Dean Smith es una leyenda del baloncesto universitario. Más en concreto, probablemente sea la figura más importante de la historia deportiva de la Universidad de North Carolina. Allí entrenó durante 36 temporadas entre 1961 y 1997, ganando dos títulos de campeón de la NCAA, siendo nombrado mejor entrenador de la temporada en ocho ocasiones en su conferencia, y entrando en el Hall of Fame del baloncesto en 1983. También fue seleccionador nacional de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976, donde se colgó la medalla de oro.

A lo largo de toda su carrera, Dean Smith entrenó a muchos jugadores en UNC, pero ninguno tan conocido como Michael Jordan. El mismo Jordan alababa siempre que podía al que fuera su entrenador, alguien que le había aconsejado que diera el salto y se presentara al Draft a pesar de que iba en contra de sus propios intereses.

«Después de mis padres, nadie tuvo más influencia en mi vida que Dean Smith,» dijo sobre él Michael Jordan. «Fue más que un entrenador: fue mi mentor, mi maestro, mi segundo padre. Él siempre estuvo ahí cuando yo le necesitaba y por esa razón le amaba. Mientras me enseñaba a jugar al baloncesto, lo hizo también con mi vida».

Si Dean Smith era tan querido y valorado era precisamente por esa sensación que transmitía a sus jugadores de que se preocupaba de verdad por ellos. Y cuando Smith falleció en 2015, quiso tener un último detalle con muchos de ellos.

Según ESPN, Smith dejó escrito en su herencia que debía enviarse un cheque por valor de 200 dólares a una lista de unos 180 jugadores que habían jugado bajo su mando en North Carolina.

¿El motivo? Quería que los chicos disfrutasen de una cena a su salud.

El mismo Michael Jordan fue uno de los jugadores que recibió el cheque, y según su hijo Marcus, lo tiene enmarcado en su oficina. Kenny Smith hizo lo mismo con el suyo.

 

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No fueron pocas las ocasiones en las que esta frase sonó con fuerza entre los aficionados del baloncesto español de la década de los 90 cuando uno de sus equipos incorporaba a su plantilla a un jugador en cuyo pasaporte brillaba con fuerza tan prestigioso apellido.

Y no era para menos ya que, en aquel baloncesto que comenzaba a adentrarse en la modernidad, el acceso a la información era mucho más lento y pausado si lo comparamos con la inmediatez que generan hoy en día internet y las redes sociales. Por eso podía llegar a entrar dentro de lo normal el que la afición del Caja Cantabria llegara a ilusionarse cuando en 1997 pisó por primera vez las calles de Torrelavega un pívot llamado Thomas Jordan y del que alguien se había encargado de difundir un rumor que lo convertía en primo de la gran estrella del baloncesto Mundial.

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