Empieza a parecerse peligrosamente el ‘Trade deadline’ al ‘All-Star Weekend’. Un cúmulo de expectativas e imaginaciones desatadas que acaban disueltas en un cierto desazón. En un después que deja cierta sensación de melancolía, pensando lo que podía haber sido pero no fue. Porque no, no hubo traspaso de Pau Gasol. Ni de Rajon Rondo. Ni de Luol Deng.

Un par de circunstancias alimentan esa desorbitada esperanza, ya costumbre anual. Una, el deseo innato del aficionado de que pasen cosas, cuantas más mejor; y otra las propias ganas del periodista de que sucedan para contarlas. Sólo una es necesaria, sin embargo, para acabar con las anteriores. Y es que al final el detalle que marca el cierre del mercado es la cautela de las gerencias a la hora de realizar unos movimientos en los que cada vez más se antepone el interés económico al deportivo. Una especie de primero el dinero y luego lo demás.

En los traspasos lo visible sobre la cancha es simplemente una parte. Y muchas veces ni siquiera la más importante. El endurecimiento del impuesto de lujo en la NBA ha generado en las franquicias (al final gestionadas por dueños que buscan beneficios económicos) un temor con fundamento. La salud salarial es un asunto esencial. Si se gasta, ha de ser con cabeza. El despilfarro ha de dejarse exclusivamente para aquellos contextos faltos de cordura o ávidos de protagonismo. O para aquellos pocos dementes que unan los dos perfiles.

En un contexto normal, el control del dinero es ya total, propio de tiempos difíciles. Incluso franquicias con trayectorias deportivas positivas e interesante margen de progresión se ven obligadas al inmovilismo cuando no a una cierta descomposición, todo por las limitaciones económicas. Así, equipos como Thunder o Grizzlies realizan sus movimientos con medio ojo sobre la cancha y ojo y medio sobre las cuentas. Para un mercado menor competir es cada vez más complicado, a veces resulta incluso un lujo sólo asumible de forma temporal.

De esa forma, ahora un traspaso es en gran medida un intercambio de activos económicos encaminados a una reconstrucción. Mucho más se valora a cuánto asciende un contrato y cuándo expira que el nivel de un jugador, en buena parte porque muchos equipos directamente viven más preocupados de una noche de junio (Draft) que de competir todo un año. Así, las rondas del Draft agigantan su peso porque al final se traducen en activos jóvenes, de buen potencial y poco salario, que alimentan fácilmente la idea de futuro y la cadena del mercadeo.

Muy pocos han sido los rumores que involucraban a Miami o San Antonio, últimos finalistas. Tampoco a Oklahoma City, actualmente el mejor récord de la Liga. Y todos tienen aspectos que mejorar, pero primeramente no disponen de esas rondas apetecibles, los activos de moda, y en segundo lugar todos ellos temen el error y optan por permanecer inmóvil. Marcando al rival pero desde la distancia. Esperando que el riesgo lo tome otro.

Y de repente el pájaro.

Claro que siempre hay personas que dan ese paso. Incluso en contextos positivos, piensan que se puede ir más allá y mejorar productos a la vista casi inmaculados. Larry Bird, presidente de los Pacers, siempre ha sido alguien de ese grupo. Lo fue como jugador, después como entrenador y más tarde en los despachos. Un tipo con un instinto especial.

En el marco del estrecho seguimiento que vienen haciendo los Pacers a los Heat, arrastrado por la cicatriz que dejó la derrota en la última final de conferencia que midió a ambos (2013), Bird ha tenido mucho tiempo para pensar. Muchas soluciones que idear con el fin de cambiar el resultado final en una nueva y cada vez menos hipotética serie a siete partidos ante Miami.

Una de ellas, pensando en multiplicar el efecto de Roy Hibbert ante Miami, cobró recientemente el nombre de Andrew Bynum. Y posiblemente otra haya sido fortalecer un aspecto capital dentro de la exigencia que suponen unos Playoffs. Aumentar la baraja de opciones de las que disponer. La profundidad.

Aprovechando el jugoso ’expiring’ de Danny Granger, con un rol deportivo agotado y el futuro lejos de la franquicia en verano, Indiana se ha hecho con Evan Turner, un jugador que fortalece al equipo sin entorpecer en exceso la salud salarial. No es el ex alero de los Sixers una estrella consagrada o alguien llamado a brindar un salto cualitativo diferencial. Tampoco hace falta.

Indiana es ya hoy un bloque acorazado, un conjunto implacable y hambriento, cimentado sobre un sistema defensivo sofocante y que parece diseñado para aniquilar a los Heat. Es un equipo de super élite. Y Turner viene a suponer otra pieza, al final un recurso más, de la que tirar en una eliminatoria de siete partidos. Otro elemento para sumar.

Él ofrece a Indiana una solución sobre todo en forma de nuevo generador exterior que pueda descargar a Paul George y Lance Stephenson, siendo al mismo tiempo un perfil de gran proyección y mucho por demostrar. Un factor que revitaliza lo deportivo y a la vez no permite una posible relejación de Stephenson por lo salarial, aspecto en el que tiene un nuevo ‘competidor’. Turner es un molde que, ante la oportunidad de su vida, pide a gritos la tutoría de Frank Vogel y del propio Larry Bird para explotar. De nuevo, no es el jugador una gran estrella, ahora mismo no lo es. Pero es que no es eso lo que demandan estos Pacers, paradigma de lo colectivo.

En el recuerdo de Bird seguramente haya estado estos meses la última final de la NBA que disputaron los Pacers. Porque hace catorce años (2000) Indiana pisó la última serie del calendario como un equipo blindado, de eterna rotación y mil recursos disponibles. El final no fue feliz, el adversario (los Lakers de Phil Jackson, Shaquille O’Neal y Kobe Bryant), construido sobre la incontestable dictadura del #34, se antojó inabarcable. Sin embargo la receta era la buena y él estaba en el banquillo, como técnico de aquellos Pacers, para darse cuenta de ello. Catorce años después, ya desde otra esfera, Bird busca cambiar aquel final. Y vuelve a saber cómo.

Indiana ha dado un paso más en sus aspiraciones. Realmente ha sido el único candidato en hacerlo. A su ambición hay que sumar una idea madura y una plantilla que toma forma intimidatoria, por nivel y profundidad. No hay nada ya que guardar, queda todo sobre la mesa hasta el desenlace de junio. Los Pacers quieren este anillo tanto como cualquier otro pero ningún otro ha equiparado su esfuerzo por demostrarlo.

Pasó el ‘trade deadline’ y Miami sigue mereciendo un respeto. Pero Indiana continúa construyendo su premio.