[Septiembre de 2011. San Diego, California]

-“Steve, es el chico. Es el chico otra vez. Lo ha vuelto a hacer”

“¿Qué ocurre?”

-“Es Kawhi. Me han llamado del pabellón, se ha llevado dos lámparas de casa”

-“¿Cómo dices?”

– “Ha vuelto a aparecer a las 6:30 de la mañana, con todo a oscuras, para entrenar. Él mismo se ha llevado dos lámparas de su casa, las ha puesto sobre la pista y ha comenzado a tirar. Y ahí sigue

No era una broma.

Steve Fisher, entrenador de la universidad de San Diego State y por entonces con 66 años, atendía el teléfono atónito. El que fuese director de los ‘Fab Five’ de Michigan, capítulo imprescindible en la historia del baloncesto universitario, se encontraba fuera de la zona. Un asistente le alertaba de que su ya ex jugador, elegido tres meses antes en la primera ronda del Draft (#15, por Indiana Pacers), estaba empleando la época de cierre patronal NBA en llevar al límite, sin cordura ni lógica, su actividad favorita.

Entrenar.

Ése era Kawhi Leonard. Y ése ha sido siempre. Ése que deja que sus actos hablen por él. Porque bajo su timidez, refugiada por deseo en el baloncesto, se halló siempre una de esas éticas de trabajo que resultan imposibles de entender para una mente cabal, una de esas que sólo defiende el que padece. Un vicio vital vestido de necesidad, ajeno a contextos y agarrado a las entrañas.

Toda disciplina, constancia y educación vinieron de familia. Y ello a pesar de la aparente inestabilidad del núcleo. Leonard creció de forma humilde en Moreno Valley, en el condado de Riverside (al sur de California), junto a Kim, su madre. A los cinco años vivió el divorcio de ella con Mark, su padre. Kawhi formaba parte de un conjunto muy heterogéneo, era el menor y único varón de cinco hijos –dos de ellos fruto de una relación previa de su madre- y guardaba una relación muy estrecha con Wanda, su abuela materna, una persona de fervor religioso y gran foco espiritual para él desde su niñez. Una especie de segunda conciencia.

Pese a los caminos separados de sus padres, mantenía un enorme contacto y una fantástica relación con Mark, al que de hecho solía ayudar en su negocio –un lavadero de coches en Compton, al sur de Los Angeles- los fines de semana. A pesar de la convivencia por separado, compartir allí tantas horas les unió mucho. Por ello quedó guardada en el joven Kawhi -y desde bien pequeño- una de las principales lecciones que le transmitió su padre, el deseo del esfuerzo por ser lo mejor posible en cualquier aspecto vital. Acompañase o no el éxito. Quedó grabada la importancia de conservar y proyectar unos valores firmes por encima del resultado final.

Kawhi dedicaba el resto del tiempo a estudiar y el deporte. Que, además, no era uno solo. Fue de hecho su padre quien le recomendó, dadas las extraordinarias condiciones atléticas que iba adquiriendo a medida que entraba en la adolescencia, compatibilizar en lo posible el deporte de la canasta con el fútbol americano. Así -pensaba- podría duplicar sus opciones de éxito final, aspirando a poder vivir de ello. Y si bien más allá de coqueteos nunca llegó a procurar un camino formal en lo segundo, el deseo de su padre mantenía viva la llama.

Con dieciséis años el chico ya levantaba 197 centímetros, poseía unas manos de un tamaño abismalmente superior a la media y en su desarrollo se intuía ya, tanto en tren superior como inferior, un prodigio capaz de llegar a la élite en cualquier disciplina imaginable. En otras palabras, guardaba un incipiente molde de superhombre. Sin embargo, y ante cualquier posible bicefalia deportiva, Leonard siempre lo tuvo claro. “El baloncesto es mi vida”, repitió una y otra vez desde el principio.

No obstante esa fuerza interna que sentía, ese cariño especial hacia esférico y aro, no se veía traducida en reputación para los ojeadores, en alguna especie de guiño para el futuro. En su promoción de High School (2009) hubo hasta 25 jóvenes catalogados como ‘proyectos de cinco estrellas’, máxima calificación posible de cara a la aventura universitaria. Una lista comandada por John Wall y DeMarcus Cousins y en la que también aparecían nombres como Derrick Favors, Avery Bradley o Lance Stephenson. Pero una lista en la que no estaba Kawhi, que a duras penas integraba el top 50 nacional. Eso, sin embargo, no le frenó. Ya era tarde para plantearle límites.

