. Esto provoca una alteración del escenario clásico que permite que el juego se haga complejo, ya que bases y aleros ocuparán potencialmente otros roles. En el baloncesto de acción –y no de posición-, el pívot creador representa una fuente natural de ventajas, en el sentido de que invita a innovar al resto de posiciones clásicas.

Aunque pudiera parecer contraproducente alejar del aro al jugador de mayor tamaño para resultar determinante cerca de él, el juego camina hacia un despliegue en el que, en ese sentido, nada es lo que parece. Alejar al interior del poste bajo supone abrir ese espacio a toda acción de un compañero y en el momento en el que el juego sin balón pasa a ser un elemento vertebral del ataque, todo espacio libre es una oportunidad potencial de éxito.

La interpretación del poste alto, una de las zonas de mayor influencia, y capacidad para utilizar esa facultad de generación de ventajas colectivas también en poste bajo hace del pívot con peso en la creación un factor diferencial. Lo complejo de ese rol es justamente hallar jugadores capaces de asumirlo, ya que requiere un IQ (inteligencia en pista) muy por encima de la media para que al tomar muchas decisiones no aumente proporcionalmente el riesgo de error.

Así, del impulso del propio Joakim Noah hacia esa función, puramente por necesidad de un contexto ofensivo raquítico (Bulls 2013-14), se aprecia que existe igualmente opción de encontrar este tipo de figuras en jugadores formados en Estados Unidos. Algo reafirmado en la aptitud de Tim Duncan para ocupar ese rol con absoluta naturalidad, si así se quisiese a tiempo completo, y en el ejemplo de DeMarcus Cousins, con una influencia absoluta en todas las artes del juego.

El pívot del que parte todo el caudal ofensivo supone un papel que potencia el ataque por lo poco habitual de la práctica. Y coincidiendo con el hecho de que un perfil capaz de asumir el desafío tendrá un conocimiento del juego por encima de la media, su uso supone una doble ventaja estructural para un equipo. Paradójicamente alejar al ‘grande’ del aro encuentra un beneficio real.

El interior de espacio

Ese alejamiento progresivo, a cuya aceleración contribuye la ausencia de espacios cerca del aro (cuerpos que cubren más volumen, sistemas más complejos de ayudas defensivas), ha convertido en poco menos que anecdótica la presencia de dos interiores natos al mismo tiempo. Entendiendo por natos aquellos cuya zona de actuación es básicamente la más cercana a la canasta.

Para ver un equipo con dos interiores hoy día han de cumplirse una serie de premisas que indican que esa cercanía al aro puede disolverse en cualquier momento. Que no es estática, inmóvil. Es decir, para resultar viable, una pareja de dos pívots debe tener al menos a uno de ellos con dominio real de los artes del pase y el tiro. Si ninguno de los dos es capaz de pasar y/o tirar por encima de la media, su coexistencia es prácticamente imposible.

Dirk Nowitzki, una de las armas de espacio más decisivas de la historia(Foto: Streeter Lecka/Getty).
Dirk Nowitzki, arma de espacio definitiva (Foto: Streeter Lecka/Getty).

Así, el deseo de alejar de la zona a un perfil terminal devastador como Blake Griffin no responde a capricho sino a una necesaria generación de espacio para DeAndre Jordan, incapaz de destacar en lectura de juego o tiro. Así como el éxito de la pareja Randolph-Gasol en Memphis, incluso en un contexto de espacio totalmente ahogado, se explica por la capacidad de ambos de tirar y pasar, intercambiar poste alto y bajo sin dificultad y, en definitiva, resultar móviles, entender el juego y poseer amenaza desde prácticamente cualquier sitio de la parcela ofensiva.

No es lo común.

Y por ello la fórmula creciente es poco menos que el uso de otro jugador de perímetro desde el puesto de ‘cuatro’. Convertir lo antes llamado pívot en el concepto moderno de alero alto o, incuso en determinadas situaciones, otro perfil de perímetro que lleva a la consideración actual del juego con cuatro pequeños.

El interior de espacio (Dirk Nowitzki, Kevin Love, Chris Bosh, Ryan Anderson) es, a efectos ofensivos, un alero más. Caracterizado por actuar de fuera a dentro y con capacidad para operar cerca del aro. Y de su formación perimetral (obsesivamente entrenados en el arte del tiro y la lectura de juego) nace un desequilibrio real pero alejado de lo clásico.

Desde el momento en el que el pick’n’pop (el jugador que bloquea se abre y no continúa hacia canasta) pasa a ser arma de destrucción masiva, el stretch four es devastador. Así, jugadores con tamaño y amenaza en pase, bote y tiro resultan muy difíciles de defender incluso a distancias lejanas del aro. Porque el pánico no sólo nace de lo que generan para sí mismos sino también de hasta qué grado potencian el espacio interior para el resto.

La figura del interior de espacio es, en ocasiones, suplantada directamente por un perfil de alero clásico, sobre todo terminal y especialmente desde el tiro. Y así la posibilidad de jugar con uno o dos interiores aumenta la baraja táctica a la hora de pensar cómo resulta más eficiente atacar a un rival o defenderse de él.

