Con motivo de los 20 años del hito de los Júniors de Oro, La Editorial DQ publica un libro que recoge la génesis de la generación del baloncesto español que conquistó el Eurobasket y el Mundial en las categorías júnior y sénior, escrito por el periodista Álvaro Paricio y que ya está a la venta.

Para ir abriendo boca, la editorial ha querido compartir un capítulo extra íntegro que aquí puedes leer:

EL LEGADO DE LOS JÚNIORS DE ORO

La visión del baloncesto como un mero entretenimiento deportivo en ocasiones se queda corta, y el deporte transciende la esfera en la que fue concebido para convertirse en algo más que ni tiene nombre ni fácil descripción, pero que en esencia da sentido a muchas personas y muchas vidas. Es por ello por lo que esta generación tuvo el privilegio y la responsabilidad de traspasar el deporte para ser un referente social. En ella muchos se vieron reflejados, empatizaron con su forma de ser y sintieron como propias sus hazañas y decepciones. Esa capacidad de significar tanto en tantas otras personas, o esa destreza para hacer de su pasión la de otros y que el baloncesto adquiriera un mayor sentido para varias generaciones de españoles, fueron otras dos grandes gestas de este grupo de jugadores… quizá las que menos se reconocen en primera instancia, aunque posiblemente son las que dejan mejor poso en la conciencia colectiva.

Por todo ello, todas y cada una de sus medallas no solo contienen el oro, plata y bronce con las que fueron fundidas, sino que albergan en su interior algo más precioso y, como dijo Humphrey Bogart en El halcón maltes, contienen el material con el que se fabrican los sueños. Fantasías de unos niños que crecieron sin miedos, sin prejuicios heredados de una historia perdedora o complejos. La inferioridad física la contrarrestaron con habilidad y los corsés emocionales los rasgaron con el descaro del que no tiene memoria histórica que lastre sus anhelos. Y así, y solo así, se convirtieron en hombres que alcanzaron sus más íntimos deseos.

Más allá de todo ello, la mayor victoria de esta generación reside en el valor onírico de su propio éxito. Cada uno de los títulos y medallas obtenidos guardaban los sueños de su propia generación y las siguientes en un país que, con los años, siguió peleando por encontrar su identidad, luchó contra los ciclos de la vida y buscó en héroes deportivos los referentes que hicieran olvidar y sustituyeran los desastres humanos que les representaron en cada una de las dimensiones sociales de la realidad. Sus triunfos fueron alimento para el español que cada mañana se levanta para trabajar en fábrica y obra. El mismo que luego se vio sin trabajo ni esperanza de futuro, pero que siguió luchando por reconvertir su vida como hizo Raül López tras las lesiones. También hay en ellos el deseo de la estudiante que solo persigue la oportunidad de investigar en España y no tener que salir del país para encontrar recursos con los que vivir o reconocimientos con los que sonreír. De igual modo que Felipe Reyes creció en España y nunca tuvo la necesidad de emigrar, los estudiantes aspiran a ser campeones en la investigación. Ver a Carlos Cabezas, Berni, Germán o Antonio Bueno dejar de lado el protagonismo individual para poner su talento al servicio del grupo fue un espejo donde reflejar el trabajo en equipo de tantas y tantas personas solidarias que forman la lucha social. Sentir que siempre juntos se tiene más fuerza que por separado y que solo se es completamente feliz cuando la felicidad es compartida, ayudó a reconfortar el espíritu cuando el discurso del ‘yo antes que nadie’ quebraba las mentes por la desazón de la crisis.

Pero hay más. Ser uno mismo sin claudicar ante el escepticismo de terceros y alcanzar las metas que uno se propone no dista mucho del camino que tomó José Manuel Calderón para silenciar las voces críticas que le otorgaban un destino más humilde y recelaban de su confianza. La misma que todo genio tiene y que le hace romper las barreras de lo imaginable y las normas de la ortodoxia. Porque, solo sintiendo la creación como parte del aire que se respira, Juan Carlos Navarro pudo crear un estilo propio e inspirar la imaginación de nuevas generaciones. Y es creer que no hay límites para tus objetivos, que no hay crítica que pueda doblar la fe por triunfar ni muros que no puedan convertirse en peldaños en tu escalera hacia el éxito, lo que alzó a Pau Gasol a la categoría de un icono deportivo mundial y un referente social.

Por separado y de manera individual, o bien como colectivo, esta generación demostró que sus éxitos han sido perennes al paso del tiempo evidenciando una exitosa longevidad casi sin precedentes. Sin embargo, más trascendente que el fondo es la forma. La manera con la que consiguieron sus triunfos les hacen ser ejemplo para una sociedad que hace suyas estas cualidades. Estos jugadores transmitieron actitudes y conductas en positivo que son reflejo de sus pensamientos y valores con los que entender el deporte y la vida. Ellos fueron capaces de extrapolar victorias a sonrisas, retos competitivos a desafíos personales y hacer felices a millones de personas alimentando anhelos propios. Pero, sobre todo ello, el material del auténtico éxito de esta generación es el que configura la esperanza de todo ser humano: esperanza de ser reconocido sin prejuicios por ser diferente, esperanza de volar en libertad sin las cadenas de la incomprensión y esperanza de encontrar su propia medalla de oro ya sea a por medio de un futuro profesional, un modo de vida personal o la sencilla compañía de un ser que le aporte la necesaria complicidad para soportar los avatares diarios de una vida que, como el deporte, siempre tiene partidos que disputar y derrotas que superar.

 

La EXCELENCIA según PAU GASOL

Más difícil que alcanzar el éxito es repetirlo. No importa el ámbito en que uno se mueva, siempre es así. Quizá por ello la excelencia solo está al alcance de unos privilegiados que viven constantemente sabiendo lo que es el triunfo… aunque no necesariamente se obtenga siempre. Se trata de competir al máximo nivel estableciendo como norma ser mejor que el resto de los competidores.

Desde 1998, esta generación se acostumbró a pisar un terreno a veces inhóspito y muy poco transitado en la historia del baloncesto nacional. Hasta 2001, la selección española había cosechado cuatro medallas en Eurobasket (tres platas y un bronce) y desde ese año hasta 2017 se conquistaron ocho medallas: tres oros, dos platas y tres bronces. En añadido, España logró entre 2001 y 2017 el increíble registro de nueve semifinales seguidas en Eurobasket (a la que añadir la de 1999), algo que solo la URSS superó con un total de 20 semifinales seguidas entre 1951 y su escisión en 1989. Solo una medalla olímpica adornaba el palmarés español, pero desde que llegaron los Júniors de Oro, a la plata de 1984 se sumaron dos platas más y un bronce. Además, España es una de las cinco selecciones que ha sido capaz de conseguir tres medallas en Juegos Olímpicos consecutivos. Solo Estados Unidos, URRS, Yugoslavia y Lituania comparten privilegio. Y, por último, y más importante, España fue Campeona del Mundo en 2006. Quizá el sueño más inimaginable, la cota más alta jamás escalada y, seguramente, el lugar donde este grupo de jugadores alcanzó la eternidad.

Globalmente, el impacto que tuvo esta generación fue impresionante y se ejemplifica señalando que, en los 17 campeonatos que disputó España desde 2001 hasta 2017, logró subirse al podio en 12 ocasiones (70,5 %). “Fue una gran generación, con un jugador increíble como Pau Gasol que fue capaz de marcar la diferencia y que estaba rodeado de grandes jugadores como Navarro, Calderón, Felipe… Se nota que conectaron muy bien porque jugaban los unos para los otros fantásticamente y eso les hizo especial. Además, el núcleo duro jugó año tras año y eso les hizo ser mejores”, asegura un Tony Parker que entre risas declara que “sin España ahora tendría 10 medallas de oro”.

Con cuatro oros, cuatro platas y cuatro bronces, España puede presumir de ser la selección que más medallas ha obtenido en las principales competiciones internacionales durante este período de tiempo. Lanzado ya el titular, este debe ser matizado e indicar que el honor lo comparte con la Generación Dorada de Argentina, que también sumó 12 medallas (tres oros, seis platas y tres bronces), superando ambas a Estados Unidos, que conquistó 10 medallas (ocho oros y dos bronces). En cualquier caso, este dato deber llevar adjunto un asterisco, puesto que Argentina logró nueve medallas en el torneo FIBA Américas, un torneo donde en varias ocasiones Estados Unidos no participó porque este daba acceso a Juegos Olímpicos o Mundial donde ya estaba clasificada por ser la campeona. Entre los equipos europeos, la superioridad española gana por aplastamiento ya que tras sus 12 medallas se sitúa Serbia (incluyendo su denominación previa de Yugoslavia), con seis medallas, y con cinco se encuentran empatadas Francia y Lituania. Contando solo el Eurobasket, España sumó ocho medallas frente a las cuatro de Lituania y Francia; mientras que fuera del torneo continental España sumó cuatro medallas frente a las tres del combinado serbio.

La excelencia colectiva no es más que la traslación veraniega de lo que sus jugadores fueron recogiendo temporada tras temporada. La hemeroteca se llena con imágenes de los componentes de esta generación levantando trofeos nacionales e internacionales y recogiendo galardones que premian sus hazañas individuales. Antonio Bueno completó su ilusión de ganar la Liga ACB con el Real Madrid en 2005. José Manuel Calderón también ganó con su club de formación y en 2004 conquistó la Copa del Rey con el TAU Cerámica. Un año más tarde lograría ser nombrado para el quinteto ideal de la Liga ACB y en 2007 formó parte del quinteto ideal del Eurobasket. Carlos Cabezas y Berni Rodríguez fueron claves en el crecimiento de Unicaja conquistando en 2001 la Copa Korac, en 2005 la Copa del Rey y, por fin, en 2006 la Liga ACB. Germán Gabriel no corrió tanta suerte como sus compañeros, pero en cambio puede presumir de tener en su palmarés una FIBA Eurocup con Akasvayu Girona (2007) y una liga en Venezuela con Marinos de Anzoátegui en 2014. También ganó una liga internacional Raül López, a quien el deporte le concedió una segunda oportunidad y compensó después de los sinsabores. Fue tras su periplo americano cuando regresó a España y al Real Madrid para ganar la ULEB Cup y la Liga ACB en 2007. Además, fuera de España, levantó la VTB League en 2011 jugando con el Khimki.

