Su nacimiento supuso una revolución. Creció como paradigma de vanguardia. Llegó a madurar y acomodarse como elemento diferencial, que enriquecía lo demás. Pero su fase actual exhibe hasta dónde puede llegar la perversión de un factor cuando se le niega todo límite.

El tiro de tres camina firme hacia esclavizar al juego. Y la única vía posible para impedirlo pasa, cada vez con más premura, por alterar las dimensiones de la pista. El juego, como producto de la interacción de cualidades físicas, técnicas y tácticas, ha evolucionado de tal forma que el rectángulo no es ya un canal de expresión.

Sino una jaula.

En Estados Unidos se alcanza esta temporada el registro cumbre histórico de intentos de triple con relación al volumen total de tiros. Y más que un dato lo anterior es ya un mensaje, una nueva revelación de una tendencia imparable que condiciona el juego hasta el extremo. Incluso hasta apropiarse de él.

Porque en realidad así es.

Este curso, de media un 26.8% de los tiros de campo que intentan los equipos son de tres puntos. Existiendo además un caso, y muy marcado, que sirve como ejemplo al resto. Como faro que alumbra el camino. Y es que el 40% (de triples sobre el total de lanzamientos) que se ve en Houston, el mayor ejemplo mundial de sabermetrics aplicado a la élite competitiva, marca la pauta.

De la consideración del diseño ofensivo como una tabla numérica, un conjunto de ecuaciones a través de las cuales elevar al infinito la productividad, beben todos. Creyentes y agnósticos. Y a día de hoy ya sin excepción.

En realidad no representa un fenómeno nuevo el uso del análisis avanzado de estadísticas con el fin de incrementar el rendimiento, tanto individual como colectivo. Pero sí emerge ahora la fiebre por esta herramienta de un modo caníbal. A mayor profesionalización, más detalle. Su aplicación es efectiva y así el presente corre ansioso hacia el futuro.

Hace veinte años (1995) en la mejor liga del planeta únicamente el 18.8% de los lanzamientos de campo eran de tres. Diez años más tarde (2005) el ascenso era tibio, alejado de lo excepcional (19.6%). Pero desde entonces la curva ha acelerado de forma insaciable.

Y es que echando la vista atrás apenas cuatro temporadas el punto medio alcanzaba ya el 22.2%. De ahí cada curso se ha elevado con fuerza hasta el registro actual (26.8%), que a su vez apunta a ser circunstancial. Es decir, superado igualmente la temporada que viene.

Fuente: NBAStats
Top 10 volumen triples. Fuente: NBAStats

El triple se ha convertido en una medicina esencial. Por un lado proyecta el valor del punto extra, hoy día reducido a la mínima expresión de dificultad con cada vez más jugadores de rangos infinitos y mecánicas vertiginosas. Y por el otro actúa como factor de descongestión, contribuyendo a una mejora en el espacio ofensivo colectivo, punto elemental del juego.

Con la cancha cada vez más ridícula ante el despliegue físico del jugador moderno, que no deja de evolucionar (perfiles cada vez más altos, fuertes y móviles), el juego se ha convertido -y lo que queda- en una fórmula de productividad que elimina cualquier otro factor que aumente el riesgo.

Así por ejemplo la media distancia, uno de los detalles más sangrantes, queda reducida a la mínima expresión para la ejecución (el lanzamiento), como medida lógica ante una influencia defensiva cada vez más poderosa en ese área. No hay suficiente tiempo ni espacio dentro, por tanto se busca respirar fuera.

Todo se estudia. Absolutamente todo. Y si se concluye, como así es, que la media distancia es la zona menos eficiente para anotar, se opta por borrarla de mapa. En algunos casos incluso literalmente. Todo se somete al escrupuloso juicio analítico de la máquina.

Ante tal escenario, la adaptación al medio de cualquier sistema ofensivo es muy evidente. El tiro de tres se ha convertido en la vía primaria a la hora de generar espacios ante cualquier sistema defensivo de élite. Ser capaz de aprovechar el ancho de la pista (las esquinas) ha pasado a ser factor diferencial, ya que el propósito es obligar a la defensa a cubrir todo el espacio físico posible. Pura supervivencia.

La situación presenta un horizonte complejo en Estados Unidos. Pero igualmente destacable resulta su versión al otro lado del Atlántico. Y es que en España, por ejemplo, la competición doméstica teóricamente de mayor influencia del continente, el peso del tiro de tres es aún más pronunciado. Y su efecto por tanto más visible.

A día de hoy en la Liga Endesa un 37.4% de los lanzamientos de campo de los equipos son de tres puntos. Un volumen más de diez puntos superior al de Estados Unidos. De hecho cualquier franquicia NBA, a excepción de Houston, presenta un volumen inferior a todos los conjuntos españoles. En otras palabras, el que menos volumen de triples intenta aquí (FC Barcelona, 34% del total) sería el segundo que más intentaría allí.

¿Por qué?

Hay dos elementos que convierten el problema del espacio ofensivo en Estados Unidos en un drama en su versión FIBA. Dos por tanto que promueven el abuso del triple.

Uno es la consideración de los tres segundos defensivos, que aumenta el espacio interior a un lado del Atlántico… y lo reduce en el otro. Esto se traduce en una mayor acumulación de cuerpos en FIBA, más posibilidad de ayudas defensivas y, por tanto, menor posibilidad de pasillos interiores, tanto para circular el balón como para botar. El espacio físico aparente es el mismo, el práctico no.

Y el otro es el ritmo. A medida que más rápido se juegue, más posibilidades de evitar ataques posicionales existen. ¿Qué supone esto? Espacios. ¿Y a qué conducen los espacios? Al aumento de la baraja de posibilidades. Más allá del factor contraataque, alterado por la existencia de la llamada ‘falta táctica’, un atentado al dinamismo del juego, el número de posesiones finalizadas en el primer tramo de posesión es una vía potencial de desahogo. Porque en estático la salida tiende por defecto hacia fuera. Hacia el único contexto respirable: el triple.

Fuente: BaloncestoStats.com
Fuente: BaloncestoStats.com

En Europa tiende a haber menos espacios y jugarse más lento. Y de la combinación, sazonada con el hecho de que buscar la productividad es un elemento común en cualquier competición profesional, sólo puede emerger la necesidad de proyectar aún más el tiro de tres. Única fuente de oxígeno.

Bordeando el hecho de que, ya hoy, dos de cada cinco tiros que se ven en un encuentro FIBA son triples, se plantean dos opciones. Una, esperar a que la proporción se vaya igualando cada vez más. Ver, en definitiva, cómo el juego se convierte en una sucesión de triples. La otra, afrontar que el problema espacial de Estados Unidos es aún más considerable en FIBA.

Y tratarlo.

Normativa y cancha, esencialmente en lo referente al ancho, deben amoldarse al juego moderno. Resulta llamativo cómo el tiro de tres, que surge como un método que oxigena el juego, ha pasado años después a estrangularlo. Ahora mismo de hecho ejerce como verdugo de la imprevisibilidad, al amparo de una herramienta –la estadística- que incide en su valor y de un soporte –la cancha- que aún no se ha atrevido a acabar con el sometimiento.

Como consecuencia el juego no respira, no fluye. La época con más superdotados de la historia sobrevive caminando hacia la automatización absoluta. En cierto modo suena el triple con tanto estruendo que ha silenciado incluso al propio baloncesto.

Conviene ir ya pensando en el rescate.

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