Vivimos tiempos de incertidumbre para las competiciones deportivas, y la NCAA, en sus diferentes ramas deportivas, no es una excepción. En el caso del baloncesto, hay que seguir muy de cerca las decisiones que toman en el football americano, pues pueden marcar el camino a seguir.

Aunque la NCAA puede actuar como un organismo único, lo cierto es que lo que hace es agrupar a las diferentes conferencias de universidades, que actúan a su vez como organismos independientes y que pueden decidir si se juega o no. Es lo que está sucediendo con el football. El pasado 11 de agosto, las conferencias Pac-12 y Big 10 cancelaron todas sus competiciones de otoño, incluyendo el football, con la intención de que se jueguen en primavera si la situación es más favorable. Esto ha sentado un precedente, aunque otras conferencias en zonas menos afectadas por el virus planean seguir adelante.

Mientras la temporada NCAA en el football se resquebraja, el baloncesto mira de reojo. Aunque se considere un deporte de primavera porque es cuando se disputa el NCAA Tournament, habitualmente las universidades comienzan a reunir a sus jugadores en septiembre y octubre, y la competición suele arrancar en noviembre. Aunque aún hay algo de tiempo por delante, se está llegando a un momento crucial a la hora de decidir qué se va a hacer.

La NCAA no suele ser una organización conocida por sus ideas modernas, y el hecho de que los jugadores aún no cobren por jugar empeora especialmente esta situación, ya que no se les puede considerar como «trabajadores» y no tienen incentivo económico para participar. Pero dentro de sus maneras arcaicas, sorprende que Mark Emmert, el presidente de la NCAA, dijera hace unos días que las burbujas sean probablemente el camino a seguir. 

El pasado mes de marzo, justo cuando comenzaban los torneos de conferencia, la NCAA tomó la decisión de cancelar su torneo de baloncesto debido a la expansión de la pandemia. El impacto económico fue enorme. La organización ingresó alrededor de 270 millones de dólares del seguro por la cancelación del torneo, cuando sus ingresos habitualmente superan los mil millones de dólares en derechos televisivos. Perder un segundo torneo sería casi catastrófico para la NCAA.

Todos podemos ver los datos, y no hay garantía alguna de que las condiciones en Estados Unidos sean mejores durante los meses en los que se suele disputar la temporada de baloncesto universitario. Así que, tras el éxito que se está teniendo con la burbuja en el baloncesto profesional, la NCAA ha tomado nota. Cada conferencia podría organizar su propia burbuja durante tres o cuatro semanas, con sus equipos jugando 10 o 12 partidos. También podría hacerse otra competición aislada con equipos de diferentes conferencias y, por último, una burbuja final para el NCAA Tournament.

No sería lo ideal, pero sería una solución para salvar el año. Habría mucho que cambiar y que planificar, como por ejemplo reducir el número de equipos de 64 a 32 en el March Madness para que sea viable hacerlo en solo dos lugares, pero la NCAA necesita salvar la temporada de baloncesto de una manera u otra. Y, mientras mira de reojo a lo que hace el football, la burbuja parece ser el camino a seguir.