Pese a iniciar su carrera levantando la Copa del Rey con Estudiantes en 2000, la inmensa mayoría de títulos que levantó Felipe Reyes fue como capitán del Real Madrid: Euroliga (2015 y 2018), ULEB Cup (2007), Copa Intercontinental (2015), Liga ACB (2005, 2007, 2013, 2015, 2016, 2018 y 2019) Copa del Rey (2012, 2014, 2015, 2016 y 2017) y Supercopa ACB (2012, 2013, 2014 y 2018). A nivel individual, además, fue MVP de la Liga ACB en 2009 y 2015, MVP de la final de la Liga ACB en 2007 y 2013, cuatro veces integrante del quinteto ideal de la Liga ACB (2007, 2008, 2009 y 2015) y uno de la Euroliga (2015).

Juan Carlos Navarro es el jugador en la historia del F.C. Barcelona que más títulos posee y se ha convertido en una leyenda del baloncesto español. En Europa lo ha ganado todo y solo se le ha resistido la medalla de oro olímpica y la NBA. Una historia triunfadora que se resume en la consecución de la Euroliga (2003 y 2010), Copa Korac (1999) Liga ACB (1999, 2001, 2003, 2004, 2009, 2011, 2012 y 2014) Copa del Rey (2001, 2003, 2007, 2010, 2011, 2013 y 2018) y Supercopa ACB (2004, 2009, 2010, 2011, y 2015). Reconocimientos colectivos a los que unir el ser MVP del Eurobasket en 2011, de la Euroliga en 2009 y de la Final Four de la Euroliga en 2010. Además, estuvo presente en el quinteto ideal del Eurobasket en 2005 y 2011 y de la Euroliga en 2006, 2007, 2009, 2010 y 2011. Se retiró siendo líder histórico de la Euroliga en partidos (341), minutos (8.197), puntos (4.152), triples (623) y valoración (3.890). En España fue MVP de la Liga ACB en 2006, de la Final ACB en 2009, 2011 y 2014, MVP de la Supercopa ACB en 2009, 2010 y 2011, y fue seleccionado para el quinteto ideal de la Liga ACB en 2006, 2007, 2009, 2010.

El legado deportivo de esta generación es resultado de una actuación coral, porque igual de imprescindible fue la labor de cohesión y liderazgo de sus entrenadores como el abnegado trabajo de equipo de Berni, Calderón o Felipe Reyes, la magia de Raül, la determinación de Cabezas o el talento inagotable de Navarro. No obstante, es inevitable pensar que todo ello hubiera sido insuficiente para conseguir tamaña longevidad de triunfos sin la presencia de Pau Gasol. Ganar puede ser un hecho puntual producto de la multiplicidad de factores, pero instaurarse en el éxito requiere de un elemento que sobresalga y dé valor añadido a un, ya de por sí, excelente conjunto. Un factor diferencial que, en momentos de igualdad o incluso de inferioridad respecto al oponente, dé un plus de calidad, liderazgo y físico que no pueda ser contrarrestado.

Todo ello se condensó en Pau Gasol. El líder de esta camada de deportistas es, a su vez, quien mejor refleja el valor de la excelencia de ella. “Siempre se fijó retos. Jorge Garbajosa me dijo en una conversación en 2017: ‘Pau se ha mentalizado en ser perfecto y al final lo iba a conseguir’. La verdad es que ha ido consiguiendo todos los retos que se ha marcado y todo empezó en 2001 cuando se convenció de que podía competir con Nowitzki y más tarde con Garnett, Duncan… Tú te vas quedando en algunos retos, pero los jugadores de esta generación han ido venciendo retos gracias a esa motivación y el talento que siempre tuvieron”, dice Lucio Angulo. Y es el propio Garbajosa quien acuñó la frase más definitoria sobre su figura: “Pau nos hizo mejores a todos nosotros». Un jugador puede justificar un triunfo ocasional; solo un ser excepcional puede prolongar el éxito durante tantos años.

Su currículo es abrumador en lo colectivo y en lo individual, aunque el detalle que mejor refleja su excelencia es la longevidad de su trayectoria. Basta comparar su proyección deportiva a la de compañeros de draft de 2001 para reconocer su grandeza. Kwame Brown, número uno del draft, se retiró en la temporada 2012-13 tras una carrera absolutamente decepcionante en la que no llegó a destacar en ningún momento. Tyson Chandler (número dos) ganó un anillo y su persistencia se equipara a la de Pau, aunque los números y notabilidad (una vez All Star) distan mucho de resistir comparación alguna. Tras Pau Gasol salió elegido Eddy Curry, quien fue más conocido por sus problemas extradeportivos que por su relevancia en la pista y se retiró en 2013. Mientras muchos marchitaron sus logros, Pau tuvo la gran virtud de cuidar su desarrollo profesional rindiendo a gran nivel del primer al último día gracias a la comprensión del juego que mostró y que le permitió mutar su piel deportiva y rol sobre la cancha en función de la necesidad. Frente a otras estrellas cuyas carreras quedaron cegadas por el propio ego, Pau Gasol tuvo la suficiente capacidad analítica para entender que lo mejor para el equipo acababa siendo lo mejor para él. Podía salir de un Eurobasket con ínfulas de emperador baloncestístico y meses después enfangarse para lograr una victoria en playoff. Fue líder en Memphis y con la selección española, lugarteniente en Los Ángeles y terminó siendo un soldado raso cuya dignidad profesional fue ensalzada por la liga.

De los 28 compañeros de primera ronda, en la temporada 2015-2016 solo estaban en activo cinco jugadores: Tyson Chandler, Joe Johnson, Richard Jefferson, Zach Randolph y Tony Parker… En febrero, Pau Gasol disputó su sexto All Star (2006, 2009, 2010, 2011, 2015 y 2016). En 2017 terminó su primera temporada con San Antonio Spurs cerrando la liga regular con dos nuevos hitos en su carrera. Se convirtió en el segundo europeo en alcanzar los 20.000 puntos, el mejor triplista de la temporada regular (56 anotados de 104 intentados en 64 partidos) y el que mejor porcentaje tiene en la historia (53,8%) desbancando a Kyle Korver. Por desgracia, este récord no tiene total validez porque la liga marca en 80 triples anotados la cifra mínima para tener en cuenta la estadística. Pese a este matiz, las marcas constatan la extensión de su grandeza pues, en su decimosexta temporada en Estados Unidos (la segunda en la que alcanzó las 60 victorias en liga regular), todavía fue capaz de incluir su nombre en la historia de la NBA. Datos que, en sus palabras, “solo demuestran el tipo de jugador que soy, que he sido y lo duro que he tenido que trabajar hasta poder alcanzar este tipo de marcas”. Este registro le convierte de pleno derecho en el único contendiente legitimo en cuestionar a Dirk Nowitzki el premio del mejor europeo en la NBA, si bien su personalidad crece más allá y, junto a Kareem Abdul-Jabbar, Tim Duncan y Kevin Garnett, es uno de los cuatro jugadores de la historia que han superado los 20.000 puntos, los 10.000 rebotes, las 3.500 asistencias y los 1.500 tapones en la NBA. Un dato si cabe de mayor brillo es el que le incluye junto a Kareem Abdul-Jabbar, Tim Duncan, Hakeem Olajuwon y Shaquille O’Neal como único jugador en lograr al menos 2.000 puntos, 1.000 rebotes, 400 asistencias y 200 tapones en playoffs.

Ser uno de los mejores pívots de la historia en la fase donde se compite por el anillo evidencia una portentosa supervivencia al más alto nivel que le hizo ser en diciembre de 2017 el cuarto jugador más veterano (37 años, cinco meses y 17 días) en conseguir un triple doble. Cumplidos los 38 años y en el crepúsculo competitivo, Pau mantenía su ambición y contaba a Nacho Duque en una entrevista a Marca que “el pasado no te garantiza nada. Eres igual de bueno que tu último partido. La motivación de prolongar una carrera ya excepcional y hacerlo sintiéndote importante en tu equipo es un reto”. En él, cada desafío fue una fuente de inspiración porque nunca le gustó ser normal. “Me gusta ser excepcional”.

De sobra es conocida su trayectoria deportiva, donde ha cosechado casi todo cuanto un deportista puede lograr, pero la auténtica dimensión de su figura le hace traspasar la esfera del deporte para ser icono social de una época. Convertido en referente nacional, ha sido imagen publicitaria de grandes empresas que pelearon por hacer propios los valores de confianza, honestidad y rendimiento que fueron parejos a su nombre y desarrollo profesional. Además, elevó su impacto social a un grado superior cuando fue nombrado embajador de UNICEF y, junto a su hermano Marc, creó una fundación destinada a la población más vulnerable, los niños. Durante años ha extendido el impacto de sus triunfos deportivos a multitud de causas benéficas y su labor humanitaria le ha convertido en una personalidad reconocible a nivel global. Todo ello le valió ser nombrado Premio Princesa de Asturias de los Deportes en 2015, la más reconocida distinción nacional. No fue la primera vez que su nombre se escuchó en el Auditorio Príncipe Felipe, pues en 2006 ya fue reconocida su labor como integrante de la Selección tras la consecución del Mundial de baloncesto. Amado Nervo escribió que «el alma es un vaso que solo se llena con eternidad»; la vida de Pau Gasol se escribe con la eternidad de sus triunfos dentro y fuera del parqué.

 

La CONFIANZA según JOSÉ MANUEL CALDERÓN

“Hablamos antes del partido y dijimos que para que algo suceda lo tienes que creer”, confesó Pau Gasol tras ganar la plata olímpica en 2012. Creer siempre merece la pena. En ocasiones eso te lleva a lugares insospechados; otras veces, simplemente te hace doblar la esquina, pero si crees, siempre, hagas lo que hagas, la confianza que hay en esa creencia te habrá hecho llegar más lejos… ser mejor. Es cierto que esta generación no alcanzó la última frontera, el oro olímpico, pero gracias a su persistencia superó otras barreras y conquistó otras muchas medallas.

