Qué es historia –preguntó el encuentro al inicio.

Historia soy yo –respondió España al final.

En una de esas citas que marcan no un año sino toda una vida, España acabó con Francia (80-75) y jugará la final del Eurobasket. Fue durante una noche imposible de guionizar en la que la realidad superó a la ficción. Una noche que confirmó a Pau Gasol (40 puntos y 11 rebotes) como un marciano del deporte y a España como una leyenda competitiva.

Si las miradas hablasen, la de Pau habría recitado, segundo a segundo, el discurso motivador más especial que pudiera existir. Pero lo hizo sin hablar, con su actitud. España se agarró a su líder y demostró que en la necesidad, especialmente en la necesidad, es un equipo conmovedor, que incita a la lágrima. Arrastró desventajas buena parte del duelo, incluida una de nueve puntos (52-61) en el período final, ante el delirio de más de veinte mil almas.

Pero se levantó ignorando todos los tropiezos previos. Tuvo balón para ganar en el tiempo reglamentario, no lo aprovechó. Entonces se volvió a levantar.

Y en la prórroga no falló. Fue el premio a la fe, al espíritu, al trabajo, al talento. Una oda al modo de llegar al éxito.

En citas como ésta, donde la mente juega incluso más que el cuerpo, es donde más se aprecia el respeto. Francia, anfitriona, favorita y elevada sobre un ambiente majestuoso, le guarda una profunda consideración a España. Y se notó desde el inicio. Porque a excepción del relámpago que soltó Nando De Colo (siete puntos en seis minutos), el plan fue (casi siempre) español.

Incluso siendo el electrónico mayoritariamente galo, el guión se pareció mucho a lo que Scariolo seguramente habría dibujado en su cabeza, antes de trasladarlo a las del resto. Un ejercicio impecable, por cierto. España nacía de su zona, como debía, para acabar fluyendo en la ajena a partir de la eterna figura de Pau Gasol, que con 10 puntos en el primer cuarto marcó el camino. Jamás dejaría de hacerlo.

La defensa del bloqueo alto frontal, pesadilla buena parte del torneo, fue por momentos inmaculada. El trío exterior (Llull-Ribas-Rodríguez) entendió siempre la mejor opción y el interior español aguantó situaciones hasta las ayudas, que llegaron. España alternó defensa al hombre con zonal y dominó el escenario. Todo exceptuando el único punto de fuga del plan, el rebote defensivo. Que por único no fue pequeño.

Francia lo atacó primero y España recurrió a Reyes y Claver después, en una batalla táctica de primer nivel, como el partido. Parker, Batum y Diaw (4/16 en tiros la primera parte) fueron desactivados y sólo la irrupción de Gelabale, produciendo por sí mismo, torció de verdad el gesto al sistema destructivo español. En ataque la lucidez de Sergio Rodríguez, generando ventajas casi por inercia, secundó el mensaje de Pau. El tiro de tres no acompañaba pero el ritmo y el lenguaje corporal se teñían de blanco, aguantando el envite a la media parte (32-33).

El rebote, esa tortura

La reanudación, cuenta pendiente de España todo el torneo, agravó el problema en el rebote hasta la cumbre. Francia capturó siete balones en aro ajeno en el tercer período (16 en los primeros tres cuartos) y disparó su euforia viviendo su momentum tras un triple a tabla de Lauvergne (40-51, minuto 26). En la penuria y el drama, cuando las piernas temblaban y el mazazo aparecía en escena, hizo piña España y pidió de nuevo a su marciano que le reenganchase al escenario. Como quien pide agua al desierto.

Y sin embargo así fue. Una vez más.

Gasol torturó a los interiores galos, uno tras otro cargados de faltas impotentes ante un jugador de otra dimensión y con el recuerdo vivo de lo sucedido el pasado año. En su orgullo había una daga clavada y desde ahí cimentó su venganza. Fue a la línea de personal todo lo que quiso y allí evitó que la sangría, ya considerable, fuese aún mayor. España reaccionó ante un momento que habría acabado con cualquier equipo mortal. Pero ni siquiera sería el único ejercicio de resurrección.

Unos minutos después, un triple de Nando De Colo, indefendible aunque punteado, reavivó las llamas del público, que veía la final en el horizonte (52-61). España no había perdido la cara al duelo, pero los pequeños detalles, en forma de balones divididos, tiros cómodos que escupía el aro y –cómo no- rebotes, le esquivaban cruelmente.

Y sin embargo se volvió a levantar. Como un ser inmortal al que resulta imposible finiquitar.

Pau Gasol, esa bendición

De nuevo Pau Gasol yendo a la línea (16/18 en tiros libres) ajustó el partido. Se le unió el Chacho, de sangre caliente, y un rendimiento defensivo de impresión, con Llull, Rudy y Reyes exhibiendo un lenguaje corporal desafiante y ganador. El cinco de mayor experiencia de Scariolo, con Mirotic en un día negro, devolvió el partido ante la incredulidad de Collet.

El técnico galo pudo ver a pocos metros una acción que reventó el lenguaje corporal del duelo, una que recordará toda su carrera. Gasol recibió en la línea de tres, fintó, salió botando con su mano izquierda, cual base de élite, antes de colgarse del aro a dos manos y cambiarlo todo. Su reacción de adrenalina posterior, golpeando su pecho en señal de autoridad mientras lanzaba un alarido al aire, dejaba a España a sólo un punto con el duelo agonizando. Por si fuera poco, Collet pudo ver justo después como el extraterrestre de Sant Boi mostraba su otra cara, la del cisne blanco, soltando un gancho que besaba la red.

Francia estaba abajo y el partido se acababa.

Batum, gris toda la noche, tuvo la sangre de hielo para anotar un triple de altísima dificultad tras saque de banda, casi milagroso, poniendo el empate (66-66) a catorce segundos del final. Pau la buscó entonces y la encontró pero Gobert, arácnido en el tapón, mandó el partido al tiempo extra.

Francia no se vino arriba entonces. Quizás no pudo, con Parker (4/17 en tiros) y Batum (3/14) sepultados. España no se descompuso, no quiso jamás, con un cyborg señalando todo el tiempo el camino. Y cinco minutos más fueron agonía para unos y gloria para otros, tras un intercambio de golpes que terminó con Gasol colgado del aro a cuatro segundos del final, cerrando un triunfo que para la retina vale toda una vida. Se quedó colgado divisando desde allí lo que su propio equipo había provocado. Lo que él mismo había liderado.

Uno de los peores defectos del hombre es no saber identificar la historia cuando sucede. No ser consciente del valor de los acontecimientos. Por suerte un 17 de septiembre, en una caldera de Lille, la historia se hizo carne y hueso en un tipo de 2.15 y sus soldados. Imperturbables, hambrientos, legendarios. No dejando lugar a dudas.

Porque si bien uno pudiera preguntarse a menudo qué es la historia, fue esta vez el propio baloncesto el que regaló la respuesta.

Señaló a Gasol. Señaló a su España. Y entre admiración exclamó:

Historia eres tú.