Cuando tenía 18 años, Igor Kokoskov era una joven promesa del baloncesto europeo. Había crecido en Belgrado, donde su padre era técnico de rayos X en un hospital y su madre era trabajadora del gobierno en el área de economía. Su ídolo era Drazen Petrovic, quien dominaba Europa antes de marcharse a Estados Unidos.

Entonces, como un presagio de lo que iba a sucederle a su ídolo después, Kokoskov sufrió un accidente de coche. Conducía por una carretera de doble sentido cuando un coche que venía de frente se metió en su carril y chocaron frontalmente. El golpe estuvo cerca de costarle la vida.

Los doctores no sabían si iban a ser capaces de salvar su pie izquierdo, destrozado desde el tobillo. Once operaciones después recibió la buena noticia de que volvería a andar con normalidad. La mala era que su carrera como jugador había terminado.

«Mi tobillo estaba completamente destrozado. En ese punto entendí que mi cuerpo nunca podría lidiar con los retos de ser un deportista profesional,» explicaba Kokoskov hace unos años en su presentación como entrenador en Phoenix. «Me sentía fatal. Tenía 18 años y no iba a poder a volver a jugar al baloncesto al mismo nivel. Pero entonces me di cuenta de que podría haber sido mucho peor. Empecé a valorar lo que tenía a los 18 años. Y sabía que tenía que seguir con el baloncesto. El baloncesto es mi vida.» 

Como no podía jugar, se dedicó a entrenar. A los 24 años se convirtió en el entrenador más joven de la historia de Yugoslavia al dirigir al OKK Beograd. Pero sus inquietudes eran muy fuertes, y siempre había sentido un fuerte interés por el baloncesto estadounidense. Con la idea de mejorar como entrenador, Kokoskov renunció a su trabajo y se marchó a Connecticut, donde conectó con los entrenadores Geno Audiemma y Jim Calhoun. Después hizo una pequeña gira por Illinois, DePaul y Northwestern, antes de regresar durante una temporada a Belgrado. Lo que había visto en Estados Unidos le había maravillado, pero necesitaba más. Quería trabajar y aprender con el mejor.

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El siguiente año lo pasó en la Universidad de Duke, tomando nota de todo lo que hacía el cuerpo técnico de Coach K. Participaba en todas las reuniones y entrenamientos, aunque no tuvo oficialmente el título de entrenador asistente. Allí entabló amistad con Quin Snyder. Cuando este fue nombrado entrenador de la Universidad de Missouri, llamó a Kokoskov y se convirtió en el primer asistente europeo de la historia de la NCAA. Un año después, acudiendo a la llamada de Alvin Gentry en los Clippers, repetía de nuevo como primer entrenador asistente europeo de la historia. Era el año 2000.

En ese momento comenzaba una larga carrera como asistente en los banquillos de seis franquicias diferentes, donde ocupó puestos como asistente durante los siguientes 18 años. Trabajó con Larry Brown, ganando un anillo con Detroit. Gentry se lo volvió a llevar después, esta vez a Phoenix. Más adelante llegaría a Cleveland de la mano de Mike Brown, a los Orlando Magic con Jacque Vaughn, y a los Utah Jazz reuniéndose de nuevo con Quin Snyder. Mientras tanto, durante todos esos años fue también nombrado seleccionador nacional de Georgia entre 2008 y 2015, y de Eslovenia en 2016 y 2017, selección con la que ganó el Eurobasket de 2017. Anteriormente había sido asistente de Serbia y Monentenegro en 2004 y 2005, entablando ahí una relación con Zeljko Obradovic. Durante muchos años, cuando Obradovic buscaba opiniones sobre algún jugador estadounidense al que podían fichar, Kokoskov era una de sus fuentes de referencia.

Al año siguiente, en 2018, le llegaría su primera oportunidad como entrenador jefe en Estados Unidos (de nuevo, el primer europeo en lograrlo). Sería en Phoenix, franquicia en un momento convulso en la que solo duró un año. Tras ser despedido regresó a la faceta de asistente, en esta ocasión con Sacramento al mando de Luke Walton, mientras era nombrado seleccionador de Serbia. 

Ahora, 30 años después de aquel accidente que acabó con su carrera como jugador y casi le cuesta mucho más, Igor Kokoskov toma las riendas de uno de los grandes clubes de Europa como es el Fenerbahçe.

«¿Qué hubiera pasado si con 18 años no hubiera podido volver a andar?,» decía Kokoskov en Phoenix. «No habría sido capaz de ser entrenador. No estaría aquí ahora mismo. Por eso lo recuerdo como algo feliz. Fue una bendición.»