Jugar de cara al aro en ataque ha pasado a tener un peso vertebral, llevando la acción de perímetro a conquistar un puesto anteriormente interior. El baloncesto actual, con multitud de perfiles que no definen su juego por ninguna posición, permite imponer al mismo tiempo por ejemplo tres aleros (puestos del ‘dos’ al ‘cuatro’) sin alteración alguna. Porque precisamente esa capacidad de orientar el juego desde el perímetro es la que marca tendencia.

No significa esto que un perfil de espacio ejerza exclusivamente como tal, como se ha recalcado en diferentes ocasiones durante la trilogía, lo fascinante es la posibilidad de intercambiar roles constantemente. Pero sí proyecta la función esencial de un jugador dentro de un colectivo, aunque después pueda asumir también otras diferentes.

El híbrido

No obstante existe otro papel, ya presente en las dos primeras partes de la trilogía, que también posee relevancia en este estudio. Porque el ejemplo antes citado de Blake Griffin, que ha llevado su desarrollo hacia fuera por la necesidad colectiva, mantiene una esfera de acción básicamente interior: dañar cerca del aro. Griffin pasa a ser híbrido porque su margen de acción dentro es limitado por las características de su compañía (DeAndre Jordan).

Y es que siempre el contexto influye en hacia qué jugador puedas convertirte o de qué modo puedes influir en un sistema. De nuevo, el verdadero valor de un jugador no es su nivel individual sino de qué forma lo traslada en un plan colectivo concreto. Y la capacidad del híbrido de amoldarse a diferentes papeles (combinando incluso defensivos y ofensivos según la situación) facilita esa transición.

El perfil de Griffin, como el de Aldridge, Jefferson o en su día Garnett, permite ocupar indistintamente zonas de poste bajo y poste alto generando amenaza a través de pase, tiro o ambas (según el caso). Y ya directamente el culmen de lo híbrido aparece en el ejemplo de Pau Gasol, cuya carrera resulta un permanente desafío evolutivo, capaz de cambiar roles y llevarlos a la eficiencia sin aparente dificultad.

La formación perimetral de Pau Gasol proyectó su influencia en pista (Foto: Harry How/Getty).
La formación perimetral de Pau Gasol proyectó su impacto (Foto: Harry How/Getty).

El Pau Gasol exterior, entrenado como tal durante su etapa formativa (conceptos de escolta y tiempo de pista en ese rol) y exhibido de ese mismo modo en su irrupción con el FC Barcelona, es un claro ejemplo de cómo la formación de un hombre alto puede determinar que su altura no impida su evolución en todos los aspectos del juego. El Gasol imberbe es un 2.15 que bota, pasa y tira. Y que puede soportar asignaciones exteriores sabiendo que las ventajas que genera compensan más que de sobra. Ese Gasol novel retrata la evolución del pívot hacia algo más que una figura de impacto interior. Trasladando su impacto a lo total.

Gasol pasa en una década de partir de fuera a dentro (Barça) a ser concebido como un perfil de acción puramente interior (Grizzlies), cambiar a híbrido según el contexto (Lakers, según tuviese a Odom o Bynum al lado) y tener siempre aptitud para desempeñar el rol de Point-Center en base a la necesidad colectiva. Esto es, su capacidad de adaptación es prácticamente total, en base a un IQ de super élite y una formación alejada de la especialización.

Al final, su tamaño marca diferencias de un modo mucho más complejo gracias a cómo se enfocó su formación primero y su perfeccionamiento después. No es tamaño. Es tamaño inteligente.

Y todo su ejemplo sirve, además, para ilustrar el camino de la versión más indómita imaginable de ese perfil: Anthony Davis. Cuando Bryant calificaba hace meses al emergente fenómeno como «an athletic Pau Gasol» su mirada iba más allá de lo aparente y buscaba la raíz. Y es que la evolución en Davis permite intuir el siguiente paso. El que muestra que, desde un físico extraterrestre no por puro tamaño sino por cualidades atléticas, se puede alcanzar el cénit mediante un dominio técnico alejado de lo clásico en el pívot.

Lo visto en Davis, asombrosamente sólo la punta del iceberg, revela el interior del futuro. Aquel cuya influencia en pista sobrepasa cualquier definición o acotación posible. Aquel que no sigue ninguna estela sino que genera una propia.

El Stopper y el Enforcer

De todo el aperturismo formativo del interior se genera una tendencia a hacer de él algo más que un martillo, una pieza final condenada a reventar el hierro en ataque y adoptar un papel de ogro defensivo. Sin embargo, ese tipo de perfil existe y hasta cierto punto complementa todo lo que evoluciona a su alrededor.

La formación especializada mantiene su parcela de relevancia. Y así el tamaño llevado al extremo atlético interior, con movilidad y fuerza como elementos capitales, se basta para ocupar un espacio en el mejor baloncesto del planeta.

Aquello que convierte a Dwight Howard en titán, expone la senda para Andre Drummond y hace a DeAndre Jordan foco necesario en un sistema, fue antes lo que consagró a Dikembe Mutombo y tuvo su hueco para Ben Wallace, que siendo igualmente ese perfil suplía la falta de altura con hipertrofia de todo lo demás (incluida la lectura defensiva en un sistema, el de los Pistons en 2004, a la vista perfecto).

