Paradójicamente nada sugiere más que lo prohibido, nada anima tanto como lo imposible. De ese irracional deseo de conquistar terreno virgen, de ser capaz de ver o mejor aún lograr lo que nadie pudo antes, aflora la atracción por lo desconocido. El anhelo de cruzar la frontera. De ahí nace el suspiro con Giannis Antetokounmpo.

Porque no es el griego mas que la representación gráfica de un imposible que puede llegar a ser. Y pensar en condicional siempre resultó cautivador. Tanto que con él a menudo se ignora todo presente, tan crudo e imberbe, en definitiva tan por desarrollar, a cambio de disparar la imaginación y jugar a intuir en qué se convertirá. Porque él es su futuro y a la vez su futuro es nuestra imaginación.

Entre junio y diciembre de su año mágico (2013), su cuerpo -aún con 18- se permitió el lujo de dejar otro aviso creciendo algo más de una pulgada hasta elevarse del suelo ya 209 centímetros. Dejando más aún a la vista una figura esbelta, explosiva en movimiento, de apabullante envergadura (2.24 metros) y manos monstruosas. Un molde idílico para un perfil utópico.

Y es que Antetokounmpo supone el enésimo proyecto de jugador inabarcable, paradigma de evolución. Ése que en pista no guarda posición por convicción, que pretende englobar todos los registros en lugar de consolarse con uno. Así, del mismo árbol que produce frutos futuristas como Paul George o Kevin Durant, que anteponen su juego a una posición, crecen otros como el chico de Milwaukee, también apogeo de polivalencia pero, como aspecto más llamativo en su caso, encaminado a combinar y acabar dominando dos artes opuestos. Al final los dos esenciales para un colectivo.

La creación y la destrucción.

Porque si bien la figura del ‘Point-Forward’ (alero que asume peso al generar juego) siempre ha generado asombro, por romper el hábito de que sea el base el único apto para dirigir un sistema ofensivo; igualmente el formato de ‘Stopper’ (especialista defensivo) ha despertado recelo, en cierto modo incluso maltrato sobre todo por negar cualquier otro aporte a aquellos preparados para reducir a cero al rival, como si no diesen para más.

Antetokounmpo invita a pensar en un perfil que controle esos dos antagónicos aspectos hasta el punto de unirlos y convertirse al mismo tiempo en un eje ofensivo y defensivo. Es decir, un jugador cercano a los siete pies (2.13 metros) capaz de ejercer de generador, eficiente jugando de cara al aro, físicamente imponente y solvente botando con ambas manos. Y a la vez preparado para asfixiar adversarios en el otro lado de la cancha.

En otras palabras, algo alienígena.

Todo ello a través de un impacto físico y técnico absoluto, en cualquier situación salvo curiosamente en una. Porque parece el tiro el punto discordante de entre toda la gama de recursos. Apunta el aro a ser mucho menos importante que el pase o el bote. O eso deja entrever el germen de lo que supone hoy día el jugador.

En cierto modo guarda relación el hipnótico caso del joven de los Bucks con sus raíces, como invitando a dos culturas opuestas a unirse y gestar algo diferente. Por un lado la de la exuberancia física, un ilimitado potencial atlético, heredado genéticamente de sus padres nigerianos, que emigraron a Grecia en 1992 buscando un mejor porvenir.

Y por el otro su formación griega, la del estudio del fundamento del juego, adquirida durante su aprendizaje en el país heleno, cuna de inteligencia ya desde la obra de Gallis y hasta la de sus ‘hijos’ Papaloukas, Diamantidis o Spanoulis. Todos ellos ejemplos de cómo maximizar condiciones, sean cuales sean, en beneficio colectivo.

De ese nexo, de esa semilla, nace un jugador diferente. O mas bien uno al que la mente imagina que podrá llegar a serlo porque el escenario actual de Antetokounmpo no es otro que la supervivencia y adaptación a un contexto nuevo y complejo como la NBA, inmerso en un equipo sin rumbo alguno competitivo e individualmente nadando en una irregularidad propia de lo que al final es y no conviene olvidar, un novato.

Porque no deja de ser un jugador por formar, física y competitivamente, con un largo proceso de estudio aún en el horizonte y muchas horas de práctica para alcanzar su plenitud. En el plano físico, y a raíz de su crecimiento constatado en diciembre, un informe médico sometido al joven y desvelado por el ‘Journal Times’ advirtió que su etapa de crecimiento no había concluido. Es decir, que es factible que siga creciendo hasta alcanzar esos 2.13 citados.

Al final, por dar contexto a su situación, su edad desvela mayor juventud que proyectos como Joel Embiid, Marcus Smart o Julius Randle y apenas unos meses de más con respecto a otros como Andrew Wiggins o Jabari Parker, todos ellos aún en la NCAA. Resulta seductor que no tenga límites pero igualmente será necesario trabajo y paciencia como para llegar a demostrarlo. El griego puede ser sin duda un diamante pero de momento lo que sí supone es un condicional. Un enigma que seguir con gran atención… pero al final un enigma.

El vértigo de pasar en apenas meses del subsuelo del baloncesto griego a la mejor competición del planeta, con parada federativa (y negocio) en Zaragoza, ha quedado en una anécdota para un perfil inaudito. Tampoco un discreto Europeo Sub 20 el pasado verano en Letonia, en el que no fue el factor que se presuponía y acabó despidiéndose en cuartos de final ante España, hace pagar peaje. Es joven, insultantemente joven. Y de unas posibilidades tan fascinantes que sepulta lo demás.

Y es que nada hay más poderoso que la imaginación. Nada por tanto más irresistible que el caso de Antetokounmpo.