Esta no es sino la historia de unos niños que crecieron sin emociones reprimidas ni temores. Por momentos, escuchar las experiencias de otras personas nos hace alzar construcciones imaginarias que no responden a criterios del pensamiento racional y su única utilidad parece ser la de lastrar nuestras expectativas y alejarnos de los objetivos que nos marcamos. De igual modo, hay que alejarse de las voces nocivas que erosionan la seguridad, porque es necesario no pensar en los límites ajenos para volar sin cargas emocionales. No se puede salir a caminar con la mochila llena de piedras como el miedo a lo desconocido, las dudas en las propias posibilidades o un sentimiento de inferioridad. Las personas nacen en libertad de prejuicios y así deben crecer. Este equipo nació virgen de complejos y creyendo que no había muro imposible de escalar. Todos cuantos convivieron con sus integrantes pueden asegurar hasta el último extremo de esta afirmación y, sin duda, la confianza en sus posibilidades fue uno de los grandes elementos identificativos de esta pella de deportistas.

Bajo este paradigma, la confianza inicial se retroalimentó en las primeras concentraciones en Guadalajara y, más tarde, los triunfos en Mannheim y Varna en 1998 fagocitaron el espíritu de un grupo de jugadores que se destapó al mundo un año más tarde jugando al baloncesto con el mismo desparpajo que mostraba al hablar de sus posibilidades. “Si no vamos a por el oro, ¿a qué vamos?”, instó con seguridad Juan Carlos Navarro en un reportaje para la revista Gigantes antes del Mundial Júnior. Tras la grandilocuencia del titular había mucho compromiso, esfuerzo colectivo y talento. “No hay que ir de estrellitas y sí creer en nosotros mismos”, confesó Suly Drame. “Si curramos y no hacemos el tonto, estaremos en los más alto”, añadió Antonio Bueno. Podían ser palabras lanzadas por el ímpetu de la adolescencia, pero, más de ellas, Charly Sainz de Aja confirmaba la seguridad predicada: “A este equipo no le asusta jugar contra nadie”, dijo. El descaro con el que jugaban en la pista era el mismo con el respondían a las preguntas de la prensa y rara vez escatimaron en adjetivos para radiografiar el ánimo y la ambición previa a cada torneo.

El triunfo en los diversos campeonatos fue borrando la prudencia y el tono victimista de los discursos previos. Ese espíritu (incluso con un punto de atrevimiento frente al estatus baloncestístico del momento) contagió a los que ya estaban dentro del combinado español sintiéndose reforzados por la frescura anímica que supuso su aterrizaje a partir del 2000. Carlos Jiménez así lo sentía y en 2003 aseguró que «antes nos faltaba creernos que podíamos estar entre los mejores. Siempre fallábamos en el partido clave”. La generación del 80 provocó que no se mirase con temor a posibles rivales y las sucesivas victorias fueron creando en estos un profundo respeto por el talento español. «A ningún equipo le debe apetecer enfrentarse a España, ninguno querrá jugar contra nosotros porque seguro que piensan que somos un rival difícil de ganar”, contó Pau Gasol en 2003. Competición tras competición, fueron ganándose la admiración de rivales, entrenadores y público en general.

Con algún que otro desengaño deportivo, pero en plena madurez competitiva, la Selección afrontó su gran reto en 2006. Lo hizo sin recelo y con el ánimo de aquellos que habían formado el núcleo duro en 1998. “Si puedo firmar y puedo escribir mi contrato en blanco, firmo el oro”, confesó Berni Rodríguez antes de realizar el viaje más fantástico de su carrera. La hemeroteca de entonces se llena de frases grandilocuentes de estos jugadores, pero también en todas sus entrevistas queda el poso de la reflexión y la modestia. Ellos entendieron que la confianza bien entendida es un divino tesoro que maximiza virtudes y atrapa una ola de sinergia positiva de la que solo descabalgan los incautos que caen en el pecado de la soberbia. En sus años dorados no hubo sentimiento de inferioridad, aunque tampoco un exceso de confianza que fuese nocivo. “La medalla de oro no nos puede distraer del trabajo diario. Hay que ganar a muchos equipos que van a jugar a tope contra el favorito y sin nada que perder”, respondía Pau Gasol al inicio del Eurobasket 2009. Ya instalados en la mayor gloria, el empeño por seguir creciendo en títulos no les cegó y fue legitimando cada una de sus palabras. “Somos conscientes de que toda la gente nos mira, nos tiene respeto, y nos quiere ganar, pero por eso tenemos que hacerlo muy bien», sentenció Juan Carlos Navarro en 2011.

Incluso cuando la derrota y las bajas mermaron las expectativas en la prensa y la afición, ellos conservaron la fe en sus posibilidades. Lodz, Londres, Lille… El mapa de la adversidad tiene marcadas muchas chinchetas en ciudades y torneos donde el abismo solo se evitó porque en el interior de estos jugadores habitó una gran determinación. Todavía en su crepúsculo competitivo, el dogma de la confianza permaneció intacto. «No nos sentimos inferiores a nadie. En cuanto al favoritismo, la verdad es que nos da igual. La gente piensa que por las bajas que tenemos somos menos favoritos, pero al igual que otros años venimos con humildad y espero que en la primera fase nos vaya bien. Nuestra motivación es tan grande que no hay espacio para la relajación. Este equipo viene aquí a por todas», arengó Felipe Reyes frente al pesimismo reinante en 2015. Al final, solo una fe inquebrantable en el trabajo hace que los desafíos de la vida se afronten como oportunidades y no como peligros.

Es evidente que para alcanzar las cuotas de éxito que la selección española obtuvo en todos estos años, la confianza fue una virtud inherente a todos sus componentes, si bien es bueno poner la lupa en la carrera del jugador que más formó parte de esta generación sin serlo: José Manuel Calderón. Un ejemplo de cómo la determinación puede guiar los pasos aun cuando estos transitan por la incertidumbre del destino, pues la historia del extremeño es la de un talento precoz pero también la de un jugador al que muchos quisieron encorsetar en una vestimenta contra la que él se rebeló. Su genética (avanzada a los ojos coetáneos con los que fue observado) le predisponía a alejarse del clasicismo teórico del base. Otros quisieron ver en su virtud física un condicionante para actuar como organizador cuando él, desde pequeño, quiso ser el jugador que organizara al equipo e hiciera mejores a sus compañeros. “Me daba rabia que todo el mundo dijese que era escolta y que no podía ser base. Desde siempre he intentado hacerlo lo mejor posible y aprender cada día para intentar ser mejor”, reconoce. Como es habitual cuando se comienza a jugar, los altos son los que juegan en la zona y van al rebote, y solo los pequeños tienen la potestad de subir el balón y mandar. Bajo este dogma arcaico, Calderón tuvo que hacer muchas veces de escolta y alero en categorías inferiores. Distorsionaba en las pupilas clásicas ver a un jugador alto y atlético en la posición de base, y esa fue una barrera que costó derribar. De él decían que no leía el juego, que se precipitaba en la toma de decisiones y que le faltaba tiro para jugar como base… La soflama sonó como una cantinela capaz de socavar a cualquiera que tuviera la fe quebradiza, empero, José Manuel Calderón no gastó tiempo en escuchar opiniones ajenas y versó su discurso en la seguridad de su potencial.

En cualquier caso, la confianza por sí sola no sirve de nada y el cementerio baloncestístico está lleno de jugadores con gran confianza que no llegaron a ser nada. Para que sea útil, la confianza debe alimentarse necesariamente del talento natural y el esfuerzo. Bajo el discreto encanto del entrenamiento diario, Vitoria modeló las pautas que convertirían a José Manuel Calderón en un base de talla continental y al que la NBA acabó reclamando. Viajar a Estados Unidos fue la mitad del camino y durante años convivió con la suplencia frente a otros bases que lo eran menos. Cambiaron los rostros y las voces, pero siempre hubo alguien que cuestionó su valía. Frente a ellos, el base se refugió en su determinación para adaptar su estilo de juego al requerido en América y mejorar la técnica de tiro (mantiene el mejor porcentaje de tiros libres en una temporada en la NBA) y el juego del bloqueo directo. Un arte este último que extremó hasta la exquisitez junto a Chris Bosh en Toronto y que le hizo ganarse definitivamente el respeto de la liga. La constante mejora de su juego incluso le llevó en 2008 a coquetear con el All Star. Aquella vez no pudo cumplir el sueño anhelado, pero ya poco importó porque, por entonces, José Manuel Calderón había alcanzado el reconocimiento de todos. Jay Triano, seleccionador de Canadá y entrenador NBA, llegó a compararle directamente con Steve Nash, el último gran base clásico, al afirmar de él que «ambos jugadores obtienen tanta satisfacción cuando dan un pase como cuando anotan. Ambos son muy hábiles en el manejo de la pelota de baloncesto y hacen que sea difícil que se les defienda». Con más de 10 años en la NBA y muchos kilómetros en sus piernas, el tamiz que es la edad hizo que desapareciera el físico y solo quedase el poso de su talento e inteligencia. Así lo reconoció LeBron James, compañero suyo en Cleveland Cavaliers, quien no dudó en ensalzar su valía haciéndola extensible a otros miembros de su generación. “Es un jugador muy listo. Jugar durante años contra la selección española me ha hecho darme cuenta de que en España no producen jugadores que no sean inteligentes sobre el parqué. Están los Gasol, Rubio, José… Y la lista sigue y sigue. Esto es lo que les ha permitido estar tantos años en la NBA con independencia de sus números. Calderón es un gran profesional”, dijo. En la NBA nadie regala nada, ninguna leyenda como King James dispensa elogios gratuitos y es imposible competir tanto tiempo si no eres realmente bueno en tu puesto. José realmente lo fue… por pura confianza.

