El legado de Manu, por Andrés Monje

Foto: Noah Graham/NBAE via Getty Images

“Qué lejos que está La Rioja, volvamos a Bahía. Dale, volvamos”.

Aquella era la última bala y ella lo sabía. Era la última bala de Raquel, esposa de Jorge y madre de Leandro, Sebastián y Emanuel. Trataba entonces, según contaba Diego Morini en ‘La Nación’, de convencer a este último de no seguir el camino de sus hermanos mayores, que dedicaban su vida al baloncesto.

Aquella era su última oportunidad de retener al chico en casa. Lo hizo sin descanso y por instinto durante un trayecto de unas 15 horas, realizado en coche, que tenía como destino no tanto La Rioja, el lugar en el mapa, como el profesionalismo, su implacable mensaje de fondo.

Raquel no tuvo éxito entonces. Pero el deporte al completo lo celebraría más tarde.

La vida haría a Manu Ginobili crecer tarde, quizás pensando en compensar lo gigantesco que iba a ser después. Porque aquellas noches en Bahía Blanca, en las que suspiraba por amanecer con algún centímetro de más, se convirtieron en la paradoja de lo que posteriormente pasaría a significar su carrera. De la dimensión que alcanzaría su figura. Inabarcable e incontenible. Eterna.

Aquel que haya visto jugar a Ginobili se ha debido, si realmente es humano, sentir hechizado en alguna ocasión. Con el compatriota conectó de forma visceral, sanguínea, efervescente. Como logrando ser, más que ídolo, hermano de todos los argentinos. Con el aficionado casual conectó por sus formas, de potro desbocado e infatigable que a la vez aprendió a ser mago sobre el parqué. Con el devoto de la canasta conectó por el fondo, provocando el puro enamoramiento a aquellos que con sus propios ojos vieron algo que nunca serían capaces de explicar.

Manu no era solo un jugador, era un permanente estímulo sobre la cancha. De los que atrapan y no se sueltan jamás.

El ADN es competir

Pocos ejemplos ha visto el baloncesto de competidores tan salvajes que tengan, al mismo tiempo, un sentido tan majestuoso de la derrota. Un entendimiento tan profundo del deporte en toda su expresión. Ginobili odiaba perder y sin embargo asumió su significado de la forma ideal, alimentando la autoexigencia para ser mejor. De aquello, de digerir el no éxito como la primordial vía hacia el éxito, emergió su leyenda.

Cuando el primer equipo de Bahiense del Norte descendió, siendo él adolescente, lo primero que hizo fue llamar a su padre y pedirle perdón. Pasó días llorando desconsolado, como si él fuese causante de cualquier mal. Años más tarde (2002), estando ya en Bolonia, estuvo una semana recluido en su casa tras perder la final de la Euroliga ante el Panathinaikos de su buen amigo Pepe Sánchez. De nada importaba que hubiese puesto su alma para evitarlo (27 puntos). Tampoco que ya hubiese ganado el título el año anterior.

Quizás nada se acerque al extremo del episodio que tuvo lugar en 2006 y recogía Zach Lowe en ESPN. Él tenía ya dos anillos de campeón NBA (2003 y 2005) pero lo vivido revelaba una vez más su grandeza. En los Spurs militaban entonces su compatriota Fabricio Oberto y el veterano Michael Finley, ambos buscaban en Texas la gloria del título. Una que, dada su edad (ambos superaban la treintena), ya apremiaba.

Ante los Mavs, en el séptimo y definitivo partido de las semifinales de Conferencia, Ginobili anotó un triple clave en el minuto final de partido. Pero después cometió un error grave, regalando un dos más uno a Dirk Nowitzki, que acabó derivando en una prórroga, posterior derrota y eliminación de la fase final. Lo que vendría después sería un infierno.

Durante el verano lo pasó tan mal que provocó la alerta colectiva. Incluso Tim Duncan, líder de aquella dinastía en San Antonio, llamaría personalmente a Malik Rose, amigo cercano de Manu, para que consiguiera sacarle de casa y levantarle el ánimo. Dicho de otro modo, para recuperar a la persona que había sido devorada por aquella decepción.

Llegó un punto, viendo el poco éxito del esfuerzo individual, en el que más de media plantilla de los Spurs le mandaba mensajes al unísono para hacerle ver que no ocurría nada, que no debía martirizarse y que ni mucho menos había fallado a Oberto y Finley por no acabar aquella aventura en anillo. Pero Ginobili así lo sentía. Y al año siguiente Oberto y Finley tuvieron su anillo. “Jamás he visto una persona ser tan dura consigo misma. Es quizás el mayor competidor que hayamos conocido aquí”, reflejaba RC Buford.

Buford le vio por primera vez en 1997, durante un Campeonato del Mundo junior. Dos años más tarde le elegiría en la segunda ronda del Draft (posición 57), apuesta que derivaría en uno de los mayores robos en la historia del sorteo. Es sencillo entender el motivo, muy pocos han rebasado de forma tan monstruosa las expectativas con las que llegaron.

El dirigente ha sentido siempre fervor por Ginobili pero más allá de lo baloncestístico, factor obvio en un genio y jugador generacional, en buena medida lo ha tenido por cómo su capacidad humana contribuyó a crear algo sin igual en San Antonio. “Fuimos afortunados por poder tener el mismo tipo de relación con Manu que la que tuvieron con él sus compañeros de selección”, apuntaba con brillantez Buford. En el fondo sabía que no había mejor regalo para los Spurs.