Muy, muy tarde.

Un año antes (2008), una noche de viernes en pleno mes de enero haría derrumbarse cualquier posterior concepción de imposibles. Kawhi volvía casa en coche, con su madre y su tío Dennis, tras un entrenamiento. Sentado en el asiento de copiloto cuando una llamada de teléfono alteró la rutina, lo haría hasta el punto de que aquella circunstancia cambiaría su vida para siempre.

Fue un mensaje de pocas palabras. Escasas pero directas al alma. Una de sus hermanas le hizo saber que un desconocido había disparado varias veces a su padre en su negocio, el lavadero en Compton. Poco antes de las siete, media hora más tarde de los impactos, Mark perdía la vida. El tiempo se detuvo.

El shock para Kawhi fue terrible.

Aún hoy se desconocen causa y verdugo pero lo que sí perdura, y será ya eterno, es el efecto de la tragedia. “No sé qué ocurrió. Sólo sé que un desconocido vino al lavadero y le disparó. Pero creo que es mejor para mí no saber quién fue”, señalaba el propio Kawhi (Dime Magazine, 2014). Veinticuatro horas después del terrible suceso el joven estaba sobre la pista para jugar un encuentro de baloncesto. Durante el mismo en su imagen no se atisbaba emoción alguna pero al terminar se dirigió a Kim, su madre, y también sin mediar palabra se deshizo en lágrimas sobre ella. Allí quedó desnudo todo posible dolor. Pero allí igualmente germinó un ser entregado a una causa.

Un mortal destinado a no serlo.

Desde entonces, desde aquel mismo momento en el que la vida le arrebató de forma cruel un pilar, todo aquello ya salvaje en Leonard, esa pulcritud mayúscula en fondo y formas, se volvió directamente marciano, se elevó al infinito derivando un ser humano abrazado al desafío. Desde entonces el baloncesto dejó de ser simplemente baloncesto, pasó a ser el canal para alcanzar toda excelencia, el mejor modo posible de honrar la memoria de su padre.

“Nunca, en toda mi vida, he visto alguien tan obsesionado en ser lo mejor que pueda llegar a ser. Él no habla sobre lo que va a hacer, simplemente lo hace”, recordaba Fisher y recogía Dan McCarney (SA Express) hace unos meses. La ética de trabajo de Kawhi pasó a ser directamente un milagro en vida.

Lo explicaba a la perfección Chip Engelland, asistente en los San Antonio Spurs y uno de los gurús del arte del tiro en el baloncesto moderno. “Mira, en cada Draft escuchas que muchos chicos son ‘ratas de gimnasio’, que adoran trabajar. Y es cierto. Pero eso sucede en el Instituto o la Universidad, cuando son profesionales en la vida aparecen muchas otras opciones, eso cambia. Uno de los grandes valores de Kawhi es que, incluso cuatro años después de convertirse en profesional, conserva ese mismo espíritu. Nada ha cambiado. Aún hoy le tienes que sacar literalmente del gimnasio”.

Engelland y Chad Forcier, éste último con la función específica del desarrollo de jugadores en la franquicia tejana, manejan desde hace años, y casi con devoción, la progresión de Leonard. Como quienes pulen un diamante. “Van a trabajar cada día emocionados por poder ayudarme y verme mejorar. Aman de verdad lo que hacen”, apuntaba Leonard.

La citada pareja de desarrollo, una de esas muchas claves ocultas del éxito perpetuo de los Spurs, asumió igualmente hace años el reto de la evolución en un ‘desconocido’ llamado George Hill (número 26 del Draft en 2008), precisamente moneda de cambio en 2011 para que Leonard llegase al cobijo de Gregg Popovich. Pero Hill ha sido sólo uno de muchos, una de las decenas de semillas que predican y proyectan la filosofía Spur en la NBA actual. Una que lo inunda todo.

Hoy se olvida, pero no fue precisamente el técnico el que quedó prendado de Leonard y solicitó hacerse con él. Al contrario. Hill era entonces uno de los soldados favoritos de Pop y como tal era querido por el técnico. El movimiento partió de los despachos, en concreto de RC Buford, alimentado por la situación económica que exigiría Hill (pendiente de una sustanciosa extensión de contrato), en quien los Pacers estaban muy interesados.

Lo que sí sucedió, y además desde el primer minuto, fue que el fascinante grado de compromiso de Leonard comenzó a ganarse el respeto de Popovich. Tardaría poco, muy poco, en pasar a ser algo más que otro joven con ganas de aprender. Tardaría poco, muy poco, en convertirse en el protegido de técnico, empleados y franquicia al completo.

