Quizás una imagen baste para explicarlo todo.

Mire el gesto. Mírelo detenidamente. El rostro desencajado. Los ojos ansiosos por salir de la órbita. Ambos puños sacudiendo sin piedad. Aislado de todo contexto, en otro mundo. No es la imagen de alguien normal, ni siquiera de alguien emocionado. Es el trazo, apenas cuatro segundos, de un ser en trance. Espiritualmente más allá que acá, iluminado por un fuego interno que todo parecía poderlo.

Y que todo lo pudo.

El máximo deseo, unido a la plena concentración, perseverancia imperturbable y vacío físico, derivaron en un capítulo imprescindible de la historia del deporte español. Pau Gasol, con 35 años y toda la gloria imaginable en los cajones, tenía una misión. Otra más. Por encima de todo y de todos, un puñal en su alma que tenía que extirpar, cuestión de orgullo vital. Ante Francia, el pasado jueves, llevó esa misión al extremo. Fue el punto cumbre de dos semanas para la historia del liderazgo colectivo, que acabaron este domingo en un ya bendito rectángulo de Lille.

Uno por siempre parte de nuestras vidas.

Porque liderar no es mandar ni brillar, es sobre todo inspirar. Y nadie lo hizo como él. Porque Gasol pudo bajar a la tierra y hacerse mortal. Pero prefirió buscar algo mejor, subió al resto a los cielos. Allí es donde habita él y allí, en ese mismo lugar a menudo sólo imaginario, es donde ha trasladado a todos aquellos que le siguieron. De su propio equipo y ajenos.

Convenció a todos una y otra vez, con hechos, de que todo era posible. Pese a todas las adversidades presentes, variadas y de entidad. Pese a las notables ausencias, la preparación enigmática, el grupo de la muerte, el estreno con derrota, las sombras ante Italia, la anfitriona sin margen de error, el cuadro de cruces más complejo, la Grecia invicta, una Francia en casa, el posible exceso de confianza en la final.

Pese a todo, él.

España ganó el Eurobasket y Pau fue el MVP. Y sin embargo lo logrado, fascinante, ni siquiera es lo más relevante de este caso. Fue el modo de llegar hasta ello lo que realmente pasa a la posteridad como uno de los más bellos episodios de trascender al propio deporte. España abrazó a la historia hasta mimetizarse con ella.

En la dificultad, el verdadero punto que separa grandes de elegidos, el grado de cohesión colectiva se elevó al infinito. No importaron molestias físicas, ni momentos de extrema presión. No importó nada salvo una actitud indómita, una fe infinita en el camino que marcaba el líder. Un líder especial. Y es que más allá de un rendimiento sobrenatural, de dominio tiránico, fue su mensaje lo que llevó a los Juegos primero y al oro después. El mensaje de querer, prepararse, ser humilde y creer.

Por eso sus estadísticas, alucinógenas (30.5 puntos y 9.7 rebotes en la fase de eliminatorias), son secundarias. Como su catálogo de medallas durante casi dos décadas. Porque ganar no es suficiente, en ocasiones no es ni necesario. Existe otra dimensión en el arte del juego, una oculta y especial. Es la virtud de trascender. Conectar deporte y vida de un modo emotivo y real. Ser capaz de lanzar un mensaje de esperanza en un tiempo de tinieblas. Predicarlo con el ejemplo.

Lograr que, en cualquier circunstancia, todo parezca posible. Porque, en el fondo, todo lo es.

Para España, con Pau, lo fue.

Vuelva a ver la secuencia de arriba. Esos cuatro segundos de magia. Piense en lo logrado, en el modo de alcanzarlo. Si su lagrimal tiembla, incluso cede, es que Pau lo ha vuelto a lograr. Usted ya se encuentra ahí arriba con él. En los cielos.

Usted también trascendió.

[Escrito originalmente el 21 de septiembre de 2015, horas después de que España se proclamase campeona de Europa]