El stopper también encuentra acomodo en la figura del interior, siendo de hecho identificado con un nivel de influencia muy superior al de otros puestos. Y lo es básicamente porque el especialista de tamaño será capaz de abarcar más y mejor. En el sentido puramente físico (altura, envergadura) y conceptual (se encuentra más cerca del objetivo rival: el aro).

Pero su vital función defensiva no se construye únicamente a través de un físico superdotado trabajado hasta el extremo. El concepto defensivo es lo diferencial a la hora de entender la defensa. Porque el arte de la destrucción también necesita de entendimiento. Lo visible hoy en Serge Ibaka, como corrector de primer nivel y contrastado sostén único de un sistema defensivo de élite, dista de lo visto en el propio jugador en su llegada a la Liga. Más tierno e incompleto. De mayor artificio pero menor impacto.

El rol de ancla defensiva, que asume Dwight Howard, sigue siendo esencial (Foto: Garrett Ellwood/Getty).
Dwight Howard, el ancla defensiva no caduca (Foto: Garrett Ellwood/Getty).

El proceso de aprendizaje defensivo transcurre en paralelo con el físico y es lograr conectarlos lo que realmente supone la creación de un stopper de máxima influencia. El stopper interior moderno se ve obligado, además, en numerosas ocasiones a mostrar su poder fuera de su ámbito de comodidad (la pintura). Y es precisamente ése uno de los aspectos diferenciales.

Porque uno entiende fácilmente lo monstruoso en Hibbert, demoledor en su zona de confort. Pero asume la ventaja que dota a un sistema la capacidad de Noah para resultar dañino también a seis metros del aro. Sabiendo el peso del bloqueo directo en baloncesto, disponer de un hombre alto que sea capaz de soportar emparejamientos con exteriores del rival es algo esencial. Y cada vez en mayor medida.

En Noah, como en Marc Gasol, se hace valer la inteligencia defensiva acompañada de la suficiente lateralidad como para aguantar esos desequilibrios. El stopper interior moderno no es sólo un arma cerca del aro sino que en buena medida debe llevar su relevancia más allá de él, para influenciar toda situación posible del ataque rival.

Esa necesidad de conceptos en la defensa desmiente el hecho de que el stopper interior que alcanza dominio sea únicamente un trozo de carne. Porque precisamente aquel que no llegue a aprender cómo se defiende de forma óptima, tanto a nivel individual como involucrado en un sistema colectivo, jamás llegará a stopper, ancla defensiva de un sistema de élite.

De no lograrlo jamás pasará de enforcer.

La vitamina física, lo moderadamente cercano al game-changer (abordado en la segunda parte de la trilogía), halla el papel de aquel jugador de impacto secundario que sin embargo es necesario. Un enforcer no se encuentra en condiciones de alterar una ofensiva rival a tiempo completo, pero sí ejerce influencia sobre ella en determinados tramos.

La cualidad más visible de este perfil es su grado de impacto físico en el juego. Adora el contacto por encima de todo y toda batalla es no sólo aceptada sino buscada. Se aprecia en jugadores como Steven Adams, aún sin alcanzar cotas de corrector al más alto nivel, todo el elemento energético que identifica ese rol.

Por encima de toda aptitud física o técnica se eleva la actitud. Y en un juego de acción permanente (suceden muchas cosas y prácticamente todas importan), esa actitud bien aplicada (de forma inteligente) sigue siendo un factor que condiciona el juego. Los inicios de Varejao, el estreno de Mason Plumlee o el Andersen visto en Miami representan un rol importante a la hora de competir. Y la demostración de que todo papel, más allá de su brillo público, puede hallar sentido y valor en un sistema colectivo.

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Al final de todo lo visible en el pívot, al igual que en el caso del base o el alero, lo más fascinante es justamente lo invisible. No lo existente sino lo sugerente. Porque el juego actual muestra multitud de detalles pero es la proyección de éstos la que verdaderamente dispara la imaginación hacia lo que puede ser el baloncesto del futuro. Y preguntarse por qué el motivo principal para tratar de entenderlo.

El pívot, como factor elemental del juego, ha encontrado caminos para llevar más allá de lo clásico su influencia. Ha cambiado su sentido e incluso su zona de acción. Mantiene la esencia de lo que alguna vez fue, aquella que deja espacio a que nuevamente la genética recupere algún trazo de lo monstruoso y forme un nuevo tributo al diferente. Pero mientras tanto el objetivo de su acción no deja de evolucionar hacia otros parajes. Ni peores ni mejores, simplemente diferentes.

Podría llegar a pensarse que el interior, como concepto clásico e inmóvil, ha desaparecido. Manteniendo siempre abierta la opción del reencuentro con su instinto: la tiranización del juego en base a su abrazo a lo imposible.

Podría decirse incluso que el pívot ha muerto.

Y sin embargo lo sugerente es abrir la mente y proclamar ‘Larga vida al pívot’.