El pasado verano Chet Holmgren se convirtió en viral, como tanto nos gusta decir ahora. El joven nacido en Minneapolis se ha convertido en uno de los jugadores más codiciados para las universidades estadounidenses, pero eso llegó después de lo que hizo en agosto: dejar «sentado» a Stephen Curry con su propio movimiento.

Era el primer día del SC30 camp 2019, el campus de verano de Stephen Curry. Después de haber hecho ejercicios individuales durante toda la mañana, los entrenadores premiaron a los jugadores con una pequeña pachanga, en la que compartirían pista ni más ni menos que con el mismo Steph. Y Chet decidió emparejarse con él.

La primera acción le fue bien. Curry cortó hacia canasta e intentó una bandeja que fue taponada por Holmgren. En la siguiente ocasión, Steph no tuvo piedad. La estrella le aisló y le metió un triple tras step-back desde una distancia poco aconsejable para cualquier otro mortal. Pero fue la tercera acción entre los dos la que se convirtió en viral.

La gracia está en que, además de ser un jugador de instituto aún, Chet Holmgren mide siete pies, dos metros con trece centímetros. Y dada su altura es aún más incomprensible que fuese capaz de hacer lo que hizo.

Pero lo de Chet Holmgren parece que no se va a quedar solo en un highlight de verano. Antes de la temporada pasada, Chet solo tenía dos ofertas de beca y tan solo aparecía en una web de scouting.

En estos momentos, solo unos meses después, ha pasado a ser el pívot más codiciado de su generación y el cuarto en el ranking global. Y aunque su mayor punto fuerte salta a la vista, su altura, hay otro elemento que recibe gran consideración a la hora de valorarlo: su ética de trabajo.

El mismo Chet Holmgren lo dice: él no nació con un talento innato. Todo lo que ha mejorado lo ha logrado con mucho esfuerzo y sudor. En sus primeros años de instituto apenas jugaba, y pasaba desapercibido porque al principio cuando llegó al instituto de Minnehaha «solo» medía 1’88. Pero si algo tiene jugar poco y pasar desapercibido es que tienes tiempo para otras cosas. En su caso, para mejorar su juego.

Parte de su primera temporada se la pasó recuperándose de una fractura en su muñeca derecha, la de su mano lanzadora. Durante ese tiempo, Chet aprovechó para aumentar su rango de lanzamiento, algo en lo que continuó trabajando durante los siguientes años. Quería tener un lanzamiento de tres puntos respetable y saber botar como un base. En dos años había crecido hasta alcanzar los siete pies y empezó a ver sus primeros minutos con asiduidad, casi siempre como especialista defensivo y con ocas oportunidades en ataque.

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«La gente piensa que es importante anotar 45 puntos por partido en el instituto, pero no lo es», explicaba Chet Holmgren en una entrevista con Bleacher Report. «Aprender a jugar a baloncesto, eso es lo importante aunque pueda parecer evidente. Yo aprendí los fundamentos. Era solo un proyecto, pero la gente estuvo dispuesta a invertir su tiempo en mí. Convirtieron un montón de ladrillos en una casa. Yo ni siquiera era un montón de ladrillos – yo era solo el material del que están hechos esos ladrillos». 

Ahora este muchacho de Minnesota tiene becas sobre la mesa de Gonzaga, Purdue, Texas, Texas A&M, Arkansas y la misma Universidad de Minnesota. Y hay quien ve en Chet Holmgren al próximo proyecto de unicornio.