 

El CORAJE según CARLOS CABEZAS

En la vida todo comienza con la esperanza. Todo deseo se concibe en el plano de la fe, pero si nos quedáramos únicamente en ella viviríamos en un falso estado de utopía sin las herramientas necesarias para afrontar la realidad. Energía física, inteligencia, emociones… todas son piezas necesarias para que el engranaje del éxito funcione, aunque la distinción entre quienes viven en un permanente sueño y los que despiertan y hacen realidad sus sueños está en el coraje. Una fuerza de voluntad que nace en el interior humano y que impulsa a dar primero un paso corto y luego otro y otro… hasta alcanzar con firmeza el objetivo perseguido. Solo los poseedores de esta virtud podrán desear algo en la vida y luchar por ello con el espíritu necesario para someter a la desazón y desarmar a la adversidad que siempre rodea cualquier meta. Cuando hay coraje solo hay cabida para que el valor, la seguridad y el autocontrol culminen el germen que nace en la ilusión.

La confianza y el optimismo siempre fueron compañeros de viaje de esta generación en la puerta de embarque de cada campeonato, pero ¿cuántas veces España bailó en el alambre y miró de cerca el precipicio? Durante años mostró una inusitada maestría para salir victoriosa cuando la competición se apresuraba inexorablemente al desastre. Se perdió la cuenta de los torneos en los que, con la sonrisa del triunfo en el rostro y una medalla en el cuello, cerró los ojos y recordó el instante donde todo pudo ser diferente. Ese donde comprendió que el deseo no era suficiente para vencer y era necesario el coraje de quien lo persigue.

La historia reciente deja un rastro del valor con el que actuó sobre un parqué, ya fuera para superar complejas situaciones o temibles adversarios. En las últimas dos décadas, la selección española tuvo la inusitada facilidad para cruzar su camino con el país organizador del torneo y salvo algunas excepciones (Turquía 2001, Eslovenia en 2013 o Brasil 2016), doblegó a la mayoría. Como anfitrionas, se vio las caras y venció a las selecciones de Estados Unidos (2002), Serbia (2005), China (2008), Polonia (2009), Lituania (2011), Gran Bretaña (2012) Alemania (2015), Francia (2015) y Turquía (2017) … también a Suecia (2003), Japón (2006) y Rumanía (2017), aunque con menor relevancia por la entidad del contrincante. Fechas que siempre son difíciles de olvidar por la carga emocional que conllevaron, más si cabe cuando en alguna de ellas la gloria o el desastre dependían del resultado.

Aún con todo lo brillante que ello resulta, es cuando situamos a esta generación bajo el microscopio de los finales igualados, cuando encontramos auténticos detalles del carácter de sus protagonistas. Como en una balanza, los hay con resultados positivos como la bandeja de Carlos Cabezas que valió el título de Mannheim, la canasta final de Raül López frente a Grecia en semifinales del Eurobasket de Varna o los tiros libres del propio Raül frente a Argentina en 1999; pero también hubo fechas para olvidar y donde la moneda cayó del costado que nadie quiere. Días donde no faltó valor para que José Manuel Calderón dejara de lado su austero protagonismo y buscara heroicos triples sin premio en las semifinales del Eurobasket de 2005 y 2013. La gloria en el baloncesto se mide en milímetros; los que absorben o escupen el balón del aro. Los que alejaron a España en 2007 de festejar la gloria con su gente tras el fatídico lanzamiento final de Pau Gasol frente a Rusia. Y qué decir de 2010, cuando el genio de Milos Teodosic metió un triple imposible sin respuesta. En esos días grises también se miró de frente a la derrota y, aunque se cayó, la cabeza permaneció bien alta. Sin embargo, no siempre fue el ataque el que cuadró las gestas de este grupo, es más, las mayores glorias deportivas encuentran su punto en común en la defensa. Por mor de las circunstancias, en los grandes finales de campeonato los protagonistas fueron otros y España interpretó el papel de defensor. Lo hizo con inteligencia al empujar a Massimo Bulleri contra la torre interior que era Pau Gasol y forzar un mal tiro que valió la primera final de esta generación en 2003. Brillante planteamiento que repitió la España Campeona del Mundo cuando paró a Ginóbili en las semifinales del Mundial de Japón. El plan argentino pasaba únicamente por su estrella y la defensa se cerró sobre él dejando que la segunda opción, el triple esquinero de Nocioni, se convirtiera en el fallo más celebrado de la historia del baloncesto español. El último grato recuerdo pertenece a Río 2016, cuando, a dos segundos del final, Víctor Claver interceptó un pase de David Andersen abortando cualquier lanzamiento de Australia. La selección española abrazó muchas veces a la derrota para súbitamente despedirse de ella, porque siempre abrigó la expectativa de victoria… y el coraje para hacerlo.

Entre un elenco de jugadores mayúsculos, hubo uno que quizá no estuviera predestinado a ser el hombre del tiro ganador, pero que nunca entendió de miedos. “Soy un ganador nato”, apunta Carlos Cabezas. Durante años, y preguntado por su habilidad para anotar tiros ganadores, el base admitió tener un don natural y gracia especial. Pudiera ser cierta esta afirmación y que genéticamente el coraje estuviera impregnado en su carácter, pero necesariamente tuvo que ser entrenado para lograr el éxito durante tanto tiempo. En el deporte cualquier habilidad debe ser alimentada con práctica diaria y, desde pequeño, su padre le ponía a jugar con gente mayor para que Cabezas acelerara pasos en su maduración física y mental. Además, y cuando todos se habían rendido ante el cansancio físico de aquellos entrenamientos y partidos, Carlitos se quedaba más tiempo lanzando a canasta simulando la situación de cansancio que podía devenir en un final de partido. En aquel improvisado laboratorio, su padre le inculcó que cada lanzamiento, cada pase o regate que practicara en sus entrenamientos tendría su recompensa.

La primera de ellas llegó todavía siendo infantil cuando, en un campus que hacía Mayoral, se impuso en un concurso de triples. Demostrando la misma calidad en el tiro que su padre y mucha seguridad, Cabezas ganó un premio que recogió de manos del excelso tirador lituano Valdemaras Chomicius y Dee Brown (ganador del concurso de mates de la NBA con las míticas zapatillas Reebok Pump). Cabezas nunca fue de volar inflando las cámaras de aire de sus zapatillas, pero ese instante de gloria fagocitó una posterior leyenda de hombre de sangre fría y resolutivo en los balones calientes. La suerte sonríe a los ganadores y, como si fuera algo intrínseco en su juego, comenzó a coleccionar victorias y títulos con él como protagonista. A comienzos de 1998, lideró el triunfo de Unicaja en el Torneo de L’Hospitalet con un tiro final que repetiría semanas después en Mannheim. Restando 26 segundos para el final, el balón llegó a las manos de Cabezas y este pensó para sus adentros: “Esta me la juego yo”. Raül López (quien era el hombre que buscar) estaba fuertemente defendido, él, por el contrario, tenía el balón y sentía que era su oportunidad. Fue una acción de puro talento y descaro, aunque Cabezas considera que “la de Hospitalet fue más difícil porque fue un canastón tremendo contra dos rivales. La de Mannheim fue más rápida y limpia, pero la de Hospitalet tuvo más dificultad”. Y, sin embargo, ni una ni otra son consideradas como la canasta más importante de su carrera. L’Hospitalet le dio la oportunidad de entrar en el grupo e ir a Mannheim, en Alemania ganó el primer gran torneo internacional, pero fue otro el lanzamiento que siempre le acompañará en la memoria. Este también valdría un título, aunque no llegaría con la bocina sonando y el reloj de posesión encendiéndose en incandescente rojo. No, su tiro más decisivo y el que todos recordarán llegó en una pista de Lisboa y valió un Mundial.

Desde entonces, la videoteca de la ACB se llenó de imágenes del base asumiendo postreras decisiones con el coraje necesario para una ejecución precisa. En septiembre de 2001 ganó un partido anotando un tiro libre en Valencia. Con empate a 65 y el reloj a cero, dispuso de dos tiros libres. Pocos escenarios deportivos parecen más traumáticos. Este, si cabe, empeoró cuando falló su primer lanzamiento. Pese a tener 20 años y solo tres partidos como profesional, Cabezas se sintió cómodo con la presión y la hostilidad del ambiente, y atinó en su segunda oportunidad. Llegaron más tiros finales y con los años patentó una fórmula ganadora: cambio de ritmo, cambio de mano en el bote, reverso y bandeja. Para el recuerdo queda el año de Euroliga donde anotó canastas que tumbaron a Lietuvos Rytas y F.C. Barcelona sobre la bocina. Lo hizo de joven, siendo una estrella y también en su madurez; poco importó que valiera un partido, un playoff o una permanencia, la sensación de anotar al final de un partido siempre fue la misma: “Es un orgasmo impresionante y es muy bonito que la gente te dé las gracias por ello”, señala.

Nada es fruto de la casualidad y menos en el deporte donde poco queda al margen del libre albedrío. Si hay una frase que los entrenadores no se cansan de decir a sus jugadores (y más si son de formación) es que “cuanto más se entrena, más suerte se tiene”. Carlos nunca entendió de fortuna y ganar tantos partidos no fue una cuestión casualidad, sino fruto de un trabajo prolongado en el tiempo. No dejó de entrenar y conservar los hábitos que le fueron inculcados desde niño e incluso ya en su ocaso deportivo, a finales de 2017, batió su marca de tiros libres seguidos anotados pasando de 97 a 150 en un entrenamiento. “Siempre he intentado superarme y siempre he pensado que mi último tiro libre es el último”. No hay esfuerzo en balde y durante años construyó una frase que, tarde tras tarde, repetía: “Hasta que no metas la última, no nos vamos a casa”. Lección del deporte que trasladó a la vida, pues Carlos tuvo tantos instantes de gloria como momentos de duda; múltiples pruebas que no hubiera podido superar sin esa fuerza de voluntad y sin una fe ciega en sus posibilidades. Ahora sabemos que el coraje también se forja y que, en el caso de Carlos Cabezas, detrás de cada canasta ganadora habitaba un niño y un padre bajo el sol marbellí que no dejaban de entrenar hasta que metiera diez seguidas… o la última.

