Jason Collins

«Tío, creo que eres gay.» 

Normalmente, Jason Collins habría encontrado la manera de reírse de esa frase y de desviar el tema. Era lo que hacía siempre, y eso le agotaba mentalmente. Sentía que siempre tenía que estar alerta. Especialmente cuando salía a cenar con sus compañeros. Había perfeccionado su habilidad para cambiar de tema cuando la cosa se ponía muy personal, intentando derivar siempre la conversación hacia el baloncesto. Al final, sus compañeros siempre le terminaban conociendo como alguien que amaba hablar de baloncesto. Pero ese no era el motivo por el que siempre hablaba de lo mismo.

«Hey Jason, ¿Cómo es que nunca te vemos con ninguna mujer? ¿Eres gay?»

El autobús estaba incómodamente silencioso. Todos habían escuchado la pregunta. Y no era la primera vez que pasaba. En el mundo del deporte está aceptado que todos se meten con todos todo el tiempo. A Jason Collins le habían preguntado lo mismo otros compañeros en sus temporadas previas. Cuando viajaban fuera de su ciudad, Collins siempre tenía preparada alguna excusa, como una visita a un casino, a un familiar o a un amigo en la ciudad. Muchas veces era inventado, y se quedaba en la habitación del hotel viendo la televisión mientras el resto de sus compañeros salía de fiesta.

«Tío, creo que eres gay.» 

Normalmente, Jason Collins habría encontrado la manera de reírse de esa frase y de desviar el tema. Pero esta vez era diferente. Tenía 30 años. Estaba soltero. No tenía hijos. Durante años había tenido citas con mujeres (nunca con hombres, ni en secreto), pero en ese momento estaba empezando a ser más honesto con él mismo sobre su sexualidad.

No era la primera vez que se lo decían, pero era la primera vez que se sentía diferente. Era como un golpe. Se sentía enfadado y avergonzado al mismo tiempo.

Todos le miraban. Una parte de él quería decir la verdad, que se supiera de una vez. Pero no era capaz. Entró el instinto de supervivencia e hizo lo mismo de siempre: tratar de demostrar a todos que era hetero. Puso cara de enfadado.

«¿Cómo voy a ser gay? ¿Yo? ¿Hablas en serio?»

Empezó a hablar sobre una mujer con la que había estado esa misma semana. Era una solo una amiga, pero el resto no lo sabía. Cuanto más hablaba sobre lo que supuestamente había hecho con aquella mujer, más sentía que se hundía en arenas movedizas. Se hizo el silencio. Estaba muy tenso. Pensaba que aquella vez no había colado, que le habían descubierto.

«¿De qué hablas?,» dijo alguien desde el fondo. «Yo le vi con esa chica. Venga, tío, estás loco. Es hetero.»

Había colado. Una vez más. Pero algo había cambiado dentro de Jason Collins.

En abril de 2013 decidió publicar una carta en Sports Illustrated en la que hablaba sobre su homosexualidad. Comenzaba diciendo «soy un pívot de 34 años. Soy negro. Y soy gay.» Se convertía así en el primer jugador de baloncesto en activo que hablaba públicamente sobre su homosexualidad. Era agente libre, tenía 34 años, y temía no volver a jugar al baloncesto. Temía convertirse en el tipo al que se ve como una distracción para el vestuario. Pero su aceptación de sí mismo era superior a sus temores. No quería tener que volver a pasar por situaciones como la de aquel autobús, o por incómodas cenas con sus compañeros.

«Por supuesto, la vida no es una película de Disney,» escribía Jason Collins. «La vida es un lío. Hubo gente en mi familia que hizo chistes sobre gays y utilizó lenguaje inapropiado cuando yo era un crío. Contárselo a unas personas fue más complicado que a otras. Pero, al final, lo que me sorprendió es lo poco que importaba realmente mi sexualidad. Ese es el secreto que todo el mundo debería saber. Al final, la gente que te quiere de forma genuina va a seguir haciéndolo, y te van a seguir apoyando, pase lo que pase. Ese es el secreto que desearía haber conocido durante mis primeros 33 años.» 

Jason Collins escribió sobre su experiencia en este artículo en The Players Tribune.