Kawhi había nacido. Y lo había hecho en el lugar ideal y el momento adecuado.

El alien lo devora todo

El joven dedicó el verano y todo período previo al inicio de su temporada de rookie (2011-12), tardía a causa del lockout, a trabajar como si no hubiera un mañana, como si ni siquiera hubiese sido elegido en el Draft. Porque ése era Kawhi. Iba a entrenar cada día en su viejo coche, el mismo del período universitario, porque desde el primer momento rechazó celebrar la llegada a la NBA comprando uno nuevo. «¿Para qué? Éste aún funciona», explicaba a sus allegados.

Gracias a un impoluto informe del staff, en los Spurs lo sabían prácticamente todo sobre él antes incluso de que llegase. El conocimiento de sus fortalezas, debilidades y posibilidades era absoluto. Así, durante una de sus primeras charlas con el cuerpo técnico de la franquicia, pocos días después de ser elegido en el sorteo universitario, a Leonard se le sugirió trabajo en el tiro, aunque no de un modo urgente. Y sin embargo no hizo falta más. Tan sólo unos meses después el joven se presentó al training camp habiendo no sólo modificado aspectos de su mecánica sino marcando un reseñable grado de progreso en su acierto. Los Spurs sabían ya entonces que habían acertado.

Kawhi era un predador. Y aquello sería sólo el principio.

Tan rápido progresaba que la etiqueta de nuevo Bruce Bowen, encaminada a ocupar un puesto en la élite de la destrucción como mero especialista, es decir con cierto grado unidimensional, se le quedó pequeña incluso antes de ser desarrollada. Kawhi era más, muchísimo más y, lo mejor, apuntaba a algo de verdad monstruoso. En silencio y bajo el radar, reflejo de cómo era su vida, el alien ya estaba en marcha.

Rodeado de leyendas, de un grupo atemporal que respira baloncesto y colectividad, Leonard había encontrado su ecosistema natural. “Es un chico inteligente, sólo que de pocas palabras. De todas formas, he estado dieciséis años hablando con Tim Duncan sólo una vez cada dos semanas, así que creedme, sé manejar la situación”, bromeaba Popovich. Los paralelismos con el primer Duncan, paradigma de callar, observar y aprender, conmovieron desde el inicio.

Pasado, presente y futuro en el espejo (Foto: Garrett Ellwood/NBAE via Getty Images) Pasado, presente y futuro en el espejo (Foto: Garrett Ellwood/NBAE via Getty Images)

La evolución de Leonard ha sido paulatina, focalizada en objetivos muy concretos y siempre llevada a la práctica de un modo todo lo secundario posible. Como reticente a la detonación. La exposición del diamante sólo fue total cuando la imperiosa necesidad lo exigió (Finales 2014). Allí fue artífice principal del anillo y elegido MVP (segundo más joven de la historia, tras Magic Johnson) tras una fascinante batalla ante LeBron James y sus Heat. Pero, en la medida de lo posible, su progresión ha estado siempre controlada.

Al menos hasta que eso se volvió insostenible.

Porque aquella araña defensiva, que mezclaba lateralidad de pies, velocidad de manos, envergadura e instinto con y sin balón creando un cóctel torturador para el rival, aquel soldado perfecto que conectaba tiros y no demandaba peso ofensivo alguno, es ya hoy uno de los dos mejores two-way players del mundo. Un sol de un tamaño tan descomunal que no encuentra ya resguardo posible.

Su luz lo alcanza todo.

“Kawhi ha llegado”, proclamaba sin pudor Popovich al finalizar el primer partido de esta nueva campaña. Había bastado uno solo y terminado además con derrota en Oklahoma. Pero resultó tan abrumador su despliegue ofensivo (32 puntos), ahogando al mismo tiempo a Kevin Durant en el otro lado de la pista (6/19 en tiros y 0 asistencias), que no cabía más que rendirse a la evidencia.

Porque, efectivamente, Kawhi golpea las puertas del cielo.

El último deseo de la sinfonía de los Spurs ha sido darle mayor libertad a Leonard desde el bote. Un objetivo estudiado y progresivo estos últimos años pero ya muy marcado durante el actual. Se desarrolla esencialmente con dos fines: primero, contrarrestar el descenso en responsabilidades de Parker y Duncan; y segundo, alimentar su vía creativa, sobre todo desde el pick’n’roll. Es –la creación desde el bote- el paso que lleva a Kawhi de ser un ejecutor pasivo a ocupar todo rol imaginable en el lado ofensivo. Todo y en todo.

