A los grandes equipos, a los más grandes de entre los grandes, se les reconoce sobre todo por cómo elevan su nivel en los momentos cumbre. Por un gen competitivo especial. España ha gestado su dominio toda una década a partir de aprender a lograrlo. Y en Lille completó una muestra más, superando a Lituania (80-63) con autoridad y conquistando su tercer Eurobasket en las últimas cuatro ediciones.

España es un equipo ingrávido. Capaz de desobedecer la lógica, la que impone que la presión atenaza y no suelta, que la dificultad tuerce el gesto y no lo afianza. Con España sucede al revés, levita y atemoriza con pasmosa sencillez, en buena medida por disponer del máximo exponente de lo paranormal en el baloncesto FIBA.

Porque en ese escenario Pau Gasol es la ley marcial. Y en la final (25 puntos y 12 rebotes) volvió a demostrarlo rubricando un torneo para la antología del baloncesto continental. Una catédra de liderazgo.

Lituania mostró sus cartas, todas las que tenía, con cierta sensación de temor. Estaba justificado. Su demostración destructiva en semifinales, donde desquició a Serbia, necesitaba de mucho más para desconectar a un equipo que acudía en trance, a hombros de un jugador de los que dan sentido a toda una época. Y aunque su ánimo jamás decayó, actitud perenne en un país que tiene al deporte de la canasta como religión, su plan nunca dominó y sus recursos se toparon contra un equipo competitivamente a otro nivel.

Las finales son un microclima donde el predador lo es mucho más. Ahí España se agiganta con naturalidad.

Antes del combate ante Sonny Liston (1964), que lanzó al primer orden a un joven púgil llamado Cassius Kley (posteriormente Muhammed Ali), su asistente Drew (Bundini) Brown le recitó unas palabras que posteriormente pasaron a ser historia del deporte. ‘Flota como una mariposa, pica como una abeja. Las manos no pueden golpear lo que los ojos no pueden ver’. El mensaje aludía a la actitud al competir. A mostrarse por encima del adversario, parecer inalcanzable. Parecerlo como primer punto para serlo.

Esa misma sensación es la que España acostumbra a transmitir en citas imprescindibles. Impone el dominio mental.

A los dos minutos y medio Kazlauskas, seleccionador lituano, pidió su primer tiempo muerto. Su equipo ya estaba seis abajo, besando la lona. Otros dos minutos y medio más tarde tuvo que detener el encuentro otra vez. El 15-4 acuchillaba a una Lituania mareada, incapaz de contener el temporal en un lado de la cancha y desquiciada en el otro (siete pérdidas en el primer período).

España parecía fluir de un modo natural en ataque, con un baloncesto sencillo interpretando ventajas a través de bloqueos altos, sin necesidad de abusar de Pau Gasol y encontrando al Rudy Fernández más eficiente del torneo. Pero la diferencia la construía realmente en su zona, donde las ayudas en el pick’n’roll entre Kalnietis y Valanciunas nublaban todo éxito ofensivo báltico.

Entre la superioridad se intuía, no obstante, un agujero dolorosamente reciente. El rebote defensivo, vía crucis ante Francia, no llegó a ser español. No al menos los primeros veinte minutos. Con Gasol centrado en puntear al exterior, la protección colectiva del aro se descuidó. Y por ahí encontró Lituania terreno para demoler progresivamente la renta.

Los bálticos capturaron 13 balones en aro ajeno durante los primeros dos cuartos y cada segunda opción encontraba, como resulta habitual, desequilibrio defensivo. Las ventajas las aprovechó especialmente Seibutis, que afinó desde el perímetro y reanimó el partido a la media parte (41-33). Mucho más de lo que lo visto sugería, pareció incluso una ilusión.

El rebote duele pero se cura. Ante Gasol no hay medicina

Sergio Scariolo, magistral toda la fase de cruces y que conquista su tercer Eurobasket en tres participaciones, ajustó a la media parte y el agujero comenzó a tapiarse. Y por ahí se acabó Lituania. Porque España salió con Reyes junto a Gasol en la zona, buscando proteger el rebote en aro propio y facilitar la transición, las segundas oportunidades rivales comenzaron a bajar y el encuentro se desniveló como el plan exponía. España era mejor.

A la causa contribuyó Víctor Claver, que volvió a ser capital en un rol oscuro, poco agradecido pero de incalculable valor colectivo. Selló al tres alto de turno (Maciulis y Kuzminskas, dos de los principales caudales ofensivos bálticos), capturó seis rebotes y dejó su firma en la final. Una necesaria para competir, el verbo preferido del conjunto nacional.

Fortaleció la apuesta la salida de la pista de Jonas Valanciunas, el titán lituano, al minuto y medio del tercer período por dos faltas consecutivas, ya visiblemente desesperado ante Pau Gasol. Sin su eje interior, la resistencia rival descendió, dejando al descubierto el gen predador de una España autosuficiente y que comenzaba de nuevo a levitar (52-35, minuto 24). Ya no dejaría de hacerlo.

Como sucediese en el primer cuarto (ocho puntos recibidos), España volvía a dominar atrás (diez en el tercero). Y de ese control emergía su camino a la gloria. El bloque de Scariolo no titubearía ya jamás, caminaría con la cabeza alta hacia un nuevo trono europeo, el más exigente y complejo de todos. Ni siquiera la salida de pista de Rudy Fernández, aquejado de dolor en la espalda tras un golpe en un bloqueo, perturbó el escenario. España ya sólo tenía ojos para el oro.

Y los 43 puntos de Lituania en 30 minutos sólo lo corroboraban.

Las dudas iniciales del último acto, con Pau Gasol sentado en el banquillo, se esfumaron con la vuelta a pista del MVP del campeonato. De un marciano entre terrestres. Los argumentos de Lituania estaban todos mostrados, explotando en lo posible el juego 2×2 que alimentaba a Valanciunas y atacando el aro tras cada bloqueo. Pero no fue suficiente ante un bloque competitivamente legendario.

Con un espíritu colectivo inabordable -los secundarios conociendo y ejecutando su rol- pero al mismo tiempo sostenida por un elegido del deporte de la canasta, España abrazó nuevamente la gloria en Lille. Ni siquiera necesitó brillar en una final de menor adrenalina –toda exhibida en la semifinal– pero en la que no había opción al fallo. No la había porque su gen competitivo desconoce límites, se edifica a partir de una superioridad mental descomunal en momentos clave. A mayor desafío, mayor es el nivel.

España acostumbró a resolver por norma compromisos imprescindibles, a convertir las finales no en partidos sino en escenarios de baloncesto ingrávido. Un contexto que únicamente Estados Unidos soporta a ese nivel.

Sin ellos delante, España desafía la ley sin pudor.

Quizás sabiendo que hubo un momento en el que, a esa escala, la ley comenzó a ser ella misma.