Esta ha sido la primera temporada de las seis de la era Brad Stevens en Boston en la que no se superó el balance de victorias en fase regular del año anterior. Más allá de lo anecdótico servía como preludio. Fue la primera, del mismo modo, en la que recursos y aspiraciones se alineaban hasta el punto de crear unas expectativas tan reales como fundadas de que los Celtics podían asaltar el Este.

Aunque fuese un Este caníbal ya sin LeBron.

Tras ser abrasados por los Bucks, una apisonadora armónica que tiene al frente a un hijo del siglo XXII, los Celtics han dicho adiós de la peor forma imaginable. Porque caer es posible en un juego que pese a ser paradójicamente estudiado al milímetro sigue dependiendo del pequeño detalle (29% de acierto en tiros liberados en los dos últimos partidos de la serie), pero perder la identidad es seguro el pecado que más perturba a la parroquia verde. Y que más debe hacer reflexionar a la organización en general.

Uno de los retos más complejos que asume una franquicia NBA es llegar a la élite. La competencia es salvaje y un error en la gestión puede condicionar o penalizar de forma sangrante. Sin embargo, y aquí lo vital, llegar a ese grupo cabecero es en la práctica mucho más sencillo que saltar el último escalón cuando ya estás en él, ese escalón que separa a los excelentes equipos del mejor. Porque ese último paso solo admite una forma de admisión: lo fuera de serie en lo colectivo y/o en lo individual.

Boston ha estado lejos de ello.

Ha sido víctima de su propio arsenal. Incapaz de maximizar un grupo que teóricamente absorbe todas y cada de una de las bondades del juego moderno, aposentado sobre una estructura aposicional, plagada de aleros versátiles y de impacto en ambos lados de la pista, proyectado por un cinco inteligente y preparado para flexibilizar sistemas, lanzado por un perfil de desequilibrio masivo de uno contra uno en el perímetro y complementado por recursos de rotación. En la teoría todo, en la práctica un grupo sobrado de recursos y carente de alma.

Boston ha sido incapaz, expresado de otra forma, de sostener su versión premium, paradójicamente la vista en el estreno ante los Bucks hace solo diez días. No encontrar el hábito durante más de seis meses de curso acabó demostrando a los Celtics que el interruptor de encendido y apagado es mucho más arduo de encontrar de lo que pueda parecer. Y que toda rutina y automatismo colectivo marca diferencias en la fase final. Los Celtics podían ser extraordinarios, no lograron serlo siempre.

Y es que no siempre aglutinar más es mejor. O más bien no siempre es sinónimo de que deba serlo. Esta fue la primera ocasión en la que Stevens no dotó a los suyos de una identidad. Y si lo hizo fue de rápida disolución, como pequeñas muestras de lo que era posible lograr si se adquiriese consistencia. Una que no hubo. Los Celtics que debían dominar atrás lo hicieron solo a ratos muy contados en la regular, que acabaron con el sexto mejor registro defensivo. Una cruel realidad, en su caso, de que lo esencial no era tanto el poder como el poder desaprovechado.

Stevens disfrutó años atrás exprimiendo bloques por debajo de la expectativa máxima, bloques de extrema resistencia a lo adverso e incluso bloques con problemas serios que no debían llegar donde llegaron. Stevens ha experimentado, de golpe y por la fuerza, lo que hoy maldice en silencio el Doc Rivers que llegó a los Clippers pero disfrutó el Rivers de los últimos dos años. El perverso juego de la expectativa y la gestión humana.

Porque incluso para los grandes estrategas que con menos logran más resulta complejo afrontar retos en los que directamente te ofrecen ese extra de calidad. El ciclo de aprendizaje esconde, para todos, una importante parada en ese escenario. Y para Stevens esta experiencia lo será, hasta el punto de que debe fortalecerle.

A Boston, más allá del matiz táctico, le faltó que una estructura cargada de talento ejecutase el liderazgo desde arriba y hacia abajo, como denunció el mismo Jaylen Brown este mismo curso, a raíz de una de las (varias) salidas de tono (públicas) de Kyrie Irving en torno al grupo. Irving, un fenómeno de dibujos animados cuando se encuentra encendido, ha acabado caricaturizado por su propio deseo de liderar al equipo a lo máximo. El fondo no se discute, las formas sí.

Aprender a liderar es un proceso plagado de sombras (Fuente: NBA España)

Irving conoce la gloria. Pero lo hizo junto a James, uno de los mayores paraguas (a todos los niveles, deportivo y mediático) de esta era. Y en Irving se esconde una profunda adicción al reto masivo y a afrontarlo en solitario como muestra de sobrecapacidad. Una herencia propia del Bryant post-Shaq y a su vez del primer Jordan. Dos prodigios que, tal y como le confesó Jordan al propio Kobe en una ocasión, solo alcanzaron la élite cuando aprendieron a modular su liderazgo. Y que tardaron en hacerlo, solo con éxito cuando lograron que los demás sintiesen al líder -ellos mismos- como algo fraternal y no solo como una autoridad ajena o divina.

Su terrible serie ante los Bucks es la experiencia de la que más debe aprender en su carrera. Mucho más, incluso, que la vivida con el anillo. Y la primera forma de comprobarlo será observar su decisión este mismo verano, donde puede elegir destino (y cuantía de contrato) libremente. Es ese un asunto interno a resolver por Boston, al mismo tiempo.

El verano marca un punto de inflexión para un proyecto que, una vez arriba, ha descubierto que la parte restante para la gloria es aún más compleja. Y que de paso recuerda que en su último abrazo con la eternidad (2008) esconde mucho más valor la cultura del Ubuntu que el talento expuesto en pista. Con Al Horford manifestando su deseo de seguir y los jóvenes aleros (Tatum y Brown) con necesidad de reducir vicios en pista y adquirir la consistencia necesaria, a Danny Ainge le queda resolver el puzle de la pieza adicional. La del salto cualitativo.

Con Anthony Davis en el mercado y piezas para obtenerlo, el movimiento de cartas es un enigma en Boston. Y uno a revelar dentro de no demasiado. Pero la caída estos Playoffs esconde la más importante lección para los Celtics, más allá de cartas y recursos: la dificultad de alcanzar el equilibrio entre identidad y armamento. Cómo no dejar que lo segundo acabe viciando lo primero.

Cómo lograr que el espejo reconozca de nuevo lo que fuiste y no solo que cuentas con los medios para volverlo a ser.