O, en otras palabras, el primer paso para comandar la nave del sistema ofensivo más interconectado, impredecible y bello del mundo.

TablaPesoOfensivo La transición refleja el aumento de rol en ataque (Fuente: NBA Stats).

Leonard ha aumentado su toma de decisiones haciendo visible una de sus grandes cualidades: cómo es capaz, siendo indiferente al contexto, de reducir el grado de error. Así a la vista el jugador de San Antonio se comporta como una máquina. Y no sólo porque su plena concentración niegue expresividad facial, sino porque sus acciones se cuentan como correctas y lógicas de un modo casi natural. No importa el escenario, Leonard lo resuelve. La inteligencia del esquema colectivo, uno de los rasgos más marcados en los Spurs, ha acelerado el progreso en IQ de Kawhi, a día de hoy un referente también en esa faceta.

Popovich reconocía hace unas semanas al insider Jeff McDonald que durante el proceso de evolución Leonard estaba devorando material de vídeo de Michael Jordan y Charles Barkley, con el fin de saber cómo responder mejor ante situaciones de dos contra uno rival, cada vez más comunes. A ello se une el énfasis que realiza su compañero Manu Ginóbili, una de las más brillantes mentes del baloncesto en el siglo XXI, para su progresión en la lectura del juego 2×2.

“Se trata de cómo de bueno quiera ser. Kawhi tiene la capacidad para hacer lo que Michael Jordan hizo en ambos lados de la pista. No estoy diciendo que sea Michael Jordan, sino su poder para tener ese impacto en defensa y en ataque. Él quiere llegar a ese nivel de influencia en ambos lados y se prepara día tras día para lograrlo”, valoraba Pop.

Esta temporada Leonard ha aumentado el volumen de situaciones en las que maneja el balón en acciones de bloqueo directo, dejando datos fascinantes que le ubican ya en la élite de la Liga… acabando de incorporar el recurso. Kawhi pierde el balón sólo un 13% de las veces en esos escenarios, menos que grandes especialistas como Chris Paul o Stephen Curry. Y acaba sumando puntos en el 41% de esas jugadas, registro superior al de ejecutores de primer nivel como Carmelo Anthony o Kyrie Irving y cercano al de la máxima esfera que integran James Harden o Kevin Durant.

Es precisamente el tiro, la versión puramente finalizadora, el aspecto que mayor grado de avance sigue mostrando. Leonard aumenta su rango de tiro progresivamente y ha pasado, en sólo dos años, a intentar un 10% más de sus lanzamientos desde más allá de tres metros (hoy día ya son dos de cada tres desde fuera de la zona restringida). Pero lo relevante es que lo ha logrado subiendo además sus prestaciones tanto en tiro tras recepción (47% de acierto actual, un ocho por ciento más que hace dos años) como en lanzamiento tras bote (45% de efectividad ahí, un tres por ciento superior a 2014). Toda incorporación de recurso se ve acompañada de un efecto notorio y casi inmediato en el mismo.

La fiebre del progreso ha afectado enormemente al midrange, desde donde domina insultantemente por entendimiento del espacio (sabe cuándo aparecer) y variedad de recursos, ya sea de cara al aro (con bote y tiro) o de espaldas a él (por tamaño, postea con facilidad). Pero si a algo ha afectado ha sido sobre todo al tiro de tres. Leonard presenta este curso porcentajes superiores al 54% de acierto desde ambas esquinas y un salvaje 46% desde el frontal, que le acreditan como el segundo mejor lanzador de tres puntos de toda la NBA, únicamente tras JJ Redick.

O, dicho de otro modo, se ha convertido en un tirador sobresaliente ante cualquier escenario.

El paso adelante ofensivo, bajo la minuciosa tutela del combo Engelland-Forcier y la supervisión de Popovich, está permitiendo ver la plenitud de la primera fase del arsenal de Kawhi (24 años). Únicamente la primera fase. Es decir lo coral en San Antonio, a estas alturas ya como un grupo sanguíneo, posibilita al fin la irrupción del mayor molde visto de Pippen. Sólo que con un matiz crucial: se trata de uno que quiere ser Jordan.

Los Spurs exponen estos días, a plena luz aunque paradójicamente aún en silencio, el verdadero nacimiento de la bestia.

