Era el verano de 2011 y todo iba bien en la vida de Josep Franch (Badalona, 28/01/1991), que había sido una de las revelaciones aquella temporada de la Liga Endesa de la mano del FIATC Mutua Joventut. Su rebeldía en la cancha, acompañada por una notable visión de juego y excepcional manejo de balón enamoraba a un Olímpic de Badalona que se frotaba las manos con el jugador que podía llegar a ser ese niño que siempre había jugado de verdinegro. Estaba señalado como el futuro de la ‘Penya’.

Tras aquella ilusionante temporada tocaba poner punto y final a su etapa de formación con las categorías inferiores de la selección española en el Europeo sub-20 que se celebraba en Bilbao. Allí coincidió con Joan Sastre nuevamente y Nikola Mirotic, guiando al combinado nacional hacia lo más alto del podio. El entonces ala-pívot madridista fue el jugador más determinante pero Franch brilló, fue clave con su forma de dirigir y entender el juego. Tenía una cabeza para jugar al baloncesto impropia para un jugador de tan temprana edad. Además, tenía un físico privilegiado que aprovechaba, siendo un jugador difícil de defender en situaciones de uno contra uno por su explosividad y verticalidad. Era un base diferente, de los que no conocíamos en el panorama nacional. Un jugador diferente, talentoso, ilusionante…

Y sin embargo, todo cambió…

Josep quería iniciar un nuevo camino profesional y el UCAM Murcia pujó fuertemente por él. Le convencieron de cambiar de aires y abandonar la que siempre había sido su casa. Con 20 años hizo las maletas y se desplazó a orillas del río Segura, convirtiéndose así en uno de los nombres propios del verano del 2011.

La adaptación en Murcia no fue sencilla. Tal vez esa adaptación jamás llegó, porque con el conjunto pimentonero no pudo ser ese jugador que hacía vibrar al Olímpic de Badalona. No logró reencontrarse consigo mismo por diferentes motivos: el adiós de Luis Guil, pequeñas molestias físicas, la falta de minutos, la falta de galones… Y dos años después de llegar se marchó por la puerta de atrás y sin hacer ruido.

Se fue a Sevilla con la intención de reencontrarse consigo mismo, teniendo nuevamente como entrenador a Aíto García-Reneses, uno de los entrenadores que mayor provecho sacó del talentoso base catalán en su etapa con la Penya. En el conjunto hispalense tuvo un rol secundario, estando por detrás de la rotación de Satoransky y tampoco tuvo suerte con el tema de las lesiones. Aún así fue de menos a más, siendo un jugador importante en la recta final de la que fue una buena e histórica temporada para el Baloncesto Sevilla.

Finalizada aquella temporada en la ciudad andaluza, el club cambió de dueño y él no pudo continuar vistiendo la elástica sevillana. Importante también resaltar la falta de continuidad, que quizás ha impedido a Franch progresar como jugador profesional.

Y cambió el sur por el norte de España. A Aíto García-Reneses por Jaume Ponsarsnau. Todo era nuevo para él, menos su juego. Todo parece ya cuestión de mentalidad. El jugador catalán volvió a pecar de irregularidad, y la falta de minutos (era suplente de Jared Jordan en un equipo donde apenas había rotación) supuso que no pudiese demostrar su valía.

Todo es cuestión de confianza. Porque el talento nunca se pierde. Y por eso ha decidido dar un paso atrás… con el objetivo de después dar dos hacia adelante y asentarse en la máxima categoría del baloncesto nacional, algo que no ha conseguido en las últimas cuatro temporadas.

Su caso es difícil de entender y de explicar. ¿Qué ha cambiado o qué ha pasado? Llega una nueva oportunidad para Josep Franch, que esta vez tendrá que demostrar su valía en la división de plata del baloncesto español. En Melilla Baloncesto tendrá minutos y galones para reencontrarse, para volver a disfrutar de aquella versión suya que enamoró en su día al Olímpic de Badalona y que le llevó a ser visto como el base del futuro de la selección. La LEB Oro será el nuevo escenario de un Josep Franch que está llamado a ser uno de los nombres propios de la competición.

Su objetivo debe ser ese: volver a disfrutar. Ser ese base que aproveche su dotado físico y notable manejo de balón para ser un dolor de cabeza constante, ser constante y egoísta en los uno contra uno. Ese director de juego que práctica un juego atrevido al mismo tiempo que atractivo. Ser ese base que ve el pase que nadie más veía. El que cambie los partidos desde la actividad e intensidad defensiva. Hay tiempo. Tiene 24 años y él es el dueño de su destino. Por sus manos pasan muchas de las opciones del nuevo e ilusionante Melilla Baloncesto.

Badalona, Murcia, Sevilla, San Sebastián… y ahora Melilla. Todo han sido obstáculos en los últimos años para el catalán, que tendrá una nueva oportunidad para reencontrarse.

Y todo es cuestión de confianza.