Hay equipos que parecen adorar la condición de underdog. Quizás por todo lo que significa revertirla. Son equipos que asumen hirviendo el desamparo, el desprecio del pronóstico, la carrera en desventaja. Equipos casi cegados, que no desfallecen. Que se agarran el alma y la entregan a plena luz. Equipos para los que la gloria parece tener sólo un camino: el que parte desde las sombras. Que si no, no es gloria.

Hay equipos que entendieron la moraleja de la caída, que la toman como estímulo, como el preámbulo a levantarse. Sin histerias. Equipos cuya identidad no la enardece una bandera sino una comunidad entregada a una causa, la formen quienes la formen. Equipos orgullosos, que arrastran a los suyos por actos de fe. Pero no de esa fe que apunta al cielo sino de aquella otra que señala al suelo, al ejemplo de esfuerzo y pasión que colma más que nada al que acompaña. Por eso hay aficionados que creen tanto y tan fuerte que acaban siendo su equipo. Y así hay equipos que irremediablemente acaban convirtiéndose en sus aficionados.

Bien sirve este Baskonia como ejemplo.

Espera Berlín, sede de la quinta Final Four de la historia del club. Pero no como una cita más. Pocas veces el corazón anheló tanto la revolución. A principios de curso Baskonia parecía un cuadro inacabado, pero ha terminado convirtiéndose en un estado anímico, una moral desatada que inundó el continente. Y no hay mayor reclamo que esa evolución para su carácter, permanentemente encendido.

Ha resultado llamativo el modo en el que Velimir Perasovic, con devoción por el orden, ha acabado dibujando una hipnótica propuesta de caos. Como si todo lo que incita a conservar la pizarra hubiese cedido a un deseo oculto por el vértigo. Porque su Baskonia ha derivado en una obra abrazada al ritmo.

No existe mejor paradoja en su grupo que el binomio que representan Ioannis Bourousis y Darius Adams. Porque donde uno ejerce como pilar, como elemento que siempre está y sostiene la estructura llueva o nieve, el otro aparece intermitente y predispuesto a lo contrario, a pulsar ajeno a contextos el botón de detonación, a reventar escenarios de partido desde un prisma individual y ejecutor.

Bourousis ha devuelto el Point-Center a su máxima expresión. Porque ya sea en poste alto o bajo, de cara o espalda el aro, es su labor creativa la que pone a funcionar la turbina. El griego manda en ambos lados y señala el camino. Se ha sabido líder y ha disparado su producción sobre todo en lo más invisible, a la vez lo más crucial: tomar buenas decisiones. Saber qué hacer, cómo y cuándo, quizás la mejor de entre todas las virtudes. Él es el base en pista de un equipo cuyos unos poseen otras funciones. Justamente porque es Bou aquel que las permite.

Foto: Euroliga
Foto: Euroliga

Ejerce como termómetro colectivo. Por eso no sorprende que sea su presencia o ausencia la que más condiciona el rendimiento. El +12 de diferencia (por 100 posesiones) que tiene Baskonia según el griego esté o no en cancha representa la tercera mayor influencia de un interior que compita en la Final Four, no lejos de Kyle Hines y Ekpe Udoh, también oscuramente decisivos en sus equipos.

Diferente es el caso de Adams, que vive agarrado al riesgo y además parece disfrutarlo. Letal en el tiro de tres después de bote, el arma individual más temida del baloncesto actual, usa su explosividad para castigar por sí solo. No necesita estar conectado al resto y ahí reside su gran peligro. El estadounidense es una chispa siempre al borde del incendio, un verso suelto que representa, mejor que nadie, cómo este Baskonia produce de modos diversos. Porque si bien uno nace a partir de la rutina de sistema que activa Bourousis, el otro viene marcado por la acción individual o, en otras palabras, sistemas cortos que potencian virtudes del talento de perímetro.

Así, que sólo una de cada dos canastas de Baskonia lleguen tras asistencia, el menor volumen de toda la Euroliga, no es tanto un defecto como una columna del plan. El ataque vertical, maximizar el daño de los bloqueos y cortes sencillos en lado débil, es decisivo en el cuadro vasco. Mucho más que largas secuencias de circulación.

A partir de ese particular equilibrio, del sentido común y la madurez colectiva de Bourousis unida a ese permanente funámbulo en el que habita tan cómodo Adams, se enciende el Baskonia. Son el Jekyll y Hyde de la estructura, los dos puntos diferenciales -incluso siendo tan distintos- de lo que sucede en pista. Pero no están solos, detrás hay mucho más.

Al mayor ritmo de juego de toda la Euroliga (76 posesiones por partido) se le entiende sobre todo desde la involucración defensiva. De lo ubicuo en Adam Hanga a la actitud de Kim Tillie, de las piernas de Mike James a la fuerza de Darko Planinic. Desde ahí se construye todo. Baskonia sostiene el mejor dato europeo (48.3%) rebajando los porcentajes de tiros de campo efectivo del rival (aquel que computa valores en tiros de dos y triples), justo por delante del que será su adversario en Alemania, el Fenerbahçe de Zeljko Obradovic.

Resulta crucial, en ese rendimiento, toda actividad de los aleros. Porque son ellos, especialmente Hanga y Jaka Blazic, los que corrigen posibles desequilibrios y suplen la ausencia de un gran intimidador en la pintura. Lo atlético en las alas, el deseo por defender, tapa agujeros en una estructura donde las ayudas son constantes cerca y lejos del aro. Pero ese factor atlético sirve, al mismo tiempo, como vitamina para el mayor objetivo de todos: la transición.

Baskonia disfruta corriendo porque sus jugadores son adictos a lo dinámico. Basta un ancla como Bou para desatar la tormenta, una que a menudo tiene como resultado la ejecución de perímetro. Y no sólo por perfiles como Davis Bertans, Fabien Causeur o Alberto Corbacho, todos ellos bombas desde el triple, sino porque el plan encuentra en los espacios un pilar fundamental. Si todos amenazan de fuera, existe más amplitud dentro. Y si a la vez el ritmo es elevado las posibilidades se multiplican.

Baskonia ha lanzado de tres el 41% de sus tiros de campo esta temporada en la Euroliga, el mayor volumen de uso de triple de todos los equipos que siguen optando el título. Agarrarse a ese recurso encuentra siempre riesgo, pero ese abrazo a lo imprevisible supone en cierto modo una muestra de qué representa el equipo. Porque así son y así pelearán.

Los vitorianos no llegan como favoritos a la Final Four. Pero no resulta eso nuevo. Tampoco pareció creerse de verdad en ellos en ninguna de las fases anteriores. Eso sí, es justamente esa recurrente consideración de tapados lo que convierte a los de Perasovic en un peligro mayúsculo en ese escenario. Porque su apetito competitivo se nutre esencialmente de dos cosas: la confianza propia y cuánto les subestime el resto.

No necesita más su carácter. No necesita más para preguntarse por qué no podría ser este año.

Su fiebre estará en Berlín. Y un insensato será aquel que se atreva a negarla.

Fuente estadística avanzada: Gigabasket
Vídeo: Baskonia