Todo jugador encuentra en la etapa de plenitud física y madurez mental la oportunidad idónea para hacer visible la cresta de su ola, el punto álgido de una carrera que permita después descubrir un legado. El denominado ‘momentum’. Sin embargo no todos son capaces de atrapar ese cénit, de apoderarse de esa precisa situación. Hay quienes lo hacen antes, otros después. Hay incluso quienes, por una causa, otra o el cúmulo de muchas, nunca llegan a lograrlo.

Estos últimos días ha vuelto a ser protagonista Larry Bird en la NBA. Lo ha sido por su instinto, de entre todas quizás su mejor virtud. Y sirve su vuelta a la primera plana para recuperar aquel soberbio ejercicio descriptivo que hizo hace ya muchos años con el enésimo chico que señalaban no ya como su sucesor sino como un perfil por encima del suyo. Un joven alemán llamado Dirk Werner Nowitzki.

Rodeado de prensa Bird enumeró entonces, pausadamente y con detalle, facetas del juego que el imberbe europeo dominaba mejor que él en su tiempo. A decir verdad casi todas, pues muy pocas escaparon a ese grupo. Y cuando todo parecía encaminado a la respuesta anhelada por los periodistas allí presentes, al titular definitivo, Larry esbozó una media sonrisa y apuntilló ‘pero yo era mejor jugador’.

La anécdota, válida igualmente como reflexión, guarda relación con el momento actual de aquel joven, camino hoy de los 36 años y con una carrera legendaria en la que sin embargo sigue habiendo hueco para la ambición. Nunca el animal competitivo deja de serlo. Porque siendo cierto que la fase física en Nowitzki entró en evidente declive y se encuentra ya muy lejos de su culmen, también lo es que el nivel baloncestístico del jugador ha sabido seguir reposando sobre la excelencia desde entonces.

En otras palabras, el tiempo mengua pero el talento no envejece. Dirk Nowitzki sigue siendo una gran estrella.

Aquel período 2005-2008, quizás su etapa de apogeo, hallaría fascinación ante cualquier mirada. Pero no menos admiración despierta la versión actual de un jugador por tipología uno entre un millón que ha encontrado en su inteligencia el antídoto a su deterioro físico. Una receta eterna a la que sólo unos privilegiados tuvieron acceso y que viene dejando gotas de asombro desde el último Sabonis (2004 en Zalgiris), su íntimo Nash (2005-2007 en Phoenix) o el interminable Duncan (desde 2011 en San Antonio).

No obstante la evolución de Nowitzki ha encontrado esta temporada su contexto más apropiado desde el inolvidable 2011, en el que la gloria adoptó forma de justicia histórica con el alemán. Porque estos Mavericks han construido un ecosistema que rejuvenece a su líder y, por extensión, genera un salto cualitativo a considerar. Y que de hecho les mantiene luchando por competir en la fase final, su mejor escenario imaginable.

Sabían este pasado verano Mark Cuban y Rick Carlisle de la necesidad de ese foco ofensivo de perímetro que vitalizase a Nowitzki. Pero la llegada de uno (Monta Ellis) no sólo ha tenido el efecto deseado sino que ha modulado el sistema y ha hecho pasar al equipo al siguiente nivel. Porque Dallas no ha variado su ritmo, sigue siendo un equipo que cuida bien el balón e igualmente ha heredado el diseño ofensivo del pasado curso (prácticamente calca el uso de las zonas de tiro). Pero sin embargo su productividad ofensiva (111 puntos por 100 posesiones, cuarta marca en la Liga) se ha disparado.

Y esto tiene explicación. El plan ha cambiado.

Que los Mavs hayan dado libertad plena a Monta Ellis en la creación, relegando en ese ámbito a un sinónimo de solvencia como José Manuel Calderón, responde al deseo de que sus tres mayores peligros anotadores sean directamente los que mayores decisiones tomen. Que no sólo ejecuten. Además, toda fuente de desequilibrio nace ahora desde el perímetro, aprovechando la capacidad de Nowitzki para producir fuera o dentro, en definitiva para servir de comodín.

Esta idea, que puede resultar obvia, guarda una diferencia sustancial con el pasado año, en el que Chris Kaman (26% de uso ofensivo) formaba parte del triángulo protagonista con el propio Nowitzki y Vince Carter. No Darren Collison ni OJ Mayo (pese a que producían 27 puntos por partido entre ambos), sino Chris Kaman. Así, ahora el elemento de variación (Monta Ellis, con ese mismo 26% de uso ofensivo esta campaña) origina a la vez un modelo de ataque más moderno (menor tamaño, mayor movilidad y capacidad de espaciar la cancha) e imprevisible. Porque en esto último Ellis genera desequilibrios aprovechables por el resto y Kaman era simple ejecutor.

Del 44% de asistencias sobre el total generadas en pista por el trío Nowitzki-Kaman-Carter se ha pasado al 75% del Nowitzki-Ellis-Carter. Todo ello quedando Calderón como opción secundaria al generar juego y primaria para abrir la cancha, ya que el extremeño es actualmente el sexto jugador que más triples anota por partido (2.5) y el cuarto en porcentaje (45%). Su paso atrás en la creación no es mas que una forma colectiva de potenciar el sistema. Cuestión de asumir un rol necesario.

Monta Ellis y Dirk Nowitzki

Dallas ha modulado su ataque hacia el perímetro, lo ha vuelto más dinámico y la respuesta ha sido el nacimiento de una estructura ofensiva de impresión que convierte a Nowitzki de nuevo en único foco interior y, por extensión, aumenta su peso tanto creando como ejecutando.

Es decir, toda idea previa que pudiera sugerir que la llegada de Ellis tenía como fin liberar algo más a Nowitzki en ataque aprecia que en realidad ha venido para potenciarle. Ahora el alemán tiene más el balón, toma más decisiones, lanza más y asiste más. En definitiva, ha aumentado su relevancia. El plan ha hecho de Nowitzki lo que los Mavs quieren que sea, lo que él puede ser. Un jugador que a sus casi 36 años tenga una influencia lo más parecida posible a la de su período de plenitud. Un icono en la élite.

Cómo el sistema de Carlisle, influenciado por la llegada de Ellis, ha sido capaz de devolver al alemán a un protagonismo total es uno de los cambios tácticos más interesantes de la temporada y desde luego una de las grandes claves para la erupción ofensiva de Dallas, crucial de cara a su posición de privilegio en la lucha para llegar a los Playoffs pese a sus miserias defensivas, un aspecto aún por mitigar.

Porque seguramente Nowitzki haya perdido toda explosividad en su primer paso, salte menos y se canse antes. Es ley de vida. Pero conserva uno de los lanzamientos más indefendibles de la historia, un grado mayúsculo de inteligencia y su desarrollada capacidad de ejercer de líder mientras reproduce el hambre de un novato. El alemán ya pasó la plenitud, ese punto máximo de efervescencia, pero es uno de esos pocos elegidos que provoca que puntualmente sea la propia plenitud la que más tarde vuelva a buscarle. Para nuevamente conmover, recordar viejos tiempos y mantener el brillo de estrella que aún posee y que realmente nunca perdió.

Si en 2011 ese reencuentro con la élite adoptó forma de impacto defensivo, con Tyson Chandler titánico, y acabó derivando en anillo; tres años después ha tomado una primera apariencia de nuevo sistema ofensivo, de vuelta a los orígenes. Diversas formas, al final, de hacer realidad un anhelo innato y común. El propósito que la edad niega y el ojo disimula. El deseo de disfrutar de su figura al menos otra noche más.

Hacer perpetuo al talento de Würzburg.