 

El TALENTO según JUAN CARLOS NAVARRO

Desde siempre, el hombre ha perseguido entender y delimitar el concepto de talento a una única definición a través de los distintos órdenes del conocimiento. Sin embargo, cualquier esfuerzo resultó estéril por la amplitud de los campos donde se aplica y las aristas semánticas que podemos encontrar cuando se enuncia. La biología marca parámetros físicos, la psicología lo relaciona con la inteligencia y no faltan teóricos que acotan la discusión en términos de habilidades y actitudes. Son tan complejas las cuantificaciones que determinan su definición que incluso la neurología busca una explicación y sitúa a la mielina como elemento facilitador del talento. La mielina es un aislador neuronal clave, puesto que acelera las conexiones neuronales provocando que los impulsos nerviosos sean más rápidos y precisos; a más mielina, la respuesta neuronal es más rápida y mejorará la habilidad desarrollada. No importa estar ante la resolución de una cuestión matemática, de una arte escénica o actividad deportiva, en todas ellas el talento es la capacidad para resolver problemas mediante habilidades humanas. Es decir, a más mielina, más talento.

De resolución de problemas entendió Juan Carlos Navarro, quien siempre fue un chico como otros muchos. No destacó por su físico y hoy en día pocos le verían pasear y reconocerían en él a uno de los grandes genios de este deporte. Sin embargo, Navarro es el talento personificado porque fue un jugador capaz de imaginarse un lanzamiento como respuesta a un hábitat deportivo hostil con rivales más altos y fuertes que él, aunque carentes de su inteligencia y habilidad para crear. Desde que comenzó en Minibasket, el pequeño Juanqui sobrevivió en un mundo de gigantes porque antes, su descomunal talento había domado un balón que era más grande que su propio cuerpo y había inventado un lanzamiento en el patio de su casa. “Ahí teníamos una canasta que es donde hice mis primeros pinitos, y como no había mucho espacio y jugaba contra mis hermanos me las tuve que ingeniar un poco para que no me hicieran muchos tapones. De ahí surgió este tiro; una cosa que fui practicando con los años pero que salió sola. No lo hacía conscientemente”. El propio jugador confiesa que, cuando la altura natural de sus hermanos no era un reto suficientemente atractivo, estos cogían una caña o un palo largo para elevar la dificultad de los lanzamientos. “Si se pone un pívot de 2,20 metros, a ver cómo encestas”, le picaban. En esencia, la bomba es un tiro robando paso a la entrada a canasta (tres o cuatro metros antes del aro), elevando el brazo del balón para completar un lanzamiento en carrera y parabólico que evite el tapón de los defensores. Navarro asumió de forma intuitiva este recurso para poder competir primero con sus hermanos y más tarde contra rivales de otros equipos. Sin embargo, no se le puede aplicar en exclusiva la autoría del gesto y otros jugadores como Drazen Petrovic, Pete Maravich y Héctor Blondet (quien jugó en el F.C. Barcelona) lo hicieron antes. Incluso compañeros como Raül López y Carlos Cabezas también lo realizaban, pero Navarro lo elevó a la categoría de arte ampliando su rango de ejecución (generalmente se usaba en posiciones frontales y Navarro lo extendió a cualquier ángulo del ataque) y patentándolo globalmente como marca personal.

En el baloncesto, como en la vida, hay creadores y gente que reproduce. Normalmente, el jugador de baloncesto ejecuta movimientos y pule una técnica individual preestablecida, pero Juan Carlos Navarro fue innovador porque su cuerpo creó una técnica de lanzamiento muy característica. Todo nació de un acto de inspiración (o supervivencia fraternal), aunque para ser realmente efectivo necesitó del hábito de transferir ese conocimiento a la acción de manera continuada. La práctica diaria lo perfeccionó registrando con cada repetición los casos de éxito y las áreas de mejora de su ejecución, y el recurso adquirido de manera innata se transformó en una acción habitual de su repertorio ofensivo. Con un juego agresivo y directo a canasta, su desventaja de centímetros le convirtió en un darwinista que evolucionó un lanzamiento imparable para los rivales por imprevisible que resultaba el momento de su realización y su perfecta ejecución técnica. Algunos entrenadores quisieron corregir esta frivolidad anotadora por un tiro en suspensión más ortodoxo, pero Navarro no encontró motivos para cambiar. Circunscrito en origen a la cantera catalana, este recurso técnico se expandió dentro de las habilidades ofensivas que enseñaron otras canteras nacionales e incluso la bomba o tiro por elevación se generalizó, siendo conocido en el mundo anglosajón con el nombre de floater shot, o tiro flotante. Ahora, cuando la globalización universaliza cualquier gesto producido en el planeta, este es un recurso más ganado al baloncesto y que despierta el orgullo del autor de su patente. “Cuando veo algunos partidos y los comentaristas ven el tiro y dicen “una bombita”, me siento orgulloso. Eso no lo puede decir mucha gente. No fui el único en hacerlo, pero es un tiro característico mío que siempre me funcionó”.

El deporte nunca entendió de cuestiones físicas y algunos de los grandes genios hubieran pasado por gente común. Roger Federer (ídolo de Navarro) nunca destacó por la potencia de sus golpes ni velocidad de piernas, aunque seguramente es el mejor tenista de todos los tiempos; Maradona era pequeño y regordete, pero pasó a la posteridad como el barrilete cósmico; pues bien, Navarro bien pudo ser nuestro “tirillas” cósmico y uno de los mejores jugadores europeos de la historia. El rasgo distintivo de los genios es que hacen lo que otros ni imaginan, y no importa las veces que tropiezan en su invención, pues entienden el error como un elemento inexorable del proceso creativo. Es ahí, en la creación, donde también destacó Raül López, un jugador que tampoco aparentaba tener un físico predominante para el baloncesto pero que triunfó porque vio aquello que otros ojos nunca llegaron a intuir. Raül tenía un espectro de visión perimetral, en el radar de Raül López no había puntos negros, porque su capacidad inventiva dibujó líneas de pase previamente inexistentes. En él, dar pases en el aire, sin mirar o por detrás de la cabeza o espalda fueron recursos imaginativos de enorme practicidad porque estaban concebidos para crear esa conexión que antes no existía y habilitar el tiro del compañero. Un base debe saber seleccionar a las manos más calientes y a los jugadores mejor posicionados para anotar, pero también debe comprender de emociones y sentimientos e implicar compañeros. En conjuntos donde hay mucho talento ofensivo es fundamental encontrar una mente que lo gestione en pista y satisfacer a todos los egos. En eso, Raül también fue un genio.

Los jóvenes del 80 fueron superhéroes deportivos vestidos en cuerpos corrientes que ganaron a rivales más altos y fuertes. Con una evolución física inferior, sus cuerpos podían presentar una fragilidad que su talento y seguridad contrarrestaban. “La generación de Navarro y de Raül, como estandartes, es gente que lo que les ha hecho conseguir esos éxitos ha sido la cabeza. Tenían esa sensación de decir: ‘Sí, eres más alto y más fuerte que yo, pero yo te voy a ganar’, y casi siempre lo hacían”, confesó en una entrevista Garbajosa. Poco después, a Juan Carlos y Raül se sumó la eclosión de Pau Gasol como resultado de la perfecta unión de talento físico y virtuosismo técnico. En el Eurobasket de 2001, todavía siendo imberbes jugadores, Navarro y Gasol lideraron en la pista a un conjunto donde habían llegado como elementos auxiliares, pero que capitalizaron las opciones de medalla dejando en el recuerdo su portentosa actuación en la lucha por el bronce (Navarro acabó con 27 puntos y Pau Gasol sumó 31 y 10 rebotes). Los años se llenaron de proezas ofensivas de los Zipi y Zape del baloncesto español, como los 36 puntos y 12 rebotes de Pau Gasol en la final del Eurobasket de 2003 o los 36 que anotó Navarro para eliminar a Croacia en cuartos del Eurobasket de 2005. Mención destacada merecen el torneo final de Pau Gasol en 2009 o el de Navarro en 2011, aunque todo ello languidece cuando en el recuerdo surge la semifinal del Eurobasket de 2015 frente a Francia. Aquella noche, Pau enmudeció el jolgorio galo y convirtió el pabellón Stade Pierre Mauroy de Lille en un velatorio deportivo al sumar 40 puntos y 11 rebotes para una valoración de 52 tantos. “Supuso una enorme recompensa personal y emocional. Uno de los momentos más dulces de mi carrera”, se sincera Gasol.

En cualquier caso, el talento en el baloncesto no debe estar unido a la palabra ataque. En ocasiones, las labores menos lustrosas también requieren de virtuosismo, y eso era precisamente lo que empleaba Berni Rodríguez para conseguir que las estrellas de Andrei Kirilenko, Mario Stojic y Georgios Diamantopoulos brillaran menos cuando él estaba delante. Para el recuerdo quedará su actuación en la final de 2006, bloqueando la inteligencia de Theo Papaloukas. Del mismo modo, sería imperdonable olvidarse en este capítulo de Felipe Reyes y sus eternas luchas frente al griego Lazaros Papadopoulos, o contra los gigantes de norteamericanos. Esos días, Felipe cuestionó la relevancia de la altura en un deporte de altos. Aunque claro, bien pensado, el tamaño que siempre importó no fue el de piernas y brazos, sino el del corazón.

 

El ESFUERZO según FELIPE REYES

No hay premio sin trabajo ni esfuerzo sin recompensa. No importa hablar de estudios, trabajo o salud, la vida en todas sus vertientes responde a esta analogía. El esfuerzo es inherente a la condición humana y supone poner un empeño físico, intelectual o emocional para afrontar las tareas, retos o dificultades que se manifiestan. La sociedad, siempre necesitada de ejemplos donde identificar valores, encuentra en el deporte una gran ventana repleta de ejemplos de superación donde encontrar su propia motivación. No obstante, la luz cegadora de la victoria no puede impedir reconocer que el verdadero triunfo es aquel que definía John Wooden, mítico entrenador de la universidad de UCLA, como “la paz interior que resulta directamente de la autosatisfacción de saber que has hecho todo lo posible para ser tan bueno como eres capaz».

