Perenne protagonista de la misma secuencia. Tan monstruosa como irresistible. Batiendo imponente para después, colgado del aire, someter cualquier cuerpo que se interponga entre su figura y el fin, reventar el hierro como si fuera la última vez. Como si no hubiera mañana. La serie, mil veces vista y las que quedan, asombra de tal forma que llegó el punto en el que pasó a ser incluso injusta. Y no sólo con aquellos que la sufren.

Sino injusta igualmente con el propio intérprete.

Se observa en Blake Griffin, resulta ya evidente, una evolución que obliga a prestarle atención. Una progresión que en cierto modo invita a poner fin de una vez al prejuicio que sigue exponiendo abiertamente que sólo es el jugador un dibujo animado del mate, un atleta de ciencia ficción, un prodigio que se sirve de esa facultad, y únicamente de ella, para producir. Y no es así.

Porque si bien es cierto que esa condición le hace especial, también lo es que no ha dejado de crecer en muchas otras hasta convertirse, porque así es, en un factor a temer. Que existe detrás de su singular dominio del vuelo una solidez tan real como contundente y, lo mejor, aún en desarrollo. Existe, en definitiva, un jugador que no conviene ignorar, mucho menos queriendo hacerlo.

Toda esa cadena de perfeccionamiento viene alimentada por dos detalles. El primero él mismo, su infatigable capacidad de trabajar, cualidad que desvela hambre y grandeza a partes iguales. Y el segundo factor ajeno, punto de inflexión para el impulso definitivo. Y de nombre Doc Rivers.

Doc Rivers y Blake Griffin

Porque tenía muy claras dos cosas Rivers cuando llegó a Los Angeles el pasado verano. La primera era iniciar la maduración colectiva, el cambio de mentalidad, de un equipo históricamente perdedor. Y la segunda, más concreta, construir un rascacielos de confianza en sus dos interiores, DeAndre Jordan y Blake Griffin, que les permitiera exhibir en cancha lo que él, y en realidad toda la Liga, veía desde la distancia. Un sinfín de posibilidades por explotar.

Centrado de forma individual en Griffin, como soberbio motivador y profesor, Rivers no tardó en darse cuenta de un par de rasgos que no pudieron hacerle más que sonreír. El primero su ya citada ética de trabajo, ambiciosa para pulir cada detalle de su juego. “I knew he was a worker. Just sitting in my office up there and looking down on him and watching him work” [Supe que era un trabajador simplemente estando sentado en mi oficina y mirando abajo, viéndole trabajar]. El segundo, la comúnmente adorada ductilidad del jugador. Lo que los entrenadores llaman ‘coachable’ [ser entrenable]. En otras palabras, la facilidad de un jugador para ser una esponja ante la enseñanza del técnico, para deleite del segundo y provecho del primero.

Inmediatamente después de ser consciente de las dos facultades y el nivel de Griffin, Rivers se apresuró a exponer a los cuatro vientos una idea que no sólo iba a calar en la mente de su pupilo. Es que además era cierta. Al contrario que con su antecesor, los Clippers iban a adoptar un sistema de juego creado para dos super estrellas. Dos y no una, porque realmente tienen dos super estrellas. El matiz importaba.

La medida en realidad era beneficiosa igualmente para el otro gran foco, uno de los que más alumbra en toda la Liga. Porque Chris Paul, seguramente el líder más líder de entre los que militan en la NBA, si algo posee es inteligencia. Y no tardó en apoyar a su técnico sabiendo que si el objetivo encontraba éxito él también hallaría recompensa y, por qué no, mayor facilidad pasa pisar la primera Final de Conferencia de su carrera. Que ya va siendo hora.

El proceso de aclimatación al cambio, pareciendo positivo, encontró el pasado mes de enero su punto clave. La gran prueba para dar juicio al nexo generado de la labor motivacional de Rivers y el progreso real de Griffin. Y es que la ausencia por lesión de Chris Paul dejó un pensamiento rápido pero certero. O los tripulantes del barco se hundían o aprendían a nadar. Y esa reflexión desde luego elevada a la enésima potencia en el caso de Blake.

Porque cualquier baja de un jugador del máximo nivel es dolorosa. Para cualquier equipo y en cualquier contexto. Pero no contar con Chris Paul supone si cabe una mayor sensación de tortura. Básicamente porque, por su influencia y mando en todos los campos imaginables del juego, su presencia acaba convirtiéndose siempre en total dependencia. Y esa dependencia acaba resultando nociva cuando necesitas algo más o directamente él no está. Paul alimenta tanto y tan bien a los suyos que su baja desvela algo crítico, lo que cuesta encontrar el alimento sin él.