Vuelta al origen

Todo ello se acompaña, además, de un fenómeno fascinante. Otro más. Porque toda exuberancia ofensiva de Leonard resulta inseparable de su dominio, casi obsceno, en el arte de la destrucción. Y es justamente ese hecho lo que hace todo tan especial. Kawhi da el salto a la primera línea en el ataque meses después de ser elegido ‘Jugador Defensivo del Año’, galardón tiranizado por interiores las últimas dos décadas (sólo Ron Artest, en 2004; y el propio Leonard, el curso pasado, se cuelan en esa dictadura del tamaño). Y no existe además reserva alguna en esa faceta.

El alero de los Spurs es el más sofisticado prototipo de tortura del baloncesto moderno. Corpulento, agresivo, de diabólica envergadura (2.22 metros para un perfil de 2.01), terriblemente astuto. Es un felino que defiende cualquier perfil rival y bajo cualquier formato. Un mal sueño sobre el balón pero también insaciable en el lado débil. Un animal de contacto físico permanente. Una especie de Superman sin kryptonita.

Es justamente ahí donde reside su verdadera naturaleza. Porque es en lo colectivo, solidario y oscuro donde Leonard alcanza su mayor dimensión. Y lo logra, además, desde un prisma diferente al habitual: la pulcritud en los recursos defensivos. Es decir, con él no se trata tanto una actitud desmedida -que también- como de la plenitud al entender las necesidades colectivas. El jugador de los Spurs se diferencia de otros perfiles de élite en la forma de influencia. De ese modo, si por ejemplo Jimmy Butler -citando otro gran referente defensivo en las alas- domina sobre todo por un instinto desmedido y el desquicie mental ajeno, Leonard lo logra siempre a partir de la perfección en todo apartado técnico.

Como si un circuito programado respondiese de forma correcta e instantánea ante cualquier reto.

Bajo la defensa directa de Kawhi, esta temporada cualquier atacante NBA está bajando sus porcentajes en todas las zonas de tiro. En todas. Lo hace como mínimo un 3%, alcanzando su pico además en el área más importante: cerca del aro, donde baja el acierto rival más de un 6% con respecto a la media. El 38% de acierto que permite al adversario como promedio, registro seis puntos más devastador que la media NBA, le vuelve a situar en la super élite. Leonard es, a día de hoy, el único jugador de toda la Liga que pisa el top 12 en el Real Plus-Minus (un índice de impacto en el juego) tanto en ataque como en defensa.

Facetas como el dominio del box-out –colocarse y cerrar el rebote-, la propia captura y la amenaza en líneas de pase completan el catálogo de un extraterrestre de lo destructivo. O más bien ya de uno global, sin el matiz final. Porque de mantener la línea actual en ambos lados de la pista Kawhi se uniría a Larry Bird como único jugador en la historia de la NBA capaz de promediar al menos 20 puntos, 7 rebotes y 2 robos, con un 40% en triples durante una temporada. El ‘Pájaro’ lo logró sólo una vez (1985-86), Leonard ya persigue su sombra.

El dominio defensivo del alero representa, a su vez, el meditado giro que exhibe la franquicia esta semanas, a la sombra del vértigo -casi alucinógeno- que proyectan los trepidantes Golden State Warriors. Porque sin estruendo, al gusto de Popovich, San Antonio está regresando a sus orígenes de un modo que especialmente puede afectar el orden NBA llegado el mes de mayo.

Y  no es otro su deseo.

Mejores diferenciales de puntos en la historia NBA (Fuente: Basketball Reference) Mejores diferenciales de puntos en la historia NBA (Fuente: Basketball Reference)

La raíz de los Spurs, el orden y la destrucción, la imagen perfeccionada de los Jazz de Sloan -su primer modelo-, ha ido evolucionando de un modo majestuoso con el paso de los años y el cambio de registro en la competición. Nadie ha sobrevivido tanto ni tan bien al paso del tiempo. Con tal excelencia se ha logrado que podría considerarse que San Antonio abandonó en cierto punto la etiqueta de equipo de baloncesto, cualquier alusión temporal, para aceptar que ha pasado a ser directamente una idea. Un referente colectivo, casi darwiniano, de cómo alcanzar el éxito.

Así donde en los primeros Spurs campeones (1999) lo robótico era ley, las diferentes versiones de la dinastía fueron mutando hasta alcanzar justamente lo opuesto, la plenitud del coro ofensivo, la cumbre en el movimiento con y sin balón, casi lo artístico en la última muestra de anillo (2014). Sin embargo en tal evolución la esencia permanece.