En este sentido, aquellos que cambiaron la realidad del baloncesto español asumieron que más importante que tener talento era desarrollarlo y que cada triunfo no era más que la lógica consecuencia del esfuerzo y sacrificio empleado con anterioridad. Disfrutaron de ambientes favorables, pero no giraron la cara cuando la realidad les fue adversa. Al contrario, en los momentos donde el camino subió los gradientes de su cuesta y la montaña del éxito parecía una cumbre inalcanzable, no bajaron los brazos. En esos instantes tuvieron la paciencia para entender la adversidad, el valor para canalizar las acciones del cambio y el coraje para emprenderlas. Fácil sería hablar de la enorme victoria que cosechó en el Eurobasket de 2009 tras vencer con pasmosa facilidad a Francia, Grecia y Serbia, empero esa parte de la historia no hubiera existido sin aquella que habla del laborioso trabajo que España realizó desde que fue derrotada por Turquía en la segunda fase. Estando al borde de la eliminación y la amenaza de la fractura interna, el equipo tuvo que medirse a Lituania y a Polonia sin margen de error. Además, el inicio frente al conjunto lituano empeoró la situación y un desfavorable 15 a 24 situó a España virtualmente fuera del campeonato. La dinámica era turbia, el juego enmarañado y el talento individual no mantenía correlación con el juego colectivo. Así las cosas, solo quedó sacar lo más primario y racial del carácter de cada uno. Fueron siete magníficos minutos que cambiaron un partido y un torneo. España endosó un parcial 23-0 a Lituania que sirvió para ganar, sanar las heridas afectivas y sentar las bases del esquema ofensivo. Todavía quedó vencer a Polonia frente a su público, pero ese fue un problema menor porque el combinado español se había instalado en la excelencia nuevamente y la sinergia creada barrió a un anfitrión superado por la avalancha de juego. Después, tres rivales mayúsculos fueron cediendo ante el perfecto engranaje que orquestó el equipo a base de un esfuerzo surgido de lo más profundo de su ser. Cuando Navarro alzó la copa de campeón al cielo de Katowice, España encontró su paz interior.

En 2015, España volvió a nadar en aguas de incertidumbre y varias derrotas provocaron que jugara frente a Alemania sabiendo que una derrota hubiera supuesto su primera eliminación en la fase de grupos desde aquellos horribles Juegos de Sídney 2000. Quien mira a los lados busca culpables, quien mira adelante encuentra soluciones y este equipo nunca eludió responsabilidades en sus errores. Aquella vez tampoco lo hizo, sencillamente redobló su entrega y concentración para conseguir la triple corona continental. La última muesca de esfuerzo y carácter coral llegó un año más tarde, en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

El más difícil todavía: España comenzó el torneo con dos derrotas que le dejaron sin margen de error y un mar de dudas de puertas para fuera. Dentro del equipo había confianza, pero andar en el alambre sin red de seguridad implica un sobreesfuerzo y la Selección se adentró a un calentón deportivo sin precedentes, donde tuvo que comenzar a ganar una nueva medalla ante la incómoda y rocosa Nigeria. Lo hizo sin brillo, porque por entonces los cuerpos no estaban acicalados con el suficiente talento para vencer entregándose a él. Más que ganar, España sobrevivió a la anarquía de un rival que resistió las escapadas españolas y que comenzó el último cuarto por delante (66-65). El angolazo del siglo XXI planeó por sus cabezas, pero la Selección tuvo la humildad necesaria para no caer en la arrogancia de su calidad y volvió a sobrevivir con el esfuerzo de Felipe Reyes ante los atléticos pívots nigerianos, y de Navarro dejando caer gotas del elixir de su exorbitante magia, esa que no se entrena… la misma que no se puede copiar. Luego llegaron victorias revitalizadoras frente a Lituania, Argentina y Francia para terminar el torneo con un meritorio bronce frente a Australia. No se ganó el oro como tampoco sucedió en 2008 y 2012, cuando se puso en entredicho la cohesión interna y la capacidad del equipo para triunfar, y, sin embargo, aquellos torneos terminaron con la satisfacción personal de haberlo dado todo.

No es casualidad que, en estos pasajes de la exitosa historia deportiva de esta generación, Felipe Reyes tuviera un papel preponderante. En Polonia 2009, incluso antes de jugar con Lituania, España ya salvó una primera eliminación al ganar en la prórroga a Eslovenia. Ya nadie se acuerda porque la historia se escribe con la pluma de los vencedores y los versos dorados ocultan los borrones, pero aquella noche Felipe Reyes demostró que su corazón competitivo era más grande que cualquier rival. Frente a Eslovenia, Felipe anotó 17 puntos y ocho rebotes (cinco puntos y seis rebotes en el tiempo extra). Siete años después, Felipe volvió a ponerse el mono de faena para ayudar a superar otra situación límite. Se armó con la coraza con la que siempre fue a la guerra de los tableros: su energía y corazón, y salió victorioso frente a Nigeria (fue el más valorado del encuentro) para poner los cimientos de una nueva medalla.

Este fan de las películas de Clint Eastwood más de una vez se vio, como su héroe, acorralado en un duelo bajo el sol mientras balas rivales amenazaban con sesgar la vida deportiva del equipo. En la arquitectura del éxito español, siempre habrá un hueco para el laborioso trabajo de Felipe Reyes poniendo ladrillos, si bien nunca tendrá el suficiente reconocimiento. Es cierto que la luz que irradia el talento de otros le hizo trabajar en la sombra, pero nada, absolutamente nada, de lo conseguido estos años se entiende sin el esfuerzo del ‘9’. El valor de Felipe no se puede enseñar, se lleva dentro y se tiene o no se tiene… pero todos deberían conocerlo. No fue un virtuoso del baloncesto, careció de la visión de juego de otros y no destacó por un gran manejo de balón o tiro carismático. Lo suyo fue un trabajo más terrenal: fue siempre el encargado de barrer los aros con los fallos de los demás, de devolver a manos seguras los balones que se perdían y evitar que el rival luciese números. En ello sí fue un artista, aunque, por encima de todas las cosas, Felipe Reyes nos dejó una gran lección: si se quiere tener éxito en la vida, el esfuerzo es innegociable.

Él la aprendió, como no se debe aprender nada en esta vida, con dolor. Sufrió problemas físicos que casi lo retiraron prematuramente y después sintió el rechazo de un técnico que lo envió al fondo de su promoción. Sin dramas ni puntos de inflexión, pues la infancia debe estar alejada de todo trauma, la realidad de aquellos malos momentos cinceló su personalidad. La disciplina que le transmitió su padre Alfonso, de profesión militar, le ayudó a superar los imponderables de la vida y su etapa de scout reafirmó el valor del trabajo diario. Honesto y generoso en el esfuerzo, Felipe Reyes nunca se conformó con lo que tuvo. A cada paso que dio, abría una vía de mejora, un aspecto de su juego que entrenar para perfeccionar y ser más completo. Y lo que comenzó siendo un denodado y voluntarioso chico de limitados recursos ofensivos, acabó siendo un jugador multidimensional que conservó en la raíz de su genética esas ganas y energías que le encumbraron a ser el rey del rebote.

No contento con las virtudes que tenía, Felipe quiso estar en constante búsqueda de los límites, saliendo de su zona de confort y puliendo sus defectos… Dejó de ser el pívot que solo posteaba hacia el centro de la zona y la mano derecha era el maná del que se alimentaban sus puntos. Gracias a su inconformismo deportivo, añadió nuevas virtudes, convirtiéndose en un jugador capaz de jugar el reverso en ambas direcciones y mirar al aro de cara. Según se transformó el baloncesto moderno en un juego de pívots móviles, abrió su rango de acción ofensivo y se atrevió a lanzar triples con soltura. Con el paso de las temporadas, fue armando un arsenal de recursos ofensivos que le hicieron más imprevisible, aunque la mejora más evidente llegó en el tiro libre. Nunca fue un gran lanzador de personales, con Estudiantes promedió 55% en su primer año completo en ACB (en su año de novato falló los seis que intentó), sin embargo, su empeño por ser un tirador fiable le llevó a mejorar en aquella faceta, siendo su llegada al Real Madrid el punto de inflexión. Si en el Mundial de Lisboa de 1999 una trampa emocional de Francis Tomé le hizo mejorar, la figura de Tirso Lorente fue decisiva para ganar en confianza y cambiar la mecánica. Una década después, en la temporada 2015-16, Reyes acabó la liga regular con un 83% de eficacia desde la personal. Con su baloncesto, Felipe ejemplificó el valor del trabajo a todos quienes le vieron como modelo a seguir.

 

La RESILIENCIA según RAÜL LÓPEZ

En la vida, todas las personas afrontan dificultades, irregularidades en la orografía vital que se presentan en forma de tenues colinas o agrestes montañas que entorpecen el caminar. Son inevitables, duelen y hacen tropezar, pero, incluso en la caída, estas adversidades logran fortalecer a quien se levanta. Las dificultades moldean el carácter, hacen ver la vida con una perspectiva más amplia y, cuando termina el descenso de las lamentaciones, permiten un grado de fuerza que ninguna otra experiencia otorga. Seguro que todos quisieran ser más fuertes y listos para recorrer la vida sin resbalones, pero hay miradas que solo se perciben cuando una caída cambia los ojos de quien la sufre.

El proceso es doloroso, pero es solo cuestión de tiempo que pase y deje enseñanzas con las que ser mejor. El mañana nos trae las respuestas a los problemas del presente, pero es en el ahora cuando se debe tener la serenidad de bailar bajo la tormenta. Este grupo tuvo una capacidad innata para levantarse detrás de tropiezos o convertir malos campeonatos en la chispa que encendía la llama de nuevos triunfos. Lo fue ya en su etapa júnior, cuando la derrota frente a Grecia estuvo a punto de suponer la eliminación en el Mundial de 1999, o cuando en Ohrid, tras caer frente a Israel, se conjuraron para ganar el bronce del Sub20 un día después. Con la misma naturalidad que disfrutó de la victoria entendió la derrota, y bastó una reunión donde estar todos juntos y hablar viendo los ojos del compañero, para sentir que el error existía y debía asumirse porque el verdadero fracaso residía en no levantarse.