El caso es que el comienzo de año deparó una lesión que desprotegió a los Clippers (23-11 de registro hasta la lesión de Paul) y puso en el escenario a Blake Griffin. Solo, con el foco apuntándole y los rivales esperando, afilando cuchillos. Y en su respuesta se encuentra el silencio al prejuicio y el grito al resto.

Porque la franquicia californiana no sólo no se ha derrumbado sino que ha sido capaz de mantener el rumbo sin su guía natural. El 12-6 de balance sin el base revela no ya supervivencia sino también solvencia. Y en toda ella destaca un nombre por encima de todos. Blake Austin Griffin.

LeBron James y Blake Griffin

Griffin ha disparado su nivel de uso -porcentaje de posesiones ofensivas que acaba resolviendo- (del 27 al 31%), su influencia en la creación (del 15 al 23% de asistencias sobre el total, segundo dato de toda la Liga para un jugador interior), su crédito en la soledad (de generar solo un 27% de canastas sin asistencia previa a un 44%) y su productividad bruta (de 22 puntos por partido con un 53% de porcentaje efectivo, a 27 con un 56%). En definitiva, en solitario lo ha disparado prácticamente todo.

Sin embargo no es ya que individualmente asuma más peso (de 16 a 18 tiros por partido) o sea capaz de atacar más el aro (de 7 a 11 tiros libres por noche), es que ha pasado a ser prácticamente una figura omnipresente en cada aspecto del ataque.  Sin la ayuda del mejor director de orquesta del mundo, Griffin ha llevado a los Clippers a una productividad ofensiva  mucho mayor. Los ha desatado.

Los de Rivers han producido, durante el período sin Paul, 112 puntos por 100 posesiones, segunda marca de toda la Liga y cinco dígitos superior a la previa. Han elevado su eficiencia en la circulación de balón (65% de canastas tras asistencia, tercer mejor dato NBA) y son ya el mejor equipo forzando tiros libres. Todo ello reduciendo incluso unas décimas su volumen de pérdidas. Datos salvajes.

Y datos que, no obstante, no sirven por si solos para trasladar el mensaje en su esplendor. El alarido a la crítica. Porque Griffin ha concentrado en 35 días y 18 partidos los detalles que le convierten, por méritos propios, en un jugador de referencia en la Liga. Ha mostrado sin pudor, y a plena luz, recursos en el poste bajo, inteligencia al leer el juego, capacidad de liderar un bloque ávido de un capitán e implicación defensiva. Todo ello a la vez.

Es en este último campo, el defensivo, en el que más camino le queda por recorrer, en el que más crudo se encuentra. También es conveniente reseñar, pese a ello, que sigue la misma receta que en el otro. Es decir, una actitud hambrienta y una receptividad total ante voces autorizadas. La buena senda.

No pasa desapercibida su actitud, un lenguaje corporal excesivamente desafiante para con el adversario o su tendencia a sobreactuar. Factores que promueven la animadversión. No dejan de ser sin embargo elementos a corregir y que no deben nublar su influencia global. Aquella que, más allá de la predilección o no, demuestra tener.

Vivimos una época en la que el puesto de cuatro llama al relevo, por poder estar viendo los últimos días de Tim Duncan y Kevin Garnett, los dos dinosaurios que marcaron la Liga en lo que va de siglo. Por ello, y mientras germina y define su perfil Anthony Davis, no conviene perder de vista no sólo a LaMarcus Aldridge o Kevin Love, paradigmas de lo técnico, sino también a Blake Griffin, habiendo constatado que no es únicamente un depredador del aire.

Porque sería cruel olvidar que más allá del estruendo visual que provocan sus embestidas hacia el aro, existe en Griffin un diamante que, aun estando por pulir, adquiere ya una dimensión de estrella. Sería triste no querer apreciar el desarrollo de un perfil que ni mucho menos se limita al arte del mate y que, visto desde el suelo y sin la cortina del escrúpulo, sabe a élite.

Porque siendo gigantesco el campo del gusto, de la preferencia, debe serlo más aún el de la tolerancia. De lo contrario nos podremos perder la realidad de Blake Griffin.

Y empieza a ser mucho perder.