Y la esencia parte de zona propia.

Ante la amenaza de los Warriors, una fuerza ofensiva perimetral sin precedentes, San Antonio se blinda al margen de los focos. Acompaña su tradicional simetría (competitividad extrema en cualquier formato en pista, ya sea con uno o dos interiores) de un crecimiento defensivo, fortalecer de un modo extremo su poder destructivo. El objetivo es sumar la lucidez ofensiva adquirida al origen de la idea: el dominio defensivo.

San Antonio presenta estos días, a estas alturas de curso, un rendimiento de calibre histórico en su propia zona. Lo hace controlando el punto de fuga que supone Tony Parker, realmente el único del plan, e integrando en la obra a LaMarcus Aldridge, para el que dado su grado de su adaptación cada partido en San Antonio parece disfrazarse de treinta más.

Mejores defensas NBA desde el curso 1979-80 (Fuente: Basketball Reference). Mejores defensas NBA desde el curso 1979-80 (Fuente: Basketball Reference).

Los Spurs corales, ese libro abierto colectivo, con todo su magnetismo ofensivo y paradigma del extrapass, caminan silenciosos hacia el objetivo definitivo. Juntar ese poder de vanguardia con la autoridad destructiva de antaño. No es otra su aspiración porque no es sino un nuevo anillo, diecisiete años después del primero de la dinastía, el propósito.

La presencia de dos grandes focos de perímetro, ambos altamente versátiles, como Danny Green y el propio Leonard, facilita el dominio. Lo hace porque se une al asombroso grado de lectura interior de Duncan y el pleno sacrificio del resto de piezas, desde Mills a Ginobili, pasando por Diaw o Aldridge. Todo a la espera del efecto corrector de Marjanovic, al que preparan especialmente desde la sombra.

San Antonio presenta hoy día no sólo el mayor grado de ayudas (por volumen y efectividad) de toda la Liga, sino el más salvaje visto desde los Celtics de 2008 y los Pistons de 2004, los dos últimos grandes paradigmas de destrucción. El sistema exhibe sin pudor que la espalda del compañero vale más que la propia y sobre esa solidaridad común, esa sucesión a la vista perfecta, se sostiene la más compleja telaraña del baloncesto. Porque Popovich tiene claro que llegado mayo el anillo, si es que llega, partirá esencialmente de juntar su simetría con la plenitud destructiva. Y en ello está. Ajustando las dosis de la pócima.

En todo ello tiene ya Leonard un peso capital. No sólo como símbolo de la transición hacia una era post-Duncan sino también como emblema de la identidad actual, que bebe esencialmente de lo defensivo. Porque todo aquello que los Spurs representan, y más aún lo que desean representar, aparece ya reconocible de un modo fascinante en la figura de Kawhi, como un hijo modelo de un equipo que trasciende el propio baloncesto.

Es la forma de obrar de Leonard, los valores que representa, la perfecta muestra de cómo la genética de los Spurs ilumina también la nueva era NBA. Lo solidario, colectivo y silencioso, los egos apagados y el concepto de equipo con tendencia a infinito. Kawhi es un referente, metido de lleno en la carrera por el MVP de la Liga. Pero es uno vestido de normalidad. Uno que proclama con hechos que siempre tan importante como llegar es el modo de hacerlo.

“Es lo que él hubiese querido”, reveló Leonard el día después del fallecimiento de su padre, cuando decidió jugar aquel partido de instituto, que finalizó con derrota. “Si estuviese aquí, estaría muy orgulloso de mí. ‘Da el máximo siempre, suceda lo que suceda’. Eso es lo que mi padre quería” (LA Times, 2008). Ese mensaje, que permanece en sus entrañas, es el mismo que expone desde entonces. Durante todos y cada uno de los días de su vida. Y el que hace tan íntimo su vínculo con San Antonio, que abraza por completo su filosofía.

Y es que los Spurs nunca se fueron. Al igual que sucede con la energía ya únicamente cambia la forma de observarlos. Con ellos estos días se asiste a un fenómeno hipnótico y que representa la siguiente fase de su dinastía. Una por completo imprescindible en la historia del deporte.

Cómo toda una idea, y una que pisa la cumbre, puede reposar -y de un modo plenamente natural- sobre los hombros de un mortal. Basta observar a Kawhi Leonard para comprobarlo. Basta mirarle a los ojos para entenderlo.

Porque no serán sino los propios Spurs la imagen que pueda percibirse en su retina.