Berni Rodríguez reconoce que los años no cambiaron el modo de actuar de aquellos chavales que iniciaron una liturgia para purgar pecados. “Como esencia era lo mismo: entrábamos a una reunión y había bromas y risas porque era inevitable hasta que se hablaba de lo serio. Nos mirábamos a las caras y decíamos las cosas. Muchas veces se decía poco, pero porque nos mirábamos todos, entendíamos a qué habíamos venido, que teníamos que dejar hacer el tonto y hacer aquello a lo que habíamos venido. Pasado ese momento, todo se relajaba y se volvían a hacer bromas y oírse las risas… pero el mensaje que teníamos que decirnos se había dicho, nos habíamos mirado a la cara y eso quedaba en nuestras cabezas”. Así lo hicieron y solo una vez, en el Eurobasket de 2005, no hubo capacidad de reacción.

Una vez podría ser casualidad, pero la reiteración de acontecimientos en la biografía del conjunto español impide pensar que hablemos de una mera coincidencia. Ya en 2001, España se rehízo de la derrota de Yugoslavia para saber que su punto de maduración aún no había llegado y alcanzó la primera medalla generacional tras vencer a Alemania. Un año más tarde, se tuvo la dignidad de vencer a Estados Unidos por el quinto puesto cuando días antes se lloró perder la opción de medalla. Misma decepción sintió en Atenas 2004 y misma entereza mostró para, tras caer en cuartos, imponerse a China. Hay victorias que se pagan con dolor y en 2006 España tuvo que rehacerse de la pérdida de Pau Gasol frente a Argentina para consagrarse venciendo en la final del Mundial… La negación a perder llegó incluso en 2009 en un torneo que dentro de sí escondió infinidad de trampas y problemas. En 2013, un torneo de extremos acabó encontrando el consuelo del bronce tras caer en semifinales y superar las notables ausencias con las que se acudió. La Selección acabó acostumbrándose a los retos imposibles y, tras danzar como un funambulista sin red en 2016, fue capaz de subirse al podio evidenciando su tozudez a la hora de claudicar antes de tiempo. Río de Janeiro descubrió la entereza de un equipo desgastado anímicamente tras perder su última oportunidad de vencer a Estados Unidos, pero con el suficiente orgullo para colgarse el bronce. Tantas veces cayó, tantas veces se levantó y en 2017 la dulce despedida no pudo ser de oro, sino de bronce. Eslovenia confirmó el ocaso de un tiempo que no volverá… que jamás marchará.

Para este grupo de jugadores, nunca importó el motivo ni la dureza del golpe, siempre lo entendió como un proceso de la vida y recogió sinergias del impacto para ser más fuerte… más completo. Jorge Garbajosa confiesa que esta generación asumió cada derrota “como un motivo para levantarse y preparar el siguiente partido o el siguiente campeonato con la misma fuerza, el máximo compromiso y toda la ambición del mundo. Siempre lo hicimos así”. En el proceso cognitivo de la derrota, la parte más esencial es la asunción interna del hecho de caer y la voluntad de no desfallecer. Así se define la resiliencia, esa capacidad que tiene el ser humano para absorber los golpes de la vida y encarar el futuro con la fuerza necesaria para revertir las vicisitudes que llegan. Un término que habla de fortaleza mental, de sacrificio y, en última instancia, de una actitud positiva para entender que se pueden tener malos momentos. Como tal hay que asumirlos y aprender de ellos para continuar con más fuerza.

“Tengo la sensación de que siempre he tenido que remar y las cosas nunca han sido sencillas”. Son palabras de Raül López, quizá el jugador que más hace suyo el concepto de resiliencia. Sufrir dos graves lesiones que podrían haberle retirado, haber visto interrumpida una meteórica carrera y sentir el peso de las voces que siempre le recordaron lo que pudo ser, no fueron motivos para encontrar en él un atisbo de reproche a la fortuna o lamento por lo vivido. Al contrario, la perseverancia del iluminado guio su caminar, nunca olvidó que las lesiones forman parte del deporte y estoicamente afrontó cada vicisitud a la que tuvo que hacer frente. “Nunca entendí el hecho de lesionarme, rendirme y pensar: ‘mi vida en el baloncesto termina aquí’”.

Para Raül no hubo más alternativa que levantarse con cada caída, luchar por recuperarse y tratar de volver a jugar. Las personas a veces se aferran a las palabras y a los tópicos como creencias certeras, pero no siempre lo son, y Raül López bien lo sabe: “Cuando tienes lesiones la gente dice: ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’, pero no es así. Lo que no te mata te hace tener más dudas y que todo te cueste más. No es cierto que después de superar un problema eres más fuerte. Yo no he tenido esa sensación. La sensación que he tenido es que nunca estuve como antes de lesionarme y tienes que convivir con esto. Luego te das cuenta de que no eres el único, que muchas personas han tenido que pasar por esto y en este sentido ha habido momentos complicados, pero ni en ellos me he tenido que aferrar a algo en concreto. Simplemente era pensar: ‘Cuando se pase esta mala noche… este mal día, llegará uno mejor donde intentaré recuperarme, intentaré volver a jugar y hacer las cosas que me gustan’, pero tampoco lo veo como algo heroico”.

Ahí habita la resiliencia: sentir que por difícil que sea el problema siempre hay algo en nuestro interior que puede superarlo. Raül entendió su realidad, comprendió su cuerpo y reformuló su ideario para conseguir que el simple hecho de jugar al baloncesto le colmase de tanta felicidad como en los días donde jugaba en el garaje de su casa. Las lesiones implican una erosión física y mental que no siempre es fácil de asumir y superar, pero él lo consiguió para alcanzar un valioso pensamiento: “Vale, no ha sido fácil, pero ha merecido la pena”. Y de esta manera alcanzó el punto donde su libertad de elección y no una lesión marcó las decisiones que tomó. El trayecto recorrido durante su caminar le llevó a la meta que siempre quiso sin lamentarse de nada. “He tenido mucha suerte de haberme dedicado al baloncesto. He jugado en equipos, he viajado, me he ganado la vida, he cumplido el sueño de jugar en la NBA… arrepentirme de algo sería absurdo”, sentencia.

Con la misma discreción que siempre compaginó su increíble talento, Raül dejó el baloncesto. Durante mucho tiempo pensó en la idoneidad o no de retirarse y dio el paso sin estridencias al empezar la temporada 2015-16. Pudo reclamar para sí todos los focos y micrófonos que su magia y personalidad merecían, pero prefirió la sobriedad de la normalidad; no quería ser el centro de atención que distrajera al equipo porque, para él, el éxito colectivo estuvo por encima del reconocimiento individual. Se centró en alcanzar un playoff al que Joan Sastre le privó con una increíble canasta desde su propio campo y en el último segundo de su último partido como profesional. Infortunio hasta en el adiós. Antes, Raül renunció a sendos homenajes en Badalona y Madrid (e incluso uno posterior de la propia ACB). Nunca se sintió cómodo en el elogio, quizá no fue el mejor publicista de su propia estrella, pero después de sufrir tanto en el mundo del deporte poco le importó lo externo, la palabra ajena. Agradecido por la avalancha de reconocimientos y afecto, prefirió la sencillez de una discreta carta de despedida consensuada con un amigo, porque su distante naturaleza le hubiera llevado a resumirla en un “hasta luego” y, seguramente, un “gracias” que hubiera ofrecido a todos quienes le apoyaron y admiraron… Si bien las gracias siempre las debería de recibir aquel que fue referente de la magia y la humildad de una generación que antepuso los valores humanos a los egos mediáticos. Se retiró porque quiso y en el lugar deseado. Sabiendo que podía seguir jugando, pero también entendiendo que debía parar porque quería mejorar su vida. Supo elegir el cuándo y disfrutó de la decisión tomada sin mirar al pasado… pensando en el futuro.

 

La AMISTAD según BERNI RODRÍGUEZ

«Es el mejor equipo en el que estado». El enunciado se repite en boca de todos y cada uno de sus protagonistas, pero no es una sentencia baladí. Tampoco importa quién o cuándo se pronuncia, pues su simple afirmación esclarece el porqué este equipo fue especial y único. Estas palabras contienen el éxito medido en medallas y títulos, pero también valores de amistad, compañerismo, lealtad, esfuerzo o sacrificio. Solo uniendo la vertiente luminosa del triunfo y la relación humana diaria podemos a cuantificar con exactitud la grandeza de la frase.

El éxito colectivo siempre es el resultado de la suma de voluntades individuales, porque para vencer es necesario que todos se sientan partícipes de lo que se construye y alargar la felicidad propia viéndola reflejada en quien juega a tu lado. Tras ganar el Mundial Júnior, Charly Sainz de Aja reconoció en una entrevista a Gigantes que “jugadores como Navarro o Raül López han sido capaces de perder minutos a favor de compañeros. A mí me llegaron a decir en alguna ocasión estos y otros jugadores: ‘Ahora no me saques que tal compañero lo está haciendo bien’. La convivencia con este grupo ha estado llena de gestos bonitos”. Compartir vivencias durante tanto tiempo y superar adversidades deportivas y personales reforzó los vínculos que se iniciaron aun siendo niños y, ya en su madurez, lograron transmitir este sentimiento a generaciones que fueron llegando al combinado nacional. “Nos hemos acostumbrado a tener ese tipo de líderes que no te explican las cosas, que te las demuestran con hechos cada día. Están en mil problemas, pero nunca se quejan y siempre ponen al equipo por delante. Eso no es fácil de encontrar”, resume Marc Gasol.

Los equipos se crean en la pista de baloncesto. Ahí los jugadores se complementan y se hacen uno configurando un juego que, en ocasiones, sirve para obtener triunfos. Sin embargo, los equipos campeones se forman fuera de la pista, porque es ahí donde se produce la química necesaria para entender que la persona que se tiene al lado no es un jugador o un compañero, sino un amigo. Ahí se marca la diferencia entre ganadores y campeones. Los primeros pueden llegar a ganar títulos de manera puntual, pero un campeón perdura en el tiempo porque su triunfo no solo se constriñe al ámbito deportivo, sino que su huella trasciende al campo de los sentimientos. Es así cómo entendió este equipo el deporte y cómo, desde aquella primera concentración navideña con disfraces, tuvo el ingenio y la voluntad necesaria para encontrar motivos de unión. Valía cualquier excusa (las cartas, un videojuego…) para compartir tiempo, palabras y experiencias con alguien al que se miraba a los ojos y no se veía como un compañero más, sino como un hermano cuya alegría y dolor se sentía como propio. Esta empatía colectiva es muy complicada de lograr y muy pocas veces se da, pero cuando se consigue, la magia resultante es increíble.