Foto: Chris Covatta/NBAE via Getty Images

Ginobili, como Tony Parker y sobre todo Tim Duncan, ejerció de líder del mejor modo posible, desde el ejemplo. Y si bien aquellos primeros meses en San Antonio resultaron muy duros, ante un Gregg Popovich cuya estructura se encontraba militarizada y cuyo estilo de juego apenas daba vuelo al argentino, los años fueron cambiando drásticamente las sensaciones iniciales tras aquel aterrizaje.

“Estuve muy frustrado, me pasaba los ataques en la esquina. Y yo quería el balón, tomar decisiones, tenía 25 años y quería comerme el mundo”, explicaba Ginobili sobre su desembarco en la NBA, después de haberse salido del mapa en Europa. En paralelo Popovich confesaba, a su mejor confidente en el cuerpo técnico, Mike Budenholzer, que estaba llegando también al límite. “No creo que pueda entrenarle, me llegó a decir”, reconocía el hoy técnico de los Bucks, aludiendo a la exigencia que planteaban los impulsos de un purasangre en aquel conjunto de cemento armado.

Por suerte no solo pudo. También sacó al genio de la lámpara.

“Hubo un momento durante esos primeros años en el que le dije, ‘¿pero por qué haces las cosas así?’ Y él me contestó ‘Soy Manu, esto es lo que hago’. Y desde entonces le dejamos que hiciera lo que hace”, confesaba irónicamente Popovich. Una reflexión que confirmaría Duncan. “Se dio permiso a sí mismo. Había veces que Pop se llevaba las manos a la cabeza pero en un punto todos nos dimos cuenta de que Manu estaba varios pasos por delante de cualquiera”, valoraba.

El legado es inspirar

Ginobili fue el epicentro del giro evolutivo de la obra de Popovich, que en menos de una década pasó del baloncesto ordenado, cerebral y bañado en anestesia a la plenitud artística del pase, la creatividad y el espacio, que tuvo como colofón las Finales de 2014, si acaso el punto coral más fascinante conocido en el baloncesto moderno.

Y lo fue porque nadie representó nunca mejor el caos dentro de aquel control. Y es que incluso cuando las piernas fueron progresivamente abandonando –ley de vida- a aquel potro salvaje, su velocidad se trasladó al balón. Cada vez lo movía más rápido y de forma más clínica. Como si en medio segundo fuese capaz de ver, entender y ejecutar lo que el resto de mortales tardaría dos en percibir.

La leyenda de Ginobili difícilmente reposa sobre sus logros, por abundantes que sean. Ni los cuatro anillos, ni acariciar el MVP de las Finales, tampoco las presencias en los Mejores Quintetos o el All-Star. Ni lo conseguido en Europa previamente. Nada de eso. Porque tales hechos no resultan causas que expliquen su virtud sino consecuencias directas de ella.

Su leyenda se extiende al paso de salir voluntariamente desde el banquillo, aun siendo jugador de primera línea, para enviar un mensaje perpetuo al resto sobre el valor del sacrificio y la cohesión de equipo. Quién discutiría su rol, reflexionó en alguna ocasión Tim Duncan, si al lado tenía a un genio que salía a propósito con la segunda unidad. Su leyenda llega a roles menores y de tutelaje, asumidos con la enorme naturalidad del que entiende que la grandeza de un equipo consiste en mucho más que juntar cinco elementos. Los detalles han marcado la diferencia.

Y su leyenda resulta desde luego inseparable del camino recorrido con su selección. Porque no se entiende su carrera NBA sin la experiencia vivida con Argentina. Ambas de la mano, retroalimentándose la una a la otra. Y no ya por la gloria, que se hizo notar en el Campeonato del Mundo de 2002, cortando la racha de victorias de Estados Unidos (un total de 58 partidos) en un torneo en el que se colgarían la plata. Y que fue directamente eterna con el oro olímpico obtenido dos años después en Atenas.

Sino especialmente por lo que ha representado Manu en la ‘Generación Dorada’, uno de los mayores tributos al baloncesto colectivo que ha conocido el baloncesto este siglo. Como compañero, como líder, como ejemplo y como emblema. Dentro y fuera del rectángulo. Como punta de lanza de ese milagro que puso en pie a una nación y dejó ya un equipo inmortal.

Foto original: Getty.

Contaba Lowe que en la cita olímpica de Londres, tras caer en el partido por el bronce ante Rusia, en un momento que ponía poner fin a aquel grupo, Ginobili se abrazó a Luis Scola en el vestuario y quiso dejar un mensaje al resto. Como marca del legado que aquel grupo de jugadores –y amigos- había construido. “Preferiría perder con vosotros que ganar con cualquier otro”, reveló entre lágrimas. Aquellos hombres se vinieron abajo de inmediato ante tal muestra de sinceridad, momentos antes de que su orgullo los levantase para recordarles quiénes eran y qué habían logrado.

Tan especial momento, que ni siquiera fue el final de su andadura con la albiceleste, ilustra perfectamente su forma de vivir el baloncesto. Y es que si bien su carrera ha paladeado la gloria de mil y una formas, ha conocido la cumbre y ha servido como espejo a muchos otros que sueñan seguir sus pasos, lo que mayor valor encuentra en Ginobili es compatibilizarlo todo con el profundo respeto a una forma de entender el deporte. Su deporte.

A convertir, dicho de otro modo, en natural la experiencia de ser a la vez un genio y alguien normal.

Por eso que su camiseta con el ’20’ vaya a colgar del cielo en San Antonio representa un detalle tan bello. Porque no hay lugar mejor para ejemplificar lo que Ginobili ha significado que uno que obligue a mirar arriba, recordar de dónde vienes e inspirar el camino de otros. Justo lo que él ha hecho siempre.

El modo en el que será siempre recordado.