Si repasáramos menciones sobre Víctor Claver en redes sociales comprobaríamos que su nombre se ha tecleado mucho menos en los últimos meses, justo en proporción inversa a sus méritos. Él solo se ha dedicado a jugar, y lejos, en Rusia, pero de esa manera ha impreso multitud de ejemplares de carteles imaginarios, como aquel póster de la enfermera que pedía silencio, con el dedo índice sobre los labios, en todas las salas de espera de hospitales y ambulatorios españoles.

Claver ha celebrado seis de sus últimos siete cumpleaños (cumple el 30 de agosto) en concentraciones de la selección española antes de la disputa de un gran torneo. Apareció por vez primera entre los doce elegidos en el Europeo de Polonia de 2009, y desde ahí hasta el último Eurobasket de 2015 no se ha perdido ningún campeonato importante. El jugador valenciano suma tres oros y un bronce europeo, además de la plata olímpica de Londres 2012. Todo ello después de 120 partidos internacionales. Forma parte de la lista de 40 jugadores que han superado la centena de encuentros con la selección y, por ejemplo, ya ha superado a nombres como José Luis Llorente, Carmelo Cabrera o Juan Manuel López Iturriaga.  El retrato que hubiésemos obtenido de Claver cada uno de esos 30 de agosto en función de los análisis y de esa corriente tópica, la que realimenta en ida y vuelta a los aficionados en función de lo que ven, leen y escuchan, estaría representado en un lienzo como un esfumato. El esfumato es una técnica pictórica al óleo que consiste en dar a los objetos contornos vagos, difuminados y borrosos. Tanto se le han lavado los contornos, tanto se ha cebado con él la opinión pública que sorprende el vacío sepulcral, el silencio disuelto que desde septiembre ha rodeado la figura del alero valenciano. La técnica del esfumato comenzó a usarse en el Renacimiento, un buen concepto para explicar lo injustificado y para excusar a las mayorías, a la gran coalición.

El partido de cuartos de final ante Grecia recompuso contornos, trazos y rasgos en un cuadro que se volvió colorista para muchos de repente, al estilo de las fotos que recuperaban cuerpos en Regreso al Futuro. Cuando Sergio Scariolo ordenó salir a pista a Claver para defender a Giannis Antetokounmpo, el nuevo héroe heleno ya había acumulado siete puntos y nueve rebotes, con buena parte del segundo cuarto todavía por jugar. El valenciano consiguió que no volviera a anotar hasta el tercer cuarto. Desde la defensa y en el puesto de alero, se puso sobre la mesa de una gran cita como el Eurobasket parte de lo que podía ser capaz de hacer Claver en una pista de baloncesto, y que ahora está demostrando con notas altas en su excelente temporada en el Lokomotiv Kuban.

A Víctor Claver lo hemos medido y equiparado con sistemas métricos excepcionales que muy pocas veces se van a volver a repetir, compañeros de generación o selección. Una parte de la niebla del esfumato de Claver se ha generado desde este punto de partida. Que un jugador español fiche por una franquicia de la NBA no nos parece destacable y solo consideramos su relevancia si es All Star o se le acerca; no contemplamos que un jugador español pueda ser un 8º, un 9º o un 10º jugador de la rotación de un equipo de la NBA, aunque todos los tienen. Solo queremos Moët Chandon o Louis Roederer, despreciando cada vaso de sidra o las cañas de terraza, vistiéndonos de Josemi Rodríguez Sieiro para aceptar en la crítica únicamente lo distintivo, lo extraordinario, lo protocolar y gourmet.

En Valencia ya hace unos años apareció un jugador con cualidades sobresalientes y que además por sus características parecía señalado para ocupar un puesto que en la selección había quedado huérfano desde la retirada de Carlos Jiménez. De Jiménez a Jiménez, en este caso Andrés. Fue con Carlos cuando reapareció ese jugador alto, equilibrante, defensivo y con buena mano desde fuera que por su versatilidad en los puestos de 3 y 4 podía crear muchos problemas a las defensas rivales. En ese contexto histórico hay que situar las expectativas que creó Claver cuando comenzó a destacar en el equipo levantino. Alrededor de la Fonteta se generó una atmósfera de clima cálido y viento favorable a medida que Claver fue ganando importancia dentro del equipo.

Explicaba hace unos días Antonio Banderas en El Hormiguero que una de las diferencias entre España y Estados Unidos era que aquí los jóvenes aspiraban a ser funcionarios y allí emprendedores: “Se hace país con gente que se la juega”, dijo. Lo mejor que ha tenido Claver a lo largo de su carrera es que ha sabido jugársela y arriesgar para no conformarse con ser un funcionario, que es precisamente lo que muchos le han reprochado. No le importó marcharse a la NBA renunciando a mejores contratos en Europa, buscando un sueño y una carrera sin definir. Sus oportunidades fueron escasas pero en los últimos meses se demuestra que aquella etapa de sacrificio y aprendizaje no fue ni mucho menos desaprovechada. Tampoco en su regreso quiso acomodar su espíritu competitivo y priorizó jugar Euroliga. En Kuban ha encontrado un equipo sin miedo a lanzarse al vacío que le ofrece un papel y una misión protagonista. En ningún museo de Kuban llegaron a exponerse los retratos en esfumato de Víctor Claver y eso ha permitido contemplar su verdadero rostro: a día de hoy sólo once jugadores valoran más que él por partido en la mejor competición del baloncesto FIBA por equipos. Por detrás apellidos del caché de Rodríguez, Tomic, Printezis o Saric. El próximo 30 de agosto celebrará su cumpleaños muy posiblemente de vacaciones, aunque antes habrá formado parte de los doce elegidos por Sergio Scariolo para disputar los Juegos Olímpicos de Río sin nadie que pueda poner un pero a su convocatoria.