Solo así se entiende que, por encima de circunstancias personales y las vicisitudes del deporte, este grupo de jugadores permaneciera unido durante tantos años sin fricciones ni luchas de ego, y que haya renunciado a situaciones personales más convenientes para reunirse cada verano y disfrutar de lo que ellos siempre llamaron su otra familia. Preguntado por las virtudes de la Selección, Juan Carlos Navarro no dudó en afirmar que eran “el compromiso y la ambición”. De la segunda no hay rastro de duda, pero es en el compromiso donde esta generación marcó la diferencia con el resto. En una época donde los equipos nacionales tuvieron que hacer frente a la NBA y sus múltiples impedimentos para no dejar jugar las competiciones FIBA a sus estrellas, solo las lesiones o precariedad física apartaron a los jugadores de estar con España. Nunca el ego personal tuvo cabida en el vestuario y, a diferencia de otros países donde los intereses personales prevalecían, aquí la palabra ‘equipo’ fue la más pronunciada… la que más sentido tuvo. Hablamos de jugadores que fueron estrellas en sus clubes y que tenían relevantes cuotas de importancia deportiva y mediática, pero que al llegar a la Selección nunca tuvieron problemas para cambiar de rol y ponerse al servicio del objetivo común. “Era un grupo en el que, cuando llegabas nuevo, no te sentías nuevo. Era fácil integrarse y reconocerse en un grupo de gente que destilaba normalidad”, cuenta José Manuel Calderón. Todo comenzaba con la tradicional cena del novato en la que los debutantes tenían que asumir la costosa factura del restaurante. Si eras capaz de pagar aquella cena, eras parte de la familia…

Como tal, la familia se cuida y se protege en los malos momentos. Las lesiones de José Manuel Calderón (1999 y 2010), Raül López (2002) y Pau Gasol (2006) siempre estuvieron acompañadas de simbolismo. Bien a modo de acompañamiento en la cama de un hospital, camiseta reivindicativa o palabras de apoyo al amigo quebrado. Pero ojalá los grandes dramas se redujeran a lo que acontece en una cancha de baloncesto. La verdadera vida, donde realmente se gana y se pierde, donde hay que luchar cada segundo y cada centímetro del espacio tiempo… toda ella comienza cuando se acaba un partido, se apagan los focos y se abandona el parqué. Esta es una lección que no se debe olvidar, pues el ser humano acostumbra a ver el árbol descuidando la magnificencia del bosque, y quizá por ello las mayores lecciones de fraternidad se encontraron en las grandes desgracias que también vivieron.

Si una derrota puede sesgar un instante de gloria a un equipo y una lesión perturbar momentáneamente la vida del deportista, lo que es irremediable es la muerte y, durante estos años, este grupo tuvo que administrar la enfermedad y la muerte, no de jugadores, pero sí de familiares allegados. Fueron las pérdidas de los padres de Felipe Reyes y Víctor Claver las que mayor dolor causaron, porque fueron personas muy ligadas al deporte y a la selección española. La victoria no consoló la pena en aquellos días, pero sí gestos que la edulcoraron. La grandeza de la vida está en la inmensidad de los pequeños detalles que la cincelan, y así quedó plasmado en 2011 con el emotivo gesto que tuvo Juan Carlos Navarro cediendo el privilegio de levantar el trofeo del Eurobasket a Felipe, y que este lo dedicara a la memoria paterna. “Fue un gesto muy bonito por parte de Juan Carlos que no sabía ni esperaba. Yo tampoco quería quitarle ese protagonismo porque ese momento era de él y de nadie más. Tenía que haberlo levantado él”, dice emocionado Felipe Reyes. La sangre une.

No hubo una fecha o un acontecimiento que produjera tan profunda conexión, fue la sucesión de hechos lo que unió a los niños que luego fueron hombres, pero todos coinciden en la relevancia que adquirieron jugadores como Germán Gabriel y Berni Rodríguez en la tarea de cohesionar al grupo. Resulta fácil caer en el tópico del gracejo y buen humor malagueño, pero en este caso es inevitable mencionarlo. Ellos, junto a Carlos Cabezas, formaron el trío de malaguitas, el núcleo duro del buen rollo que luego tuvo otras muchas ramificaciones. “Una sonrisa te ayuda a ver el partido de otra forma. Disfrutar no está reñido con la concentración”, asegura Berni. Ellos creaban la chispa del buen humor y contagiaban esa forma de vida tan alegre a su entorno. Especial atención merece el escolta por ser quien mejor representó el sentido de compañerismo que imperó en aquellos años. Berni era en edad infantil y cadete toda una estrella de su generación, un referente anotador en Unicaja que hubiera sido el escolta titular de esta selección de no haber existido Juan Carlos Navarro. Nunca es fácil asumir el mayor virtuosismo de quien compite contigo y menos a una edad donde la lógica y la razón aún no asoman por la conciencia. Sin embargo, Berni entendió esa realidad y se adaptó a ella con la humildad que le inculcó su padre. Hizo de aquella circunstancia una virtud y exploró nuevos caminos en su juego para encontrar en la defensa una vía donde destacar y, de vez en cuando, darse homenajes ofensivos. Al igual que otros muchos, entendió que cuando acudía a la Selección lo hacía sacrificando muchas cosas y buscando, por encima de prioridades personales, el bien común.

A la victoria se llega por diferentes caminos: en cancha se puede anotar o defender, pero también fuera de ella se puede ayudar dando ánimos, dejándose la voz y siendo sustento anímico de otros compañeros. Lección bien aprendida e interiorizada por una persona que se convirtió en el anfitrión que iba dando la bienvenida al novato que se unía. Fue el cicerone de las concentraciones y el encargado de desinhibir (si era necesario) al recién llegado. Un rol que nunca vino impuesto, sino que hacía justicia a su virtuosismo emocional. Todos elogiaron su personalidad y compañerismo, y dejó un reguero de alabanzas que no pueden ser sino reflejo de una personalidad que desde pronto entendió los valores del deporte.

De él todos destacaron su excelencia como compañero, incluso Omar Cook, quien no vivió precisamente un amor a primera vista con Berni cuando, en el verano de 2000, España se enfrentó a un combinado americano. Un amistoso como cualquier otro de no ser porque el duelo se fue calentando tanto que el base norteamericano se enzarzó en una discusión y quiso pegar a Carlos Sergio, asistente de aquella selección, de no ser por la intermediación de Berni. Días más tarde se volvieron a cruzar y se repitió la pelea por la predisposición a la gresca de los estadounidenses y la dureza de Antonio Bueno. En ella, los empujones y agarrones se mezclaron entre los bandos, pero Cook debió quedarse con la matrícula de Berni y aprovechó el desconcierto para asestarle un golpe en la entrepierna antes de que la trifulca se extendiera y saltara a la pista Germán Gabriel con una silla en mano. En cualquier caso, la anécdota no dejó de ser un asterisco en el habitual buen rollo de Berni y sirvió para hacer bromas cuando el destino unió a ambos en Málaga.

Berni fue siempre un jugador ejemplar y entendió que en esa labor consustancial al rol asignado debía generar buen ambiente a través de cenas informales, organizar actividades (aunque eso implicara gastarse parte de su sueldo en el amigo invisible e incluir regalos a compañeros que no le habían tocado) o simples bromas de vestuario. “Es la ventaja que traía de casa. Si mi padre se metía en algo era en eso: en tener una actitud positiva, ser un buen compañero, entender los roles, no protestar al árbitro, animar, luchar hasta el final. Nunca me ha dicho: ‘Penetra así, o a ver si tu entrenador te pone en esta posición…’, nunca, en absoluto… ni de mayor. Ahora bien, yo podía estar con 25 años en Unicaja ganando una liga que, si ponía mala cara al árbitro, él luego me reñía. Yo llevaba de casa el entender que en la Selección me tocaba otro rol y no pasaba nada. El premio de estar en la Selección no tiene parangón con nada y esa sensación la teníamos todos: si tocaba jugar 30 minutos un día los jugábamos y no pasaba nada si al día siguiente jugabas cinco”, reconoce. En su mente solo existía la idea de ayudar al grupo y, como tal, supo ponerse al frente en situaciones adversas tratando de ser puente de unión entre orillas separadas que son los jugadores y entrenadores, pero que convergen en igual objetivo.

Cuando se viajaba tan lejos y tantos días, las barreras invisibles caen y todo se humaniza. Vivir las emociones en positivo o negativo une a las personas y al final el tiempo no olvida los recuerdos de aquellos días. Lo fantástico y especial de estas personas es que vieron a la selección española como el amor del que hay que alejarse para reconocer sus virtudes, y cada año regresaron con ilusiones renovadas. Ahora que los brillos de sus éxitos destiñen sabor añejo, perdura la amistad y, por encima de los campeonatos, los partidos e incluso de los enfrentamientos con sus respectivos clubes, muchos de los protagonistas de esta historia reconocen que en ellos vive latente un sentimiento especial. Son capaces de estar sin mantener contacto o no verse durante largos períodos de tiempo, pero siempre consiguen que el reencuentro sea especial y que a todos se les despierte una sonrisa contagiosa que acaba en largas conversaciones recordando las batallas y anécdotas del pasado.

Ese sentimiento de pertenencia a algo más que un equipo, sentir que fueron más que compañeros, no debe entenderse como una etiqueta o marca para vender al exterior, es una emoción interiorizada. “Éramos buena gente. Podíamos hacer nuestras trastadas y tener nuestras escapadas, pero todos éramos chicos muy sanos y muy difícilmente podía haber maldad o perrería entre nosotros. Nunca pasó nada en un campeonato porque éramos inocentones. Incluso el más despierto podía ser Suly, y era más bueno que un trozo de pan. Nunca había mal rollo y era muy difícil que pasara algo grave”, define uno de los que más pegamento hizo en su configuración. Berni y quienes vivieron aquellos años saben que el cariño, cuando es